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CRISTINO MALLO, EL ARTE POR SOLEDADES Por Matilde HERMIDA ay quien se defiende de la soledad y nostalgia a dentelladas. Hay quien las transforma en gestos mesurados y comprensión del prójimo. Y hay quien, como Cristino Mallo, se enfrenta con ellas cara a cara y acaba por incorporarlas a su vida, sin disimulos ni coartadas. Mallo tiene ese tipo de físicos entecos y quebradizos que parecen destinados a fallar en cualquier momento, pero que luego- -tiene setenta y ocho años- -lo resisten todo y son el basamento granítico de una inteligencia aguda y una sensibilidad desaforada. Los tiempos que corren no le gustan, aunque tantas cosas políticas por las que ha suspirado estén ya ahí, pero le parece que los cambios han llegado precedidos y envueltos en un montón de vulgaridades, especialmente irritantes, porque también han alcanzado al mundo del arte. H Cristino Mallo nació en Tuy (Pontevedra) en 1905. Tenía dieciocho años cuando inició estudios de Bellas Artes, que terminó, con honores en 1927. A los veintiocho años recibió el Premio Nacional de Escultura, que sería la primera de las muchas distinciones que ha recibido en su dilatada carrera artística. Enseñó en la Escuela de Artes y Oficios de Salamanca en 1935, período que recuerda con especial entusiasmo porque le permitió estar en contacto con gente que aspiraba a superarse en su oficio contidiano A pesar de sus ideas, claramente encontradas con las vigentes, Mallo desarrolló una intensa actividad creativa a lo largo de la posguerra y en 1973 fue elegido miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando para ocupar la medalla 37 quienes querían protegerle por no limitar su forma de vivir. Todas esas cosas, esas anécdotas por las que se le ha criticado eran, en muchos casos, sus señas de hidalgo, de hombre noble... Sí, en aquellos días había muchos problemas, pero yo era más joven y, claro, lo aguantaba todo. ¿Luego? Pues luego, cuando todo aquello desapareció, yo me sentí muy mal, muy abandonado... Fue terrible. Sabe, lo que me alegra mucho ahora es que viene gente joven y me pregunta cosas de entonces, de la gente que conocí. Y parecen verdaderamente interesados. Lo que se llevó todo aquello fue la guerra civil, la cosa más repugnante que pueda darse a la que siguió una larga posguerra que le llenó de amargura, aunque no se le ocurrió el exilio porque bastante tenía ya con el que llevaba dentro. El trabajo me hizo olvidar todo ese vacio y esa oscuridad que hubo para mí, en España, después de la guerra. Tuve un momento de inactividad por- que me sentía angustiado y perdido, pero me di cuenta de que había que enfrentarse con las cosas. Es extraño, pero aquí uno tiene que empezar dos o tres veces en la vida por culpa de las tensiones, la violencia... Al forzoso aislamiento de la posguerra le sucedió otro más buscado por Mallo: He sido siempre un solitario y, la verdad, lo he llevado bastante bien. En la actualidad vivo con tres hermanas- -otra, cuarta, es la pintora Maruja Mallo, de trayectoria muy distinta en todos los aspectos- -y no, no me casé porque siempre he creído que la soledad es necesaria para poder hacer algo. Al menos yo pensé que mi obra exigiría todo mi tiempo y que algo debía sacrificar. No he dejado de trabajar nunca. Lo hago todos los días, incluso las fiestas, aunque ahora me dedico a los pequeños formatos... ya no estoy para monumentcfs. La verdad es que los monumentos me gustan poco porque los encargos son pesados y las posibles presiones, repugnantes. También es verdad que he sufrido pocas. ¿Sabe qué monumento me gustó hacer? Pues ése de los Delfines que está en la plaza de la República Argentina. Trabajé muy libre... La escultura es un trabajo pesado, pero tampoco hay que exagerar. No son lo mismo los veinte que los cincuenta, y no digamos los que yo tengo... te cansas mucho más, pero tienes más oficio, que es algo que no se consigue en tres días, aunque ahora tampoco se aprecia mucho. Ahora todo se ha masificado... y la masa, bueno, ya se ve lo que es eso. Esta es una época ordinaria, donde la gente no se trata con respeto. Y, además, qué mal se habla, qué groserías, qué gritos... A mí me gustan mucho los clásicos como Quevedo y no me escandaliza su lenguaje porque se corresponde con unas determinadas realidades, pero lo de hoy sólo es síntoma de vulgaridad. Me pasa hasta con el cine, con lo aficionado que he sido siempre. Ahora se mete en cosas que son de la intimidad y que no me gustan nada. No hay duda de que vivimos tiempos decadentes. En cuanto a los artistas jóvenes, nosotros estábamos entusiasmados por superarnos, pero ahora les oyes hablar, no sé en qué plan, y encima parecen obsesionados por las pelas ¡qué palabra! Las horas vacías El humor neutraliza, a fogonazos, su retahila de invectivas. En realidad el humor es una de sus características más acusadas, pero sólo hace plena gala de él, según dicen quienes le conocen bien, cuando está entre amigos, en tertulias que aún cultiva, aunque tengan poco 4 pe ver con aquellas en las que participó- -polemista incorregible- -en otro Madrid de otro tiempo. Allá por los años veinte las tertulias eran muy interesantes. Me acuerdo de Valle- Inclán, de Ortega, de Unamuno, de Baroja... luego apareció la gente del veintisiete. Fue una buena época en la que hablábamos y hablábamos... a todos les interesaba mucho el arte. Recuerdo con especial simpatía a Valle porque creo que fue un mártir, un hombre íntegro, que jamás renunció a sus principios y que incluso prescindió de la ayuda de Sobre estas líneas, La escalera A la izquierda, Maternidad No he dejado de trabajar nunca. Lo hago todos los días, incluso las fiestas, aunque ahora me dedico a los pequeños formatos porque ya no estoy para monumentos Fotos: G. García Pelayo y T. Naranjo Viajes interiores Mallo se lanza a una larga serie de consideraciones sobre la pér 15