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GENTE bras alimentamos nuestro ayer y nuestro futuro. Estrellita lanzaba gorgoritos, se atusaba el ricito medio difunto del cabello y se arrancaba con los Suspiros de España y todos éramos conscientes de que Estrellita era la sombra viviente de Rosario la Cortijera, o María de la O; pero nos gustaba que ella viviera, que ella siguiera cantando aquello de Julio Romero de Torres pintó a la mujer morena con la sonrisa en los labios y el alma llena de pena Y evocábamos su Sevilla y su Córdoba y su infancia llena de amarguras y su paso por el celuloide y tantas y tantas canciones como ella interpretó y a las que supo dar calor y vida. Junto a ella asistíamos, una y otra noche, a aquel planetario de sueños donde se mezclaban ojos morunos, cielo andaluz, el pelo como la endrina, labios de sangre, o el romance de rueda que le dedicara el inolvidable Rafael de León en su Pena y alegría del amor y que decía aquello de Novia de mentira novio de papel mano sin anillo promesa sin juez ¡Cuántas noches, en los últimos tiempos, en casa del marqués del Moscoso, Antonio de León, conjurados en torno a la memoria de Rafael, su hermano, hemos tiablado y evocado a Estrellita Castro! Estrellita seguía siendo el astro fugaz que se nos escapaba. Hablábamos de sus amores, tal que si ella aún fuera el lucero rutilante que fulgurara en los teatros madrileños; de su Jaca, que galopa y corta el viento, cuando paso por el puerto, caminito de Jerez como si aún viviera todo. Pero, cuando nos quedábamos en el silencio de nuestras soledades, sabíamos que no. Que Estrellita acababa de enterrar a su fiel amigo, que volvía a encontrarse terriblemente sola, que su mundo era otro mundo; que hasta Rafael de León nos había abandonado y que Sevilla- -veleta y tapia, de nardo y torre- -ya era otra Sevilla. Y entonces comprendíamos que era inútil seguir. Aunque la animáramos y le dijéramos que el rizo le quedaba mejor que nunca. Manuel, que se va el vapor, que se va, que se va, que se va, Manuel. Y nuestra vida, como el barco gaditano, se iba alejando de la bahía. Y Estrellita, con su Lirio, con su María de la O, con su Trinía, se fue arrugando cada vez más, íntima, calladamente, sin decirle nada a nadie. Y un buen día se dobló del todo, como una copla añeja que se repitiese en un viejo gramófono. Y aquel día, de mediados de julio, se pusieron de luto los pentagramas y un solo rizo, lleno de nostalgias, subió hasta el cielo y dijo aquello de: Te quiero más que a mis ojos te quiero más que a mi vía más que al aire que respiro y más que a la madre mía. Pero ese día ya no estaba Estrellita entre nosotros. Santiago CASTELO A la izquierda, Estrellita Castro, en febrero de 1962, cuando recibió la medalla al Mérito en el Trabajo. A la derecha, en 1970, junto a un retrato de su juventud Su casa madrileña era un museo de recuerdos. Las paredes están repletas de retratos que evocan mil momentos de su vida Numerosas personas acudieron a lo largo del día de ayer al vestíbulo del teatro Lara, donde se instaló la capilla ardiente LUNES I I- 7- 83 A B C 83