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70 A B C ESPECTÁCULOS VIERNES 15- 10- 82 frase, pero jamás amenazó con la obra entera. Con el disfraz de comedia, las obras pasaban sin mayor obstáculo. Por otra parte, Víctor Ruiz Iriarte ocupó la presidencia de la Sociedad General de Autores de España, de la que antes había sido consejero, consejero- delegado y director general. Sucedió en esta presidencia a don Joaquín Calvo- Sotelo. Después dimitiría por desavenencias con un sector de socios. Ha muerto Víctor Ruiz Iriarte El escritor y autor de teatro Víctor Ruiz Iriarte falleció a mediodía de ayer, a los setenta años de edad, en su domicilio madrileño, víctima de una embolia cerebral. El médico que le atendió en sus últimos momentos ha informado que el veterano comediógrafo padecía una insuficiencia respiratoria obstructiva que degeneró en este colapso cerebral antes de que pudiera ser hospitalizado. Anouilh y Valle- lnclán, aunque también le daba un margen de afecto a Benavente. Su primer estreno profesional lo hizo con El puente de los suspiros su comedia más recordada, entre otras razones porque fue la primera. Con tema hasta cierto punto político, Ruiz Iriarte estrenó también dos obras que se titularon La muchacha del sombrerito rosa y Primavera en la. plaza de París en las que se planteaba de alguna forma el problema de la vuelta del exiliado. La censura, sin embargo, nunca pasó de cortarle una EL ENTIERRO, ESTA MAÑANA A las diez y cuarto de la mañana de hoy, el cuerpo del comediógrafo será trasladado, desde su domicilio, en Arapiles, 5, al cernen- La evasión de Ruiz Iriarte Estaba en Lara con su inseparable López Rubio la otra noche cuando se reestrenaba La salvaje de Anouilh, uno de los hombres de su misma línea dramática. ¿Cuándo estrenas? le pregunté. Se echó a reír con su sonrisa ancha, buena, de hombre generoso, sin hiél. Hacía años que no estrenaba. Dejó de comparecer ante el público adicto que tenía, no sé en este momento cuándo fue exactamente. Para mí sus dos últimas obras- -quizá olvido algo- -fueron La muchacha del sombrerito rosa es- trenada en 1967, y su continuación, Primavera en la plaza de París estrenada al año siguiente. Siempre he sabido, creo yo, poV qué esos casi tres lustros de silencio. Mi amigo Víctor Ruiz Iriarte, cómplice delicadísimo de las- generaciones de espectadores de la posguerra, se sintió un día, de pronto, desconectado. Nunca me lo dijo. Yo lo sé. Había sobrevenido bruscamente un mundo distinto, en el que el miedo, la elusión, la difícil necesidad de acomodarse se veían sustituidos por el zafio rencor, la provocación, los heroísmos a toro pasado y no lo pudo resistir. Su mensaje dramático estaba hecho para la penumbra, para las medias palabras, para a sonrisa de complicidad y de renuncia. Nada dé eso iba a ser necesario ya, y Ruiz Iriarte, comprendiéndolo, calló. Ignoró si en la soledad de su casa siguió escribiendo. Cuando le preguntaba me decía que sí, pero en su sonrisa se veían que, de ser verdad, había perdido las ganas de ver en pie sus personajes a las luces de los escenarios. Ya se sabe, cuando digo esto y cuando digo que le vi hace diez b doce días en Lara, en un estreno, que lo digo porque Víctor ya no está aquí. Ni sé en esta gris y triste mañana otoñal cómo se ha ido, aunque estoy seguro que de puntillas, como marchó siempre, finamente, discretamente, por suvitia, entré sus amigos. Su corazón, alambique en el que hizo sonrisa de tantas penas suyas, se habrá parado esta mañana echando un telón de sangre oscura y quieta sobre el escenario de su alma. Un alma llena de luces y sombras, con forillos tomados de la realidad inmediata y del ensueño. Desde que conoció su primer éxito, Un día en la gloria hasta hoy, que es definitivamente su día en la gloria, han pasado treinta y nueve años. Pasaron por los cangilones de su vida de autor comedias deliciosas, como El puente de los suicidas que estaba todavía en la estética benaventina y casoniana; como El lando de seis caballos en el que su honor andaba tan cercano al de Tono, otro de los autores de su promoción; Un paraguas bajo la lluvia donde jugaba con una inmoralidad fiera y asombrada de sí misma; El gran minué alegre farsa dieciochesca sobre la inocencia y la rebeldía; Esta noche es la víspera tan cercana a Priestley, a Deval. Á ese teatro suyo se le llamó por la crítica teatro de evasión Se producía en una época de dogmatismo, de intolerancia, de censura. Era forzoso evadir aquellos contenidos que estaban prohibidos, y siempre he pensado que algún día habrá que hacer el detenido análisis crítico de aquel teatro de evasión, que hoy resulta, por sus omisiones maliciosas, el índice de todos los males del pueblo español entre los años cuarenta y los setenta, en que se liberaba huyendo hacia adelante de todos los tabúes que lo encerraban en un círculo de espeso corcho sin resonancias. Suavemente, era así su modo, fue Ruiz Iriarte el primer dramaturgo que planteó, en 1967, el espinoso tema del regreso de los exiliados y de la reconciliación. Esteban, aquel intelectual exiliado de La muchacha del sombrerito rosa -deliciosa creación de Didosdado y Amelia de la Torre- venía a Madrid a decirnos que había que asumir no sólo al exiliado, sino a todo lo que consigo traería al retornar, porque aquello también era España doliente, viva, presente y recuperable. No hacía falta, ni gritar ni dejarse la barba para decirlo. Víctor, sentado en su butaca, se apretaba las manos oyendo a sus personajes anhelar una rectificación vital- Historia de un adulterio intentar hacer del sueño vida- El lando intentar la salvación en último instante- Esta noche es la Víspera proclamar el amor, capaz de restañar la llaga terrible de la guerra civil, siempre dispuesta a abrirse otra vez y macularnos con su pus. Fue Víctor uno de los hombres que aseguró el relevo de los autores del 98 y del 27. No parece haberlos hoy para asegurar el relevo de los que mantuvieron vivo el teatro con los ardides maliciosos de la evasión. Escribió con elegancia, con riqueza y brillantez de frase; con ironía y ternura. Vivió como escribió, y eso hizo de su vida una lección de elegancia moral. Para entender esos años suyos habrá que acudir mañana a sus comedias. Eran, son, un espejo sin azogue, una lámina de plata bruñida que permanece intacta, limpia y en la que es posible encontrar, entre las sombras, la verdad de un tiempo que se había extinguido ya, antes, mucho antes, de esa última noche que le vi en Lara y que ahora vuelve a mi memoria como un sollozo- -Lorenzo LÓPEZ SANCHO. BREVE APUNTE BIOGRÁFICO Nació Víctor Ruiz Iriarte en Madrid el día 24 de abril de 1912. Después de una amplia formación autodidáctica estrenó su primera obra en el teatro Español Universitario, aquel TEU que durante algunos años, hasta su desaparición definitiva, intentó emular, a su manera y salvando las distancias, lo que en su día había hecho La barraca, de García Lorca. B estreno, gracias a José María F: orqué, ocurrió en 1943, y la obra se titulaba Un día en la gloria farsa en un acto, a la que siguieron obras tan familiares para el espectador asiduo como Historia de un adulterio El lando de seis caballos Juego de niños La guerra empieza en Cuba Esta noche es la víspera El gran minué El carrusel Un paraguas bajo la lluvia La muchacha del sombrerito rosa Los pájaros ciegos y varias más. Para la televisión, medio para el que Ruiz Iriarte se mostró todavía más prolífico que para el teatro, firmó más de medio centenar de piezas breves, obteniendo en 1968 el premio Antena de Oro para guionistas y adaptadores de televisión. El palmares, en cuanto, a galardones, de Víctor Ruiz Iriarte es de, los más completos que un autor de su época podría presentar: premio Nacional de Literatura, premio Nacional de Teatro, premio Nacional de Televisión, premio María Rolland, premio Plquer de la Real Academia Española... Siempre se definió Ruiz Iriarte como un comediógrafo, es decir, un hombre que hace comedias amables, metódicas y sentimentales Compañero de viaje, digamos, generacional, de Mihura, Paso, Calvo- Sotelo, López Rubio, Claudio de la Torre, Valentín Andrés Alvarez y algunos más, nunca aceptó que él, o quienes le acompañaban, fuesen una creación del régimen político. El salió del café Gijón, que es donde andaban los jóvenes frente a D Ors o Cossío, que pontificaban en el café Lyón. El padrino de todos ellos puede decirse que fue Juan Aparicio, y de ahí las interpretaciones que a lo largo de los años se hicieron de los matices políticos de estos autores y sus obras. Sa confesaba Ruiz Iriarte admirador de