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SABÁ 00 CULTURAL Cotufas en él golfo ABOIII En mi pueblo Estuve, estos días pasados, en mi pueblo. Brevemente. El tiempo necesario para dar una conferencia, visitar a dos amigos, pasear cuatro- calles y contemplar, una vez más, determinado panorama que, con cielo claro, es gris, azul, y un poco verde al fondo, pero que, con este tiempo de lluvia, es un conjunto bastante hermoso de grises variados: un paisaje de cielo, mar, industria y lejanía. No pude ver ponerse el sol desde donde, de niño, solía hacerlo, porqué el sol, estos días, no se dignó comparecer. A mi pueblo lo encontré herido de graves cuchilladas arquitectónicas y urbanísticas, tan inexplicables y lamentables como las que se asestan cada día en otros pueblos de Galicia. Me dicen que, por fin, alguien con sentido común ha dispuesto que las viejas fachadas de miradores sean respetadas, pero me temo que cualquier revés electoral envíe al diablo estos buenos propósitos. ¿Por qué será que la derecha española, que es la propietaria del terreno, está deseando cargarse las viejas ciudades hermosas para completar ésas de cemento, horribles, que ya tienen esbozadas. Hay ciertos patriotismos que no me explico. Claro que, en cierta ocasión, un importante señor me dijo: Desengáñese, amigo: la patria somos los ricos. De ser así, como lo importante es mantener la propiedad, ¿qué más da un palacio de piedra dorada que un monstruo de acero y cristal? Algunos, sin embargo, no pensamos lo mismo, y esas cuchilladas que hieren el corazón de tantos pueblos y ciudades, donde nos duele precisamente es en la patriaren ese modo inexplicable en que nosotros, todos nosotros, participarnos en ella. Las heridas de mi puebjo ya no se pueden cerrar. ¿No será mejor matarlo? Expliqué a mis paisanos, con fórmula que no es mía, que Ferrol me feeit Si algo soy es una contradicción, fácilmente explicable si se recuerda que mi vida transcurrió entre un valle de vida medieval y una ciudad inventada por los ingenieros de un rey Borbóti y que mi espíritu se formó entre las matemáticas y los cuentos de hadas. Desde muy niño fui sensible a la jerarquía y a la anarquía, a la tradición y a la revolución. Todo pasaba por delante de mis ojos y me dejaba huellas y recuerdos. En mi pueblo todo era regular, las calles y la medida del tiempo, encerrado entre cañonazos y toques de trompeta como paréntesis implacables: unas camelias, unos magnolios (afortunadamente conservados) ponían en el conjunto un componente tierno que, sin embargo, remitía a la curiosidad de los ilustrados, que trajeron dichas especies de tierras lueñes. Pero en mi valle todo era barroco, los sotos de castaños, los robledales, el murmurio del río, el vendaval, el lenguaje, las historias. Y un poco más allá, en tierras frecuentadas por mí, están el lago en cuyo seno duerme hace mil años una ciudad (el rumor de sus campanas atraviesa las aguas y llega hasta quien quiera oírla) y la playa, la mar abierta, en cuyo horizonte se hunde el sol del Finisterre. Suelo decir de broma, a algún amigo que viene de visita, que con buena visibilidad se alcanzan, algunas tardes, las torres de Nueva York. Pero esto no pasa de broma. Ese horizonte, los de por aquí sabemos que no se alcanza nunca, y que termina en un abismo. Yo creo que mi romanticismo incurable, aunque usado en prudentes dosis, se lo debo a este mar sin límites y a este lago. Comprendo que no es muy fácil, menos aún aconsejable, andar por el mundo con un bagaje tal, porque él desorden queda garantizado, y si hoy te acuestas de este lado, no saber de cuál te levantarás mañana. ¿Geometría o lírica? ¿Geología o Historia? Confieso mi debilidad ptír 1 as piedras que. ya son historia, las piedras que me hablan con lenguaje humano y, si es posible, fantástico. En mi pueblo no hay capiteles románicos, pero a lo que recibí de mi pueblo debo mi afición a ellos. No hace muchos días, en Silos, mien- tras la gente caminaba, me demoré en mirarlos. Y les saqué un par de fotos. Mis posibilidades y mis limitaciones las debo a esos años que pasé entre mi valle y mi pueblo. Se lo dije el otro día a mis paisanos, y parece que no lo recibieron mal, aunque se lo dije en castellano. Gonzalo TORRENTE BALLESTER De la Real Academia Española