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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 14 DICIEMBRE 1983 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA ABC con la ruptura fratricida, que rompe también su propia alma; por ello osa resueltamente por ponerse contra los dos bandos y encabeza una entonces imposible (que es, por cierto, la que hoy estamos intentando) tercera España Jamás transigirá con la dictadura vencedora, a la que dirigirá golpes feroces, escasamente dandys por cierto. Por encima de tentaciones que intentan manipular su tremenda nostalgia, su ululante nostalgia (yo soy testigo de ella, como cuantos le visitaron en Oxford o en Locarno) no consentirá en volver a España sino cuando aquel régimen desaparezca. Esta reacción trágica no se expresa sólo en su indomable actitud ética; es la que le lleva también a un cambio radical de su mismo proyecto intelectual, dentro del cual pasa ahora a primer término un esfuerzo denodado por penetrar en los secretos dé la historia española, donde piensa que ha de encontrar, a la vez, el secreto de nuestra caída y la clave de nuestro despertar, en el que cree con fe de carbonero. Abandonando otros géneros en los que había ganado justa autoridad, Madariaga se convierte en historiador y vuelca su atención sobre el americanismo de España. Por vez primera aparece en sus libros reseña puntual de fuentes y de documentos, dejando lejos, pues, el ensayismo, las generalizaciones y los juegos mentales. (Por cierto, que aquí hay que insertar en su obra la presencia de Mimí, su segunda, extraordinaria mujer) Su gran trilogía biográfica (Colón, Cortés, Bolívar) y, sobré todo, su formidable Cuadro histórico de las Indias (o El auge y el ocaso del Imperio español en América según el título ulterior) síntesis aún insuperada e indispensable, es la expresión en su obra de este período. Su intensa vivencia del tema le lleva a simultanear su estudio de historiador con una recreación novelesca de la América hispana, usando de sus portentosas facultades; es la serie que abre El corazón de piedra verde y que se concretará en cinco espléndidas novelas, -que cuentan entre las REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN Y TALLERES SERRANO, 61- MADRID- 6 quizá con alguna simplificación, que Madariaga comenzó su carrera literaria con el juego de los caracteres nacionales, que no es difícil suponer que se le impuso desde su situación normal de residente fuera de España desde su adolescencia. Su primer ensayo, de 1920, Shelley y Calderón es ya un comparatismo literario marcado por esa perspectiva, como también su primera novela, claramente autobiográfica en buena parte de su contenido, Arceval y los ingleses 1925, y, sobre todo, el chispeante ensayo Ingleses, franceses y españoles 1928, quizá insuperado en penetración y en ingenio. Podemos afirmar que éste es el primer intento de tipificar un alma española en el divertido concierto de la pluralidad de castas históricas y geográficas. La palabra divertido como antes la de juego no son aquí casuales; Madariaga matiza su creencia en los caracteres nacionales, que fue siempre en él una creencia seria, que no dejó de circular por debajo de su aparente cosmopolitismo (o europeísmo, al menos) con muchas gotas de ironía, de humor y de ternura. P L U E D E decirse, ESPAÑA EN MADARIAGA Un segundo paso en su acercamiento al tema español en su gran libro España (primera edición, 1931) Aquí desaparece ya todo juego irónico. Madariaga se abraza a la entidad histórica y moral de España y se hace presente en él, por vez primera, un cierto dramatismo en su esfuerzo de comprensión, que ya no se hace desde fuera, con la lejanía que dan el comparatismo o el juego, sino interiorizando el magno problema español, en actitud no muy diversa (aunque con resultados diferentes) que la que fue común a los grandes intelectuales de su tiempo. No es casual, por ello, que tras esa gran reflexión Madariaga entre directamente en la política, sacrificando sin vacilar sus posiciones internacionales, posiciones nada comunes (Secretariado de la Sociedad de las Naciones, cátedra en Oxford) a las que renuncia ante las posibilidades que la República de 1931 abre inicialmente. Contamos con unas Memorias personales de excepcional calidad, donde esa historia Se nos cuenta por el protagonista, Amanecer sin mediodía (1921- 1936) Aquí se ve definitivamente claro cómo se acendra el españolismo de Madariaga y con ello cuan radicalmente falsa resulta la imagen tenaz que de él aún circula, asombrosamente, como ia de un cosmopolita sin raíces, que no cultiva más que su propia brillantez y su egoísmo, como un dandy anglizado. Pero hay aún otro tercer momento en que el españolismo de Madariaga se concentra todavía más, y pasa ya resueltamente del dramatismo a la tragedia. Es el momento que se abre con la guerra civil, y que no se cerrará hasta su muerte. Madariaga ha resultado profundamente herido primeras de nuestra literatura. en el género de la novela histórica, exento aquí de sus vicios ordinarios. Resulta emocionante el espectáculo de este hombre lleno de dones, cuya sociedad se disputan los países, las Universidades, las revistas y periódicos del mundo entero (los partidos: es el primer presidente de la Unión Mundial Liberal, aunque no disponga de partido alguno) volcado sobre ese intento acuciante de descubrir la entraña de este pobre país, que tiene perdido entonces todos sus prestigios ante el mundo. Ningún hombre puede ser reducido a una sola nota, o a una sola batalla, pero es claro que en este trágico patriotismo está la veta principal de Madariaga. Otro día habrá que contar cómo abandonó Inglaterra- -a la que admiraba profundamente, que le había ofrecido asilo generoso, donde fundó su familia, cuya nacionalidad tenían sus hijas y nietos- -sólo, por increíble que pueda parecer, por no poder sufrir personalmente (en una gigantomaquia genuinamente quijotesca) la espina (el término es suyo) de Gibraltar, tras una memorable carta al Times. Historia emocionante, que acredita cómo Madariaga concluyó por verse a sí mismo como una encarnación de España y de su historia- de su historia trágica, no de sus esplendores. Pero esa identificación no quedará siquiera en ese profundo plano personal, irá aún más allá. En el hermosísimo poema La que huele á tomillo y a romero un canto de amor apasionado a la España esencial, Madariaga da el paso último y enlaza sin vacilar la España que él canta y el Dios deseado y deseante de su profunda religiosidad. El poema, en efecto, concluye así: Pero yo sueño con el alba del día en que pueda erguirme en toda mi talla es España quien habla con mis Don Juanes y mis Don Quijotes y mis doce países unidos conmigo en haz apretado, apretado por el torbellino de un solo anhelo hacia un solo cielo En su bello libro sobre Racine, Mauriac decía: Lo que importa en un hombre no es ce qu il est, c est ce qu il est devenu no lo que es, sino lo que ha llegado a ser, lo que ha hecho de sí mismo. Madariaga, el chispeante, el agudísimo ensayista, él ciudadano del mundo, la personificación más acabada de una real sociedad de las naciones ha llegado a ser, al final de su camino, un hombre transido, trágicamente abrazado a la noble pasión española, en la que ha concluido por identificar su propio destino personal. Eduardo GARCÍA DE ENTERRIA