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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 24 ABRIL 1983 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA UANDO la distancia entre la España real y la España oficial era inmensa, mayor de lo que se puede tolerar si un país ha de tener una vida normal, a mediados de 1974, empecé a escribir una serie de artículos que intentaban descubrir lo que España verdaderamente era, es decir, lo que quería ser, lo que tenía que ser si aspiraba a una existencia digna de su condición histórica, es decir, a sus posibilidades efectivas. De ahí salió mi libro La España real, que se fue prolongando en tres más; el cuarto, Cinco años de España, llevaba como subtítulo Conclusión de La España real Su prólogo, fechado el 12 de febrero de 1981- -entre la dimisión de Suárez y el famoso 23- después de un brevísimo balance de un quinquenio de historia española, decía: Lo que importa es que no se inicie una siniestra marcha atrás hacia lo ya ensayado y fracasado por ambas partes. Mis temores, por desgracia, no eran infundados. Tres semanas después se iniciaba el más absurdo y peligroso intento de regresión, de destrucción de una obra política de maravilloso acierto- -a pesar de ocasionales errores- que había abierto el horizonte de concordia y libertad de España más allá de lo que pueden recordar los españoles vivos. A eso se llamó meter en cintura a la nación una de la frases más inverosímiles pronunciadas en nuestra lengua. Liquidado ese episodio, con el decisivo papel del Rey, con diversos grados de valor, dignidad o sometimiento en el Congreso, se reanudó la normalidad política. Pero se trataba desde entonces de otra fase, a la cual ha seguido recientemente una tercera. En principio, esto significaría el funcionamiento de una democracia, con arreglo a sus normas, y principalmente a la Constitución. La España oficial ha seguido funcionando sin tropiezos. Las elecciones del 28 de octubre de 1982 han sido un modelo de legalidad y perfección. El Estado, la Monarquía parlamentaria, sigue con todas sus posibilidades abiertas. Pero lo que más me interesa es que siga lo que, con una expresión de Ortega, se puede llamar el Estado como piel a diferencia de el Estado como aparato ortopédico Los españoles estábamos acostumbrados desde hace demasiado tiempo- -toda mi memoria histórica- -a lo segundo; muchos ni siquiera se habían dado cuenta de la insólita holgura en que estábamos viviendo todos desde 1976. En otras palabras, se había producido, por primera vez en no sé cuántos decenios, una aproximación entre la España oficial y la España real. Es cuestión de vital importancia que esa cercanía, ese ajuste, no se destruya; que no vuelvan a andar cada una por su lado. No pretendo influir en los políticos. Me ABC contentaría con que tuviesen conciencia del problema, de los riesgos que esa eventual separación implica. A quien me dirijo es a la sociedad, a los españoles individualmente o agrupados, porque de ellos depende, más que de los partidos y los legisladores y los gobernantes, lo que pase en España, mientras la democracia sea efectiva y no adulterada- -y de ellos depende que no se produzca esa adulteración. He insistido muchas veces, porque me parece un dato esencial de nuestro país- -y que, a pesar de ser numérico, jamás se refleja en estadísticas, encuestas y sondeos- -que el número de afiliados a los partidos políticos es muy corto, que la totalidad no llega al uno por ciento de la población española (si después de las elecciones se ha producido un aumento brusco, sería un fenómeno socialmente falso y de ambigua significación) Esto quiere decir que los partidos son los receptores de los votos, que no les pertenecen en propiedad en otras palabras, los administradores de la opinión pública. Los votos recibidos autorizan, por supuesto, a gobernar con plena legitimidad; conviene que sobre esto no quede la menor duda. Pero si se quiere que la democracia sea viva- -y no un mero mecanismo- hay que preguntarse en cada instante por esa opinión y no intentar hipotecarla y dar por supuesto que queda congelada un día de elecciones; es decir, crer que los españoles no siguen opinando. El hecho capital producido desde febrero de 1981 ha sido la casi total desaparición electoral de eso que se llamaba el centro, y que estuvo representado sobre todo por ia UCD. Pero hay que preguntarse si ese hecho significa un cambio real de la opinión nacional o un cambio político; es decir, si es que los españoles opinan algo muy distinto o que se les ha quitado de delante el instrumento político para encauzar su opinión. En ese prólogo antes mencionado decía: Tengo la impresión de que la originalidad de la Unión de Centro Democrático- -a REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN Y TALLERES SERRANO, 61- MADRID- 6 c SOBRE LAESPAÑA REAL Oro en lingotes Monedas Krugerrand Diamantes Centro de Inversión del Oro y del Diamante, S. A. Torres de Jerez. Plaza de Colón, 2 I Teléfs. 419 68 91- 94- -MADRID- I saber, la de no reducirse al esquema derecha e izquierda -resulta excesiva para muchos de sus miembros, que se sienten fatigados de esa mínima tensión creadora, de ese pequeño esfuerzo hacia lo nuevo; parece que sienten prisa de recostarse sobre lo ya viejo y conocido, de sentirse cómodos siendo la derecha o una pequeña y tímida izquierda destinada a recibir los elogios primero, el desdén después, de la que usa con más propiedad ese nombre. Esa tendencia está reforzada por los demás partidos (y sus representantes en los medios de comunicación) ansiosos de reducir a lo ya sabido a todo el que intente ser algo nuevo. Se tolera que alguien sea lo contrario, pero no se acepta que alguien sea diferente. No pensé que esto iba a ocurrir tan deprisa. Y es de ver la alegría con que muchos exclaman: ¡Al fin solos! Se entiende: la derecha y la izquierda. De lo que yo no estoy seguro es de que muchos españoles están tan cómodos. El extrañísimo suicidio de UCD, cometido con algunas eficaces ayudas externas, dejó sin posibilidades reales a los millones de votantes de 1977 y de 1978. Algún día debería alguien estudiar con veracidad este episodio, no fácilmente comprensible, y que arrojaría mucha luz sobre nuestro país. Esta situación obligó a muchos españoles a recaer en las viejas fórmulas de la derecha y la izquierda que habían estado a su disposición en las elecciones anteriores, pero a las cuales habían preferido algo más nuevo, que no pudiera asimilarse a los partidos anteriores a la guerra civil. Pero es un hecho incontrovertible que, dada la situación electoral del 28 de octubre, es decir, las opciones ofrecidas a los españoles, la mayoría de ellos han preferido al Partido Socialista. ¿Quiere decir esto a la izquierda Sí y no. Frente a la derecha sin duda. Pero hay que preguntarse si no hubiesen preferido otra cosa. Si yo tuviese responsabilidad política, me cuidaría mucho de auscultar la opinión, y procuraría no adormecerla, no desorientarla, no distraerla. Claro que no soy político, y por eso haría esas cosas. Pero de todos modos creo que si los políticos son inteligentes deben procurar lo mejor para el país y no para su partido; porque si el país va mal, ellos y su partido irán igualmente mal, si no peor. No hay marcha atrás en la Historia. Cuando la hay, eso quiere decir que se ha abandonado el camino de la Historia para entrar en el del partidismo. Entonces se produce una escisión entre la sociedad y el Estado; se empieza a estar incómodo; se siente que cualquier opción política tiene un elemento de desajuste, de falsedad, y ello engendra el descontento. ¿De qué? ¿Del Gobierno, de los políticos, de los partidos? Peor: de uno mismo. No hay temple más estéril, ni más peligroso. Julián MARÍAS