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ABC, pág. 4 2 r TRIBUNA ABIERTA Ha muerto Aron -MARTES 18- 10- 83 N Raymond Aron, uno de los grandes en la grande tradición del pensamiento europeo, se daban tres características que definen al verdadero intelectual: la capacidad de enseñar, esto es, el don pedagógico que permite transmitir el saber; la capacidad de indignar, esto es, el valor de decir las cosas, de despreciar lo oportuno e ir contra la corriente; y la capacidad, nunca olímpica, nunca despectiva, de mantenerse por encima del día a día: único modo de separar lo secundario de lo esencial. Le recordamos en el contraluz de abril, 1974, sobre el cruce de los Campos Elíseos. La desmesurada prominencia nasal se recortaba sobre el balcón del Fígaro, con el rumor del tráfico atemperado por el doble cristal. Tenía entonces setenta años y ofrecía una inconfundible sensación de plenitud, la misma que mantuvo hasta- ayer, en su columna semanal. Le recordamos improvisando aquella tarde una extensa divagación sobre los riesgos reales de guerra nuclear sobre suelo europeo. El monólogo se prolongó hasta el anochecer. En estas circuntancias yo no desearía almorzar en un (ugar público. Georges Pompkjou, muerto en medio de desinformaciones inexplicables, yacía de cuerpo presente en su casa de la isla de San Luis. Había una conmoción contenida en Raymond Aron: él conocía, mejor que casi todos sus contemporáneos, lo que había significado el alumbramiento de la V República, el esfuerzo ciclópeo del general De Gaulle, la recuperación de la economía francesa, el enfrentamiento, sostenido pero profundo, con Norteamérica, la Europa de las. patrias el retorno de Francia a la primera fila del escenario mundial. Cuando el sol se puso por la avenida Montaigne, envió un rayo de luz naranja sobre el perfil semítico del escritor. La juventud y el vigor de las manos contrastaban con el gesto escéptico, en una faz surcada como un mapa. El brillo en los ojos, vivísimos, era apenas perceptible tras la textura coriácea, como de elefante. No olvide usted esta recomendación de un viejo colega- -dijo cortesmente, descendiendo a nuestro nivel- Una cierta indiferencia hacia el día a día es indispensable para la libertad del espíritu. Tome usted distancia respecto de las cosas del siglo. Ese es el único periodismo que vale la pena. De lo contrario, el ruido cotidiano le sumergiera. Es una recomendación sincera, no un consejo, quede esto bien entendido. Fue el único momento en que dejó traslucir un cierto calor personal, como si intentara disimular en la ironía un gesto excesivo de solidaridad. E UN LIBERAL BELIGERANTE Por años, sostendrá en la década de preguerra, en plena erupción totalitaria, su resonante polémica con Sartre, compañero fraternal Sartre era el modelo del intelectual comprometido, empeñado hasta sus últimas consecuencias en la ruptura del viejo orden. En ese compromiso, el respaldo a la experiencia de Stalin por parte del autor de La náusea es total e inequívoco a lo largo de los años treinta, mientras Aron rompe con él y opta por la condena activa de todo totalitarismo. Son los años en que Sartre, en servicio sin duda de la consecuencia, escribe sus cuadernos de Alemania olvidando como por casualidad toda mención de Hrtler y del nazismo. El Führer y Stalin, en pleno entendimiento, se disponen a sellar el pacto de Best- Listowsky. Son los años también del Congreso Internacional de Escritores y del Comité de Intelectuales Antifascistas, impulsado por Gide, Malraux, Nizan y el propio Aron. En esos años que preceden a la destrucción dé Europa, mientras Camus adolescente escribe su primer relato en la ptéya de Argel se gestát r l gran giro qué lleVárá á una parte susía riBfai del pensamiento francés a alejarse dé la izquierda oficial, cuyo compromiso con el nuevo orden ha separado de las libertades: ese giro de Raymond Aron contra Sartre marca la gran línea de fuerza qué se prolongará hasta hoy en el análisis histórico de la derecha francesa (Revel, Peyrefitte, Pauwels) y en gestos de rebeldía contra la antigua ortodoxia como el que acaba de hacer, en la figura simbólica de Yves Montand, una corriente crítica que arrastrará muchas cosas. Compañero de Sartre y de Paul Nizan en la Sorbona y en la Normal Superior, Aron procedía de la disciplina filosófica pura: derivó Juego hacia la filosofía de la historia y la filosofía del Derecho, hasta volcar su enorme capacidad inquisitiva en una especie de escuela de reflexión sobre los males de Europa. Comprometido con la izquierda a los veinte Todo ese intrincado proceso cristalizó en la obra vastísima de Aron y derivó hacia su pensamiento, frecuentemente pesimista, sobre la decadencia de Europa. A la recuperación de la conciencia europea, abrumada por la amenaza totalitaria y la coacción nuclear, dedica Aronlamayor partedesu obra desde 1965. Los europeos son débiles para defenderse por sí mismos, escribía. Todo desajuste de fondo entre los Estados Unidos y Europa occidental impulsa y anima el gran proyecto soviético de invadir el suelo europeo por la triple presión psicológica (pacifismo- miedo a la bomba) económica (carburantes y materias primas baratas, contra grandes compras de tecnología) y militar (superioridad abrumadora que desemboca en la invasión por inflexión la conquista pacífica sin necesidad de un solo disparo) La Unión Soviética aspira a ocupar un lugar en el mundo a la medida de su fuerza, y esa vis expansiva es tanto más fuerte cuanto más se agudizan los problemas internos de la URSS. La esclerosis del sistema, que ahora vuelve a sus orígenes con Andropov, no era para Aron un motiva de tranquilidad, sino de peligro extremo. No cabe resistir al imperialismo ideológico- militár más que a partir de una voluntad de resistencia, igualmente ideológica y militar, por parte de la propia Europa. Con todos sus defectos, el i compromiso ideológico mantenido en el mundo gracias a los Estados Unidos era, corregido y modernizado, el compromiso Darío VALCARCEL del liberalismo europeo: libertades formales, leyes sociales, orden económico impulsado por la libertad de emprender y planificación no coactiva. Ese esquema podría vencer al expansionismo del Este a fuerza de tiempo. Era un pulso contra el tiempo, basado en la fuerza propia y en el desgaste del adversario, como todos los pulsos. Ocho días antes de morir volvía a explicarlo Aron con su admirable paciencia pedagógica en un artículo que el lector encontrará en la página 40 de este número. La presencia de tropas aliadas en el suelo nacional- -venía a decir en resumen- -y el despliegue de bases y rampas balísticas puede poner en cuestión el concepto tradicional de soberanía, pero es indispensable en la era nuclear. El desafío de los nuevos tiempos exigía también un compromiso moral, y en ese terreno desplegó Aron en los últimos años de su vida un impresionante esfuerzo de clarifi- cadón y divulgación. En un estilo distante y analítico explicó con los hechos su desprecio por eso cfue llamamos crítica constraetívaí su crítica fue destructora, corrosiva e inmisericorde, como corresponde a un historiador respetable. Sus lectores lloraremos la falta de esas saludables porciones de vitriolo semanal que dejaba caer cortésmente, gota a gota, sobre la independencia de determinados periódicos, la sinceridad de algunos intelectuales, o la financiación de ciertos movimientos pacifistas. Ese requerimiento moral a la dignidad europea fue reiterado hasta su muerte: denunció, mientras otros callaban, la capitulación de las democracias ante el Hitler de Munich, enfermo de poderío en 1938; y no dejó de señalar, en este año de los euromisiles los paralelismos entre aquella Europa y la de hoy. Para evitar la guerra aceptan la humillación: pues bien, aquí tienen ustedes la humillación y la guerra. Y el caso es que la Europa liberal tenía para Aron- -más allá de sus condiciones geográficas, esto es, de sus dificultades fronterizas- -todas las posibilidades históricas de sobrevivir desmontando a la larga, pacientemente, el sistema del Este. Europa ha logrado prolongar su espíritu- -la creatividad, la innovación, el gusto por la aventura, la pasión por la libertad- -hasta Estados Unidos y hasta Japón. La decadencia europea puede ser atajada si los grandes pueblos del pasado- -germanos, anglosajones, latinos- -son capaces de reaccionar frente a ese estilo lacrimoso y apocalíptico que disfraza de irremediable lo que tantas veces es mera desidia. Esa rara acumulación de esfuerzo intelectual (análisis de la realidad, ver las cosas como son) y esfuerzo moral (no ceder a la comodidad, denunciar el arreglo oportunista allí donde esté) es lo que, sobre todo, quedará del escritor que moría a mediodía de ayer. Esa doble condición, beligerante y reflexiva, es la que le permitió acabar a los setenta y nueve años sobre la escalera del Palacio de Justicia de París sin conocer la decrepitud.