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El Papa enEspaña DespedMa desde Santiago ¡Hasta siempre, España! En el aeropuerto de Labacolla, de Santiago de Compostela, y momentos antes de tomar el avión que le devolvería a Roma, el Papa pronunció el siguiente discurso de despedida: Ha (legado el momento de despedirnos, al final de mi viaje apostólico a vuestra nación. Doy gracias a Dios por estos días intensos, que me han permitido realizar los. objetivos previstos de anuncio de la fe y siembra de esperanza. En cada uno de los lugares visitados he encontrado con gozo una gran vitalidad de fe cristiana. Unida a inequívocas pruebas de amor a la Iglesia y afecto al Sucesor de Pedro. Quedan impresos en mi alma tantas escenas y momentos de este viaje, que serán recuerdos, imborrables de mi paso entre vosotros. Estoy seguro de que muchas veces aflorará en mi mente la memoria de estos días, y entonces la oración recogerá mí recuerdo agradecido. De entre tantos momentos memorables, ¿cómo no mencionar el del encuentro con tos obispos de España que cuidan la grey de Cristo; los de mi oración ante los sepulcros de esos santos untversa- y les, Teresa de Jesús y Juan de la Cruz; los encuentros con los superiores mayores religiosos, con el mundo del trabajo y los jóvenes; el acto sacerdotal con la ordenación de nuevos presbíteros; la primera beatificación hecha eri tierras de España; el acto marianp y rosario junto á la Madre común? ¡Qué cúmulo de vivencias entrañables acuden a la mente, cuando evoco mi estancia en Madrid, Avila, Alba de Tormes, Salamanca, Guadalupe, Toledo, Segovia. Sevilla, Granada. Loyola, Javier, Zaragoza, Montserrat- Barcelona, Valencia y la última Hasta siempre, Santo Padre Vamos a tardar mucho tiempo en comprender lo que aquí ha pasado estos días, en asimilar este terremoto pacífico del viaje papal. Pero ya sabemos que, durante esta semana, hemos contraído con Juan Pablo II una enorme deuda. Vino a despertar nuestra fe. Y lo ha conseguido. A lo largo de semanas y semanas algunos habíamos insistido en que la fe de los españoles- -como la niña del Evangelio- no estaba muerta, sino dormida Pero ¡eran tantos los agoreros que, desde una ribera y desde la opuesta, repetían que era la hora de irla enterrando! Para unos porque se habían diluido las corrientes laicistas de la modernidad. Para otros porque estaba corrompida. La verdad es que, para estar muerta, ha saltado demasiado estos días. La tiernos visto vivir y vibrar. Era como un brasero cubierto dé ceniza, al que le ha bastado una firma de paleta para que rebrotasen las bfasas vivas de las que se componía. Estaba ahí, ardiente, bajo la capa de rutinas primero y de acomplejamientos después. ErPápa ha devuelto a la Iglesia española la fe en su propia fe, to que antes se decía éí orgullo de creer y ahora llamamos más sensatamente el gozo de creer Ahora será tarea de obispos, curas, religiosos y seglares el no malversar este capital que hemos redescubierto. Y nos ha traído, junto a la fe, la esperanza, su hermana gemela. Creo que si los españoles nos hubiéramos puesto a pensar durante años para elegir el momento exacto de este viaje no lo habríamos encontrado mejor que éste al que han forzado eso que suele llamarse las circunstancias y habría que nombrar la Providencia. Llegó cuando más necesitaban tos españoles ura bocanada de aire fresco. Llegó para demostrar cómo España sabe distinguir ya la política y la fe, y cómo puede ser libre en sus votos, sin que ello le fuerce a renunciar a su fe. Y viceversa, Cuando esos votos no impliquen la opresión dé esa fe. Con la esperanza vino la alegría. Tras tanto tiempo de contraponernos el cristianismo con el júbilo, han venido a meternos por los ojos que no hay fiesta como la que se puede hacer en torno a un Papa. Nadie confundirá en el futuro a un cura con un espantapájaros, nadie podrá creer que la fe es entenebrecedora del sol, Si Dios no es aburrido, no se entiende por qué habrían de seriólos creyentes. Y, tras la fe y la esperanza, trajo también una lección de caridad. Durante nueve días no ha habido divisiones en la Iglesia española. Progresistas y conservadores gritaban al igual, reían lo mismo. No había distinción entre los curas jóvenes y los viejos, ni entre los obispos más avanzados y los menos. La Iglesia, a) fin, se mostraba como uña casa familiar para todos. (E incluso las pequeñas rabietas de grupúsculos, que confundían la lógica crítica a aspectos normalmente mediocres y discutibles con el reparto de vinagre, no han pasado de simples rabietas. Y tampoco era una Iglesia contra sino una Iglesia para Porque no sólo predicaba Juan Pablo II una comunidad pacífica, sino también pacificadora. No más una Iglesia contra los laicistas, no más una Iglesia como poder fáctico temible. El Papa nos ha explicado por activa y pasiva que hemos de ser una Iglesia de la convivencia y para la convivencia. Lo cual, cómo es lógico, no quiere decir una Iglesia que dejara pisotear su derecho a la libertad. Por todo ello, Santo Padre, gracias. Yo espero que podáis estar orgulloso de vuestros hijos. Yo sé qué los hijos están orgullosos de su padre. -J. L. MARTIN DESCALZO.