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VIERNES 4- 2- 83- ESPECTACULOS -A B C 63 Crítica de teatro Casa de muñecas tratada comoun Ibsen clásico de plena actualidad El señor presidente de Miguel Ángel Asturias, al cine La Habana. Dpa t El señor presidente la célebre novela del premio Nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias, será llevada próximamente al cine en una coproducción cubano- francesa, según noticias procedentes de La Habana. La película será dirigida por el cubano Manuel Octavio Gómez, en escenarios de Cuba, Nicaragua y Granada. La filmación comenzará la semana próxima y concluirá en agosto o septiembre, comentó el director, quien también ha colaborado en el guión junto a los franceses Andre Camp y Bernard Geraud. Gómez dijo, en una conferencia de Prensa, que la adaptación dé la obra de Asturias fue difícil debido a su densidad argumenta! pero el guionista Andre Camp señaló que la película mantendrá la riqueza de los diálogos de la nóvela. En el reparto de El señor presidente figuran los franceses Michel Auclair, Bruno Garcin, Florence Dugey y Dora Dolí. movimientos, sin calderones que darían grandilocuencia, pero no mejorarían el suspense de la amenaza latente sobre el hogar de Nora, residente en esa campanilla que resuena al fondo de la casa, en ese buzón que se preñará de noticias fatales. Quizá un solo reparo leve: un punto de excesiva movilidad de Nora en la primera parte del primer acto y otro punto del mismo exceso en Torvald en la segunda mitad del segundo. Eso aparte, Amparo Baró supera sus limitaciones físicas para desdoblarse en una figura femenina que experimenta upa turbadora transformación y dar con juego rico en matices los dos aspectos, las dos Noras, alcanzando al final un dramatismo tanto más hondo cuanto más contenido. Parece inevitable considerar que tras ella, la figura que sube más enteros, la que adquiere el carácter de gran antagonista en el drama es la de Krogstad, gracias a los añadidos de Ana Diosdado, muy bien calculados, y una interpretación de Joaquín Kremel por la que ha de proclamarse el enorme progreso realizado por este joven y casi todavía novel actor en una carrera que de pronto se ha hecho muy brillante. Su tipo está lleno de gravedad, de tornasoles. Ya no es un ser maniqueo. Es un ser torturado que sé defiende y que, pese a un error, parecido al de Nora, es honesto y quiere serio. Pou logra Un Torvald agresivo, autoritario, ¡ncomprensivo y, de pronto, débil, vencido, dimisionario de su rigor moral hasta hacer descubrir a Nora que ha tenido sus hijos con un extraño, con un desconocido. Pou es un actor con personalidad y sale muy airoso de su cometido, el más difícil e ingrato de la obra. Excélente Ana María Barbany, que es una actriz dueña de naturalidad encantadora, sobria, lo que no le impide matizar finamente lo qUe dice y lo que sin hablar expresa. Excelentes, eri cometidos de composición, Tundidor en el doctor Rank y Asunción Balaguer en Ana María. Ciertamente Ibsen andaba más minuciosa y profundamente en la construcción estructural del drama que en el diseño de los caracteres. Esta Casa de muñecas es una magnífica noche de teatro. Actualiza, sin traicionarlo, á Ibsen y nos incita a desear que en el teatro de nuestros días aparezcan autores que, atenidos a este tiempo, alcancen calidades análogas en sus alegatos por las causas todavía en debate del tiempo en que vivimos. Lorenzo LÓPEZ SANCHO José María Pou, Amparo Baró, Ana María Barbany y Henrik Ibsen Titulo: Casa de muñecas Autor: Henrik Ibsen. Versión: Ada Diosdado. Dirección: José María Morera. Escenografía: Gustavo Torner. Intérpretes: José María Pou, Amparó Baró, José Andrés Aivarsz, Ana María Barbany, Joaquín Kremel, Ricardo Tundidor, Asunción Salaguer, María Ademez, Marta Angeles Fernández. Producción de Aicava. Teatro de Bellas Artes. Después de redescubrir a Vital Aza con muy buena fortuna, el grupo Aicava, manteniendo su vista fija en los valores del siglo XIX, vuelve sobre una de las piezas de Ibsen que tuvieron mayor repercusión, que suscitaron en su tiempo animadas polémicas y que fue estrenada el 21 de diciembre de 1879 en el Teatro Real de Copenhague. Un siglo rebasado en más de tres años que, sin embargo, no pesa ni sobre la emoción del conflicto dramático ni sobre su postulado fundamental. Si cuando Ibsen escribió este drama su lucha en favor de la libertad valorizaba la de la mujer, considerada entonces como elemento inferior en la vida social, circunstancia que se ha modificado profundamente, el alegato sigue siendo válido para defender a los actuales elementos inferiores de la vida social y para demoler cierta moral mucho más inflexible en su rigor si se aplica a los demás que si sus prohibiciones recaen sobre los actos del propio moralista. Sería prolijo recaer ahora en consideraciones críticas sobre una obra que forma parte del repertorio clásico del teatro europeo del pasado siglo. Reelaborar un despiece de su estructura exigiría un largo ensayo. Anoche, al salir del teatro, le decía el crítico que yo soy al gran pintor Genaro Lahuerta, que Ibsen en ésa, como en otras de sus construcciones, procedía al revés que muchos grandes pintores como Goya. por ejemplo. En lugar de poner veladuras transparentes sobre ciertos colores, lo que hace Ibsen es ir quitándolas en sabias gradaciones para ofrecer definitivamente al espectador el verdadero color que bajo las veladuras de la presión moral, de los usos, de las reglas sociales, tiene el carácter o el comportamiento de sus personajes. Ese es el caso, para no detenernos más, de Nora, frágil y sumisa al principio, enérgica y rebelde affinal, y de Torvald, su marido, moralista de inflexible rigor hasta que su propio rigor recae sobré su vida y crédito y le incitaba descubrir, pactando, su verdadera naturaleza. Ana Diosdado, que andaba apartada de los escenarios desde hace más tiempo del que era lícito después de sus éxitos, convierte la traducción literal de Kirsti Baggethom en un texto muy directo, flexible, que suena bien, que funde fidelidad al autor y modernidad de expresión, y se permite añadir alguna escena, principalmente la de la rectificación de Krogstad, que alcanza un sólido valor dramático, y se funde perfectamente con las exigencias del desarrollo de la acción en camino ya de su climax final. En el punto más polémico, en el desenlace de la obra, Ana Diosdado se atiene al final auténtico de Ibsen, la salida dé Nora de su hogar, abandonando al marido y a los hijos, para construir sola una vida verdadera en libertad y responsabilidad, lo que es preferible siempre al; llamado final de Flensburgo en el que Ibsen, accediendo a la presión de la gran actriz Nieman Raabr, que iba a estrenar Casa de muñecas en Alemania, le añadió unas réplicas que ablandaban, prácticamente invalidaban su tesis, y dejaban a Nora indecisa, probablemente vencida por el amor a los hijos, desfalleciente en brazos de su marido. Encajada la acción en un sencillo, sugestivo y muy funcional escenario de Torner, de buen gusto, sin arcaísmos, pero con las notas suficientes para reconstruir el ambiente hogareño y nórdico en que el drama se produce, Morera ha conseguido un ritmo verdaderamente inflexible que va desde el allegro de las primeras escenas, en que Nora es todavía la muñeca, sumisa e inconsciente, al maestoso de las últimas, en las que la pareja cae destruida como una porcelana al hablar por vez primera sinceramentej a fondo, el marido y la mujer. Es, pues, viva, convincente la sucesión de