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Carta de Pekín Evocación pekinesa de Marcela de Juan M E entero en Pekín del fallecimiento, en Ginebra, de Marcela de Juan, amiga entrañable, criatura de excepción, pues fue la suya una existencia excepcional, vínculo precioso- -y durante largos años único- -entre China y España, no sólo por su cabal conocimiento de la vida y la cultura chinas, sino por ser china ella misma y haber vivido aquí, lo que añade al estricto saber libresco el calor y el matiz de lo vivido, yá que Marcela de Juan nos enseñó China desde dentro por llevarla en la sangre. Para quienes fuimos sus amigos, el regalo de su trato y su introducción a lo chino es impagable aun cuando entonces no nos pudiéramos imaginar que un día el destino nos traería hasta el enigmático país, inabarcable, desconcertante, contradictorio, a la vez pobre y millonario, nuevo y antiquísimo, revolucionario y conservador, lleno de vitalidad y ebullición y con una profunda calma, con las gentes más acogedoras, más abiertas y sociables del mundo y sin embargo impenetrable: un país apasionante. Hija del mandarín Hwang- Chin- nan, ministro de la Legación Imperial de China en España, nació Marcela en La Habana el 1 de enero de 1905, y a los ocho meses su familia se trasladó a Madrid, donde su padre ejercería, por segunda vez, la jefatura de la Misión diplomática de su país hasta 1913 en que vino destinado a Pekín. Poseía Marcela de Juan una excepcional sensibilidad y una clara inteligencia- -signos distintivos de su raza- -y fue educada como correspondía a la hija de un letrado chino. Siguiendo la costumbre de la época, a los tres años y por acuerdo entre las familias, la prometieron a otro Hiño, el hijo del príncipe Shen, que había sido el enviado extraordinario del Imperio Celeste a la boda de los Reyes Affonso XIII y Vic- toria Eugenia, pasando así a la condición de niña nuera hasta que llegase a la edad de contraer matrimonio. Al filo de la década de 1930 volvió a España, donde se casó y arraigó, convirtiéndose en la española- china que siempre habría de ser, puente entre dos mundos, y desde donde nos brindó a los españoles saber y noticia de una realidad tan ignota y lejana para nosotros como es la china. El afincamiento español no limitó sus horizontes ya que, por circunstancias familiares y temperamento, fue una mujer cosmopolita y, por sus personales cualidades de simpatía y talento, tenía una asombrosa red de amistades en todos los continentes y con ellas estaba en contacto por frecuentes viajes y correspondencia desde su epicentro madrileño. Porque cuando los avalares de nuestro siglo XX dieron al traste con las paternas previsiones dé posición y matrimonio, Marcela de Juan se reveló como ejemplo de mujer animosa, independiente y decidida: dominadora de seis idiomas- -entre ellos, naturalmente, el chino- -y con el fondo de la vasta cultura de su educación mandarinesca, hizo de todo ello instrumento de trabajo y le hizo frente a la vida siendo periodista, radiofonista, conferenciante, miembro de la Oficina de Interpretación de Lenguas del Ministerio de Asuntos Exteriores, intér prete en Congresos Internacionales que la llevaban de Nairobi a Nueva Delhi y de Buenos Aires a Kioto, y traductora de la más importante antología de poesía china editada en España- -probablemente única- primero en 1949 y últimamente en 1973, publicada por Alianza Editorial, con un excelente estudio preliminar y notas de la propia traductora, obra de importancia y méritos extraordinarios tanto por el período histórico que comprende- -desde el siglo XXII antes de J C hasta la Revolución Cultural- -como por el amplio muestrario de escuelas y técnicas poéticas que presenta y por su estudio comparativo de ¡a poesía española. Explicaba Marcela que su gusto por el estudio y el trabajo- -en una época en que las mujeres no solían dedicarse a ninguno de los dos- -se debía a su padre que, con china sabiduría, le aconsejaba: -Hija mía, tú estudia, que el hombre discreto tiene tres pesares: no haber consagrado su vida al estudio, haber pasado ocioso un día, haber malgastado un instante. Y e s que lo chino imprime carácter. La tierra china tiene un magnetismo curioso y poderoso y atrae como un enorme imán, sobre todo a sus hijos, por mucho que haya pasado el tiempo y hayan conocido otros mundos. Y Marcela de Juan no era en esto una excepción: lo chino prevalecía en ella sobre toda otra circunstancia. En 1975, después de su primer viaje a China, desde la fundación de la República Popular, la encontré en Tokio poseída de un entusiasmo infantil: el reencuentro con Shanghai, con su querido Pekín y la vuelta a lo que habían sido su casa de patios y sus paisajes habituales, fueron para ella como el premio anhelado para un escolar, deseo cumplido de ver otra vez China y morir Volvería dos veces más, feliz e ilusionada, observando la evolución de su país, a visitar amistades, recibir encargos de la Editorial de Publicaciones en Lenguas Extranjeras y a comprar en el mercado de Tung Tang las golosinas de su adolescencia. En la actualidad, la vieja casa pekinesa de la familia de Marcela está habitada por un profesor de Instituto, su esposa, doctora en Medicina, la anciana madre de ésta y los hijos del matrimonio: con ellos evocábamos hace unos días a la española- china que había vivido allí y cuya pérdida lamentábamos. En 1977 publicó Marcela de Juan un librito de recuerdos titulado La China que ayer viví y la China que hoy entrevi en el que recoge gran parte de las vivencias que tantas veces nos contó de palabra, narradas de una forma sencilla, directa y coloquial. Para quienes vivimos en China, tratamos y trabajamos con chinos, sus enseñanzas sobre el país y sus gentes están presentes diariamente en nuestra vida. Acompañados de sus instrucciones, de sus cartas, recorremos Pekín, cuyas puertas ella nos abrió, este cuadrilátero delimitado por los Templos del Cielo, la Tierra, la Luna y el Sol en sus puntos cardinales, sus jardines, palacios, pabellones y torres de nombres fascinantes, el bullicio de sus mercados populares, la gracia recoleta de sus hutungs estrechas callejas donde hay que entrar en bicicleta o a pie y donde lo rural se abroquela en medio de una capital de ocho millones de habitantes, a la vez imperial y aldeana, en la que el campo devora a la ciudad: la acrobacia, la ópera, ei teatro, siempre repletos de gente que adora el espectáculo, como Marcela de Juan nos enseñó, la placidez cordial y sonriente de un pueblo sin prisa. Y así descubrimos el encanto profundo de la vieja ciudad. Porque al introducirnos en China, Marcela de Juan nos inició en las claves del sustrato netamente chino, con el sello inequívoco, peculiar y rotundo de una muy honda forma de ser que permanece y contra la que nada puede. Al saber que Marcela ya no está con nosotros yo quiero, desde este Pekín de sus amores, dedicarle estas líneas como homenaje de amistad y gratitud a su memoria. Antonio SEGURA MORÍS 17