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18 ABC MARTES 24- 8- 82 Recuerdo y testimonio- Anécdotas de la pequeña historia He aquí tres estampas de la pequeña historia, tres emotivas remembranzas que nos ofrecen Agustín de Figueroa, marqués de Santo Floro, José Luis Bugallal y José Gutiérrez- Ravé. El primero recuerda a Juan Liado, recientemente desaparecido; el segundo, al fotógrafo Juan Cancelo, que acaba de cumplir noventa años; y el tercero, tomando como pretexto la noticia de que el presidente Reagan quedó encerrado en el ascensor de la Casa Blanca, nos habla de dos políticos españoles que, bajo el reinado de Alfonso XIII, se vieron en un trance semejante. Ministros españoles, atrapados en el ascensor José GUTIERREZ- RAVE Los periódicos de estos días divulgan la noticia de haber quedado atrapado, en uno de los ascensores de la Casa Blanca, el presidente de la gran nación norteamericana. Ronald Reagan, incidente que nadie allí recuerda hubiera sucedido anteriormente nunca en la mansión presidencial. v Mas, como no hay nada nuevo bajo el sol, los españoles, cual en tantas y tantas cosas, fuimos también precursores en esto y quienes peinamos muchas canas y vivido tantos y tantos acontecimientos, entre las brumas de muchos recuerdos, gratos e ingratos, pueden evocar al menos dos incidentes similares de los que fueron protagonistas dos ministros de la Corona durante el reinado de Don Alfonso XIII. Fue el primero don Antonio Barroso, político cordobés, cuya bonachona figura recordamos perfectamente, quien durante uno de los Gobiernos liberales, probablemente de los presididos por don José Canalejas, al dirigirse a su despacho ministerial quedó atrapado en el ascensor oficial, imposibilitado de salir, y tuvieron que sacarlo los bomberos, rompiendo la techumbre, y así, por fin, izarlo, no sin grandes esfuerzos, dada la corpulencia física del personaje. Lo propio le sucedió a don Luis SHvela, de notorio apellido, quien comenzó su carrera política en 1902, pero retrasándose excesivamente para él tos ascensos, pues si bien desempeñó la Alcaldía de Madrid, hasta muchos años después no sería designado para regentar una cartera ministerial y, por último, alcanzaría el Alto Comisariado de España en Marruecos, ya convertido el cargo en civil, si bien no llegó a paladearlo por sobrevenir el golpe de Estado del general don Miguet Primo de Rivera. Pero fue cuando iba a tomar posesión de la poltrona ministerial cuando ¡e ocurrió algo cómico en extremo, pues el ascensor que debía elevarle a su despacho se averió antes de llegar y se vio obligado a gritar en solicitud de auxilio. Armóse gran barullo porque los electricista no lograban rápida solución, y a todo esto acudió el personal del Ministerio, amén de muchos curiosos, acosejándolo los jefes y empleados calma y paciencia. El desarrollo de la escena era ya de saínete, pues el incipiente ministro, vestido de ostentoso uniforme, en un ascensor todo encristalado, semejaba una maniquí de los grandes almacenes y en- las amplias escalinatas, a ambos lados del ascensor, se apelotonaban funcionarios y amigos. Las horas transcurrían sin atisb o s d e inmediata solución y como el ministro saliente tenía precisión de salir de viaje se decidió que la toma de posesión del nuevo ministro se hiciera allí mismo! Los jocosos relatos periodísticos de entonces sirvieron al detalle el pintoresco suceso, según el cual el ministro saliente, en alta voz, le iba haciendo al entrante, retenido en el ascensor, las presentaciones de rigor. Este señor que está a mi lado- -le decía- -es el jefe de tal Departamento. El bajito, a mi izquierda, jefe del negociado; el grueso, de otro; el del bigote, el alto, el del traje gris... Los aludidos inclinaban la cabeza y el nuevo ministro hacía ademán de estrecharles la mano. Hasta que pasada la hora de la comida- -la escena había comenzado al mediodía- -todos fueron desfilando y cuando pudo solucionarse la avería, el flamante ministro se hallaba solo, junto a su secretario particular. Cuentan que don Luis Silvela, cuando recordaba este suceso a sus íntimos, convencido y resignado, exclamaba: La verdad es que a mí siempre me costó mucho ascender... En los noventa años fe Juan Cancelo José Luis BUGALLAL Hasta los más viejos vecinos y visitantes de La Coruña lo conocemos, lo tratamos y hemos sido alguna vez captados por el clic de su cámara. Todos lo vemos a diario allí en donde hay un acontecimiento o se produce un suceso. Todavía hoy, en situación de jubilado, lo vemos por la caite con su paso ligero de atleta antiguo- -que lo fue- -y en la mano o en el bolsillo o colgado del hombro, el instrumento de su indeclinable profesión: la cámara fotográfica. Fotógrafo desde niño y de niño tipógrafo, nació para el periódico: se reveló como artista de la fotografía y se pasó a fotógrafo de Prensa, en donde ganó la suprema popularidad. Con su indispensable presencia en todo acto de relieve sucedido en Galicia. Pero su máxima popularidad la refleja su anecdotario con el general Franco en ocasión de los veraneos coruñeses del jefe del Estado, al que seguía los pasos como el más fiel guardaespaldas. A Franco lo conocía y lo retrataba Cancelo (Juan Cancelo San Juan, coruñés de Santa Margarita, nacido el 25 de marzo de 1892) desde que el joven general de brigada vino destinado aquí como gobernador militar, en 1932. Luego, desde que Franco tomó posesión, en 1938, de las Torres de Meirás, ya no se separó de él. De aquel seguimiento profesional y fiel surgió el rosario de anécdotas Franco- Cancelo, que ttene su más sabroso condimento en el ingenio coruñés y el lenguaje gallego del gran fotógrafo, que utiliza el idioma vernáculo con todo coterráneo suyo, sin discriminación de escalaforves ni de grados. En lejana ocasión recordé, en estas páginas de ABC, cómo el fotógrafo dispuso la formación de un grupo de personalidades en la puerta del convento de Padrón, frente al ancho y dutce paisaje cantado por Rosalía. Sin más protocolo, Cancelo casi ordenó: Señor Caudillo córrase un pouquiño mais para a dereita... Así Y disparo. Al Caudillo le hablo siempre en gallego- -solía decir Gancelo- -y me entiende de maravilla. A raíz de una de las últimas graves dolencias de Franco, la primera vez que lo saludó le dijo: Excelencia, alegróme rnpito de velo, ¡moito, moito, moito! Y Franco, apretándole la mano, repitió: También yo, moito, motto, moito. i Franco le preguntó una vez qué edad tenía. Oito meses máis que vos, señor. Replicó el jefe del Estado: Eso no es nada. Y Cancelo remató: Moito, non, pero algo, sí. El Caudillo rió de buena gana. Así es, así continúa siendo este gran periodista gráfico, hombre generoso y mejor persona, que es Juan Cancelo San Juan, premiado con la medalla de plata al Mérito en el Trabajo, la medalla nacional al Mérito en la Fotografía y la de oro de la Asociación de Fotógrafos de España. Y con un premio de valor excepcional: el de la admiración y la estimación unánime de cuantos le conocen.