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48 ABC ESPECTÁCULOS SÁBADO 27- 2- 82 A los setenta y nueve años de edad Falleció en Madrid el actor Paco Martínez Soria Sigo en tos escenarios porque es e! lugar donde más disfruto. Si dejara mi trabajo, envejecería prematuramente. Quiero seguir en la lucha, mientras Dios me dé fuerzas. Así contestaba Paco Martínez Soria cuando cualquier periodista le mencionaba su bien merecido retiro. Cuarenta y cinco años de actor, cuarenta de empresario y una cabeza llena de proyectos para cinco años más han terminado inesperadamente con el frenazo brusco de un gran corazón que se ha negado a seguir latiendo. Con Martínez Soria desaparece un eslabón más de esa cadena, casi una raza, de cómicos españoles que capitanea con su ronquera eterna el gran Pepe Isbert y de los que, por desgracia, no va quedando escuela. Este aragonés, que nació en Tarazona en diciembre de 1902 y que se trasladó con su familia a Barcelona cuando sólo tenía cinco años, sintió desde muy pronto la afición por el teatro; siempre recordaría las funciones del colegio de los Misioneros del Corazón de María y su temprana dedicación en una agrupación teatral de aficionados, de las que tan generosamente proliferaron durante los años de la República. El mismo ha contado que durante dos años se mantuvo bruscamente alejado del teatro, al prometerle a su novia, después su mujer, Consuelo Ramos, que abandonaría los escenarios. Mi esposa, mujer inteligente, comprendió, al fin, que era el teatro lo que más me gustaba y accedió a que volviera a mis actividades. Le encomendaron la Sociedad del Artesano, de Barcelona, y allí le sobrevino la guerra civil. Su primer papel en el teatro profesional fue el de cura, en El infierno de Antonio Paso, con- Fue víctima de un paro cardiaco unidas en la historia del teatro español de este siglo al nombre del desaparecido actor. Entre sus grandes éxitos figuran La ciudad no es para mí El abuelo Curro Te casas a los sesenta... ¿y qué? La educatratado por el también actor y empresario Ra- ción de los padres Mi cocinera Guárfael López Somoza con el sueldo de 30 pese- dame el secreto, Lucas Bonaparle quiere tas diarias. Andando los años sería López vivir tranquilo Anacleto se divorcia La Somoza quien iba a estar contratado en la tía de Carlos A esta carrera teatral hay compañía de Martínez Soria. Porque uñ que sumar también más de catorce películas. rasgo de la personalidad y la vida de este Su entrada en el cine se produce a raíz del gran actor fue siempre su capacidad para éxito teatral de La ciudad no es para mí emprender aventuras. Así, recién terminada que alcanza las 3.000 representaciones. Su la guerra, Martínez Soria ya estaba en el tea- versión cinematográfica le abrió con suerte tro Fontalba, de Madrid, y en 1940, con prés- las puertas del cine. tamo de un amigo, forma su propia compaEl matrimonio de Martínez Soria y Conñía, en la que estaban María Francés y suelo Ramos- -que fue también su compaRicardo Fuertes. En 1945 está en el teatro de ñera en el escenario- -le ha dado un hijo la Zarzuela, de Madrid, y el 6 de diciembre de sacerdote y tres hijas casadas que han lle- 1960 es la fecha que siempre recordará toda nado de nietos y bisnietos a este jovial su vida, porque se hizo dueño del teatro abuelo que nos ha dicho adiós en su apartaTalía, de Barcelona. En este local había. un mento madrileño mientras los teléfonos sonacine. LO derribé y edifiqué un teatro nuevo. ban sin descanso y los conserjes de su casa Más de cuarenta títulos, muchos de ellos re- derribaban la puerta. posiciones celebradas por el público en repre (Información gráfica en página 11 sentaciones centenarias, quedarán siempre de huecograbado) Crítica a un mutis de Martínez Soria La semana pasada me invitó para el próximo verano a su hermosa finca de Cataluña. Ayer por la mañana ensayó en La Latina y por la tarde acudió a charlar con sus amigos de la Peña Chicote. Hoy, faltó al ensayo. Como eso era inconcebible, su inseparable Dionisio Ramos fue a buscarle ai apartamento que ocupaba durante sus temporadas madrileñas. Hubo que derribar la puerta. En su cuarto, perfectamente serio, un hombre que durante más de medio siglo ha hecho reír a toda España, había compuesto su escena definitiva. Paco Martínez Soria había hecho mutis sin una palabra, sin uno de sus gestos, sin su aplauso de siempre. Tremendo mutis el de un gran actor, que solo, sin espectadores, se lleva dramáticamente las manos al pecho. Estas cosas siempre se creen cuando a uno se las sueltan a boca de jarro, como un pistoletazo. Aunque sean inconcebibles. Y era, sigue siendo ahora, cuando escribo, inconcebible, que Paco Martínez Soria se muriera, porque no es que se muera un hombre: es que se muere un teatro. Hace algunos años, ¿diez? ¿veinte? un grupo de actores rusos, acompañados por el entonces- -y hoy otra vez- -director del Teatro Nacional María Guerrero, dedicaron una noche programada en sesiones de diez minutos a ver todo lo que se hacía en los teatros de Madrid. El programa se cumplía con rigor soviético. Al llegar al Eslava y cumplirse los diez minutos, José Luis Alonso se levantó. Perdón, dijeron sus invitados, aquí nos quedamos. Aunque no entendamos una palabra, este actor nos interesa mucho. Decir ahora que ese actor era Martínez Soria es innecesario. El actor que veían los descendientes del Teatro de Arte de Moscú, de Stanislavsky, de Waiakowsky, era la esencia misma del naturalismo cómico. Era un clásico vigoroso, puro, limpio, de la comicidad realista de principios de siglo. Era el último gran figurón del arte de interpretar español. Nada menos que eso. Y eso es lo que hemos perdido: el gran figurón que saca una hoja de papel de fumar, se la pega al labio, extrae de la faja una petaca, esparce el tabaco en la palma de la mano, le quita unas estacas, lía el cigarrillo y cuando la expectación está colmada, larga la frase que hace estremecerse de risa a ese tiburón informe que es el público. Paco, amigo querido; víctima de mis críticas más ¡ncomprensivas, ángel con una luminosa espada de risas en la mano que guardabas el paraíso de la comicidad inocente de un mundo que ya no existe. porque lo han destruido los megatones de la culpabilidad, ¿por qué has hecho esta mañana ese mutis que nos hubiera hecho llorar desgarradoramente a cuantos te debemos tantos baños salutíferos de risa? ¿Por qué nos has hecho eso? Tenías obligación de representar esa escena única sobre un tablado, dentro de unos días, pocos ya, en un teatro de Madrid, donde las gentes iban a reírte con la liturgia que se debe a un demiurgo de la carcajada. No tenías derecho a hacemos eso. Lo que te disculpa es que de todos los mutis que habías planeado en tu fecunda vida de gran actor, ése no había entrado en tus cuentas. Te debemos, Paco, duro aragonés de Tarazona, historia en la historia, catalán adventicio, pasado por la garlopa mediterránea, habernos conservado en este siglo de despiadadas mutaciones, la comicidad inocente, sana, que amaron y produjeron Arniches, García Ah arez, Antonio Paso, Joaquín Abatí y, algo después, Alfonso Paso, ya menos inocente, Fernández Villar, José de Lucio y ese tremendo engendro inglés, Brandon Thomas, al que tú hacías cada año la higa de inventarle una Tía de Carlos distinta de la suya, más hipocritón tona español, más rijoso y a la par reprimido, y haberío hecho, sin averiguaciones, inventándolo tú todo, lo de Jarry, lo de Artaud, lo de Feydeau, lo de Stanislavsky. Qué te iban a enseñar a ti ésos, que venías directamente de un teatro español de siglo XIX y lo mantenías en triunfo, como una bandera, cuando el XX, el tuyo, porque tú habías venido con el siglo, se acababa como había empezado, entre pronunciamientos y pucherazos, que aquí no tenemos remedio, Paco. Si fuéramos alguien, esta noche todos los teatros de España suprimirían sus decorados y los sustituirían por crespones negros. Se acabó. Contigo se acabó, Paco, el teatro de El gran tacaño de Juan Jubilado de La educación de los padres de Te casas a los sesenta... ¿y qué? de Guárdame el secreto, Lucas que creó que era lo qué ibas a hacer, otra vez, dentro de unos días. Un siglo que te llevas. Cien años y aún más a los que les ha dado un infarto letal esta mañana Y nos quedamos aquí, solos, temblando, Paco, sin risas y con una metralleta en las espaldas. -Lorenzo LÓPEZ SANCHO.