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LUNES 11- 10- 82 ESPECTÁCULOS ABC 49 Crítica de teatro Música Calígula de Camus, en una espléndida revisión de José María Rodero Una excelente biografía de Carmelo Bernaoia, por Antonio Iglesias Antonio Iglesias, en su triple faceta de músico, pedagogo y crítico, vuelca su enorme capacidad de ordenado trabajo en un nuevo libro, dedicado esta vez a glosar la figura de Carmelo Bernaoia, nombre del máximo relieve en el quehacer de estos años. El volumen, dentro de los Clásicos de la Música de Espasa Calpe, es, din duda, uno de los más valiosos de la colección, de los más ceñidos y sustanciosos en el contenido. Con el formato y la cuidada presentación habituales, en ciento cincuenta prietas páginas en las que no faltan las tan orientadoras tablas cronológicas y algunas ilustraciones, Iglesias nos acerca al hombre y al artista que le da el conocimiento directo en muchas horas de labor conjunta, sea en los cursos granadinos Manuel de Falla, sea en los de Música en Compostela, dirigidos ambos por él y en los que la colaboración de Bernaoia en la parcela pedagógica creadora muestra un gran relieve. La obra llega hasta el último estreno doble de I Omenaldia en la Fundación Juan March y para la Filarmónica de Oviedo. El comentario, como bien dice el autor, sirve de preámbulo, que bien podría ser epílogo. Y tiene el valor de que así nos aproximamos a Bernaoia, compositor e intérprete, clarinetista muchos años en las filas de la Banda Municipal madrileña. La vida entre el Ochandinao de nacimiento hasta Vitoria, donde, como actual director del Conservatorio, vuelve a sus orígenes, se perfila en distintas referencias y momentos, coronados con el homenaje madrileño que sus amigos le brindaron en el adiós por el traslado a la capital citada en la que hoy reside. Ochandiano, Madrid, Roma son fondos entrañables. Lo resultan las referencias a la boda y las conexiones con otros artistas afanosos de renovaciones de signo estético. Y en el relato, siempre, las citas sobre los distintos momentos creadores, en línea ascensional y ambiciosa, inconformista. Bernaoia, gran trabajador, tiene a la altura de sus cincuenta y tres años una producción propia extensísima: con partituras para el concierto, el cine, la televisión, el teatro, la radio. Todo ello se precisa no sólo en el catálogo, sino en el ceñido análisis de buen número de los títulos. Análisis realizado por Iglesias con sólido conocimiento de músico, firme ilusión de amigo y voluntad de ser auténtico para lo que recoge y se basa en los propios juicios y opiniones del autor, amén de subrayar otras calificadas. La internacionalidad, los premios, la discografía, la bibliografía se consignan de forma complementaria. Y el conjunto, insisto, se nos ofrece como un todo armónico en el que habremos de recaer tantas veces nos propongamos buscar el dato y la referencia concretas sobre un músico en plena actividad aún, pero merecedor ya de que se recoja y resuma el largo camino recorrido. -Antonio FERNANDEZ- CID. nalidad de Calígula y ordena en sucesivas escenas el pensamiento filosófico del autor, absolutamente asumido en la personalidad de su triste héroe, cuya derrota es inevitable, puesto que la prevé y corre por todos sus actos en su busca. En esta hora del teatro europeo, esta reposición es una especie de aguja imantada que marca en su norte la orientación de un gran teatro de pensamiento. -Lorenzo LÓPEZ SANCHO. Charo Soriano, José María Rodero y Teófilo Calle Título: Calígula Autor: Albert Camus. Versión: José Escué Porta. Dirección: Luis Balaguer Escenografía: Pablo Gago. Intérpretes: José María Rodero, Charo Soriano, Alfredo Alba, Miguel Palenzuela Teófilo Calle, Víctor Fuentes, Ramiro Benito, Cesáreo Estébanez, Manuel Gómez Alvarez, José Hervás Eva García, Javier Ulacia, etc. Teatro Alcázar. En esta temporada que comienza con una tendencia recuperativa y revisionista, ya anotada aquí a propósito de otros títulos, José María Rodero reabre las puertas del Alcázar y nos propone la reposición del Calígula de Albert Camus, anteriormente estrenada y creada por él con gran éxito que ahora corrobora muchos años después. Calígula es, probablemente, la mejor pieza teatral del gran escritor francés, consagrado por el Premio Nobel muy tempranamente, a los cuarenta y cuatro años en una vida consumida con avidez bajo el signo de su muerte prematura tres años después, en un accidente de automóvil en 1960. Aunque en su construcción y en la densidad de su texto haya muchas escenas en las que la tensión filosófica del diálogo sustituye a la acción dramática propiamente dicha, Camus alcanza a compendiar y expresar profundamente su filosofía existencial. El hombre no es enteramente culpable, puesto que él no ha comenzado la Historia, ni tampoco inocente, puesto que la continúa. Y más concretamente en el drama de este emperador romano, a debatir el tema de la libertad, único objetivo posible de la vida, pero que no se realiza si no es en detrimento de los otros. Ese es el descubrimiento de Calígula ante el cadáver de Drusilla: el mundo no es soportable, puesto que los hombres mueren y no son felices. Por eso, decide ser como los dioses, liberarse de toda regla, mostrar, como ellos, un rostro irracional, insensible, cruel, injusto, incomprensible, actitud que le llevará a dirigirse a la emboscada de sus enemigos y a aceptar la muerte, lo que viene a ser una forma de suicidio que Camus descarta porque lo considera una forma de huir, de suprimir el probtema existencial, pero no de resolverlo. A los cuarente y cuatro años de haber sido escrito el drama y los treinta y ocho de su estreno, Calígula es un clásico del teatro de ideas, del teatral del pensamiento existencialista, aunque este movimiento filosófico que alcanzó su cima de expansión en la posguerra haya sido ya literaria y filosóficamente superado. En una escenografía concebida en profundidad, más sugeridora que realista, muy bella, de Pablo Gago, Rodero encarna un Calígula obseso, contradictorio, en permanente temblor de conciencia, sometido a la violenta pulsación de su sed de absoluto y su imposibilidad de satisfacerla, y lo hace con una composición rigurosa del personaje, entendiéndolo con la exigencia de una expresividad gestual, verbal, de medida en los tonos, en las gradaciones del ritmo y en los silencios, que hace su composición una obra magistral de interpretación al mismo tiempo clásica y moderna. Toda la acción, contenida, mucho más dialéctica que de dinámica material, se ajusta a un equilibrado tempo dramático que se inicia con una decelaración a partir del allegro de las primeras escenas, para llegar al maestoso final de la muerte de Cesonia y el asesinato del tirano en construcciones escénicas vivas y a la par asentadas en una voluntad marmórea de friso romano. Excelentes están, junto a Rodero, Alfredo Alba, en un Escipión crítico y seducido; Palenzuela, en el severo y digno Quereas; Charo Soriano, en una Cesonia, cómplice, critica y víctima, y el resto del reparto en sus cometidos armoniosamente complementarios. Toda la representación funciona alimentada por un designio central que brota de la perso-