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C ADA grupo intelectual, cada generación artística, poseedora de una determinada sensibilidad, portadora de ciertos y determinados valores espirituales, suele tener una raíz más o menos definida; esta raíz, a su vez, tiene un fundamento de carácter individual o colectivo, con influencia capaz de hacer girar hacia nuevos rumbos los ideales estéticos de la juventud. En el siglo XVI se renovó la lírica castellana porque el veneciano Andrea Navajero, en trascendente encuentro coloquial en la ciudad de Granada con el poeta Juan Boscán, suscitó en éste el gusto por versificar al itálico modo adoptado más tarde por Garcilaso de la Vega con aquella sabia, fluida y dulce manera con que supo cincelar sus endecasílabos de oro. Frecuentemente, en torno a una revista literaria, corno alma máter que alimentara el espíritu recién surgido, es donde se ha concretado, mediante ensayos y poemas, la ideología y las fórmulas expresivas puestas en circulación por los sustentadores del nuevo movimiento literario. No es raro, por otra parte, que sea un manifiesto o proclama lanzado por algún conspicuo del grupo el medio por el cual se den a conocer sus propósitos. O bien que un acontecimiento cultural de primera magnitud, tal como el aniversario de alguna figura descollante de nuestra literatura, sea lo que conmueva la inercia, la atonía creadora de los viejos cultivadores de las letras. En Alma española velaron sus armas los escritores del noventa y ocho aquellos que en el t 3 de febrero de 1901 conmemoraron el aniversario de Larra, visitando su tumba en el cementerio de San Nicolás, en cuyo acto le dedicó Martínez Ruiz- Azorín -su discurso, reconociéndole como mentor y guía: Maestro de la presente juventud es Mariano José de Larra. Sincero, impetuoso, apasionado. En la revista Litoral de Málaga, agavillaron sus versos los poetas del 27; en Grecia sevillana primero y madrileña después, los Ultras de Xavier Bóveda y Guillermo de Torre, tras de un Manifiesto a la juventud literaria y en Garcilaso los de la Juventud creadora a quienes el prosista Pedro de Lorenzo, como integrante y animador de ella, diera esta consigna: La creación como patriotismo. Fue Litoral como ya se ha dicho, la revista que, a través de los nueve n limeros publicados, aglutinó e hizo coherente la tarea poética de las figuras más representativas de la generación del 27. Y no sólo en sus páginas periódicas, porque los doce suplementos que editó, germen ilusionado de una proyectada biblioteca de autores nuevos, consolidaron las afirmaciones y modos de hacer comunes. Aprovecharon- -todos lo sabéis- -la oportunidad de un hecho temporal, de un hecho circunstancial y, no obstante, de valor trascendente, para EUGENIO FRUTOS, POETA RESCATADO adherirse a una fórmula creadora; fue esta circunstancia el centenario de Góngora, autor por algún tiempo preterido, y que ellos revalorizaron con la introducción en sus producciones estéticas de una buena carga de intelectualismo. Quizá por aquello que decía Valéry de que una poesía debe ser una fiesta del intelecto El caso fue que en octubre de 1927 un número extra de Litoral rendía homenaje a don Luis de Góngora; aportaron poemas, a tan singular ocasión, autores con obra ya acreditada en el mundo de la creación lírica: Garda Lorca, Jorge Guillen, Gerardo Diego, Juan Larrea, Alberti y algunos otros. Entre estos últimos, y con indudable equilibrio dentro del conjunto de colaboraciones estampadas, se halla el nombre de un extremeño- -Eugenio Frutos- -q u por modo extraño, no habría de tener una resuelta continuidad en la ilustre compañía de quienes, a partir de aquí, iban a demostrar una perfecta y decantada maestría del arte poética. Produce este caso un tantico de extrañeza, un tantico de estupor, y surge inevitablemente una pregunta: ¿cómo es posible que quien, alternando dignamente con tan célebres versificadores, dueño de una personalidad intelectual sólida, vigorosa, y de una inspiración poética nada común, llamado sin duda a brillar con luz propia en e ¡parnaso, se esfumara a renglón seguido sin pena ni gloria? La cuestión es, realmente, digna de estudio, de meditación. Y lo primero que se advierte es que su eclipse, su desaparición, es sólo aparente. A lo largo de su existencia ha ido su numen, como una corriente subrepticia de agua, nutriendo el hontanar; esta corriente fresca, honda, cristalina, apenas si ha tenido interés en hacer público su murmurio rítmico, acompasado, en el señuelo de la letra impresa. No es insólito que una obra literaria- -teatro, poesía, n a r r a c i ó n quede sirte die ignorada, inédita, o que ésta vea la luz tardíamente o en hora postuma; en Extremadura hay ejemplos ilustres de este destino postrero: Diego Sánchez de Badajoz, Francisco de Aldana, Catalina Clara Ramírez de Guzmán, no conocieron la publicación de sus obras, tan finas, tan sugerentes, tan naturales. Se ha dicho que los miembros de esa generación poseían la condición de poetas profesores y de críticos y hasta en esto Eugenio Frutos coincidió con ellos; quizá esta condición, asumida por él plenamente desde su magisterio de catedrático de Filosofía, le alejara de ese otro género de ejercicio especulativo que es el quehacer literario. Es cierto que en alguna que otra revista su firma daba de cuando en cuando el aldabonazo de sus disquisiciones y de sus versos, o que obras como su tesis doctoral sobre La filosofía de Calderón en sus autos sacramentales y el libro Creación filosófica y creación poética testimonian definitoriamente una personalidad dotada de excelentes armas dialécticas para el rigor que exige esa complejidad cultural que es la filosofía y para el maravillarse en forma bella- -que es también un comienzo del filosofar- -del entorno que gravita sobre cada ser: Mi alma está temblando en cada cosa: ¡qué resignada, bajo el sol, en tierra! ¡qué alzada en nube por los cielos yerra! Aparte del poema La viña destruida (1957) dos volúmenes- Poesía editado en 1974 por la Institución Fernando el Católico, de Zaragoza, y Políptico de Cáceres y otros poemas publicado en 1980 por el Ministerio de Cultura en esta ciudad- -han venido finalmente a encuadrar unas muestras líricas de Eugenio Frutos, alumbrando así un quehacer retórico paralelo a la dedicación docente del pensador extremeño cuando éstas ya estaban ensombrecidas, desvaídas en la hondura del tiempo. Esas... Nubes de nuestros sueños, decaídas hojas de copa al viento, sombras nuestras arrojadas del alto paraíso por el otoño verde. Femando PÉREZ MARQUES HOMENAJE DEL ZOOLÓGICO DE MADRID A SU CREADOR, ANTONIO LLEO El Zoológico madrileño ha dedicado un homenaje o su creador, el ingeniero de Caminos don Antonio Lleó, al cumplirse el primer aniversario de su fallecimiento. Con tal motivo se ha descubierto un monolito con un medallón en bronce que reproduce la efigie del señor Lleó y que es obra de! escultor Octavio Vicent. El director general del Zoológico, don Tomás Cerdán, ha dicho, glosando la figura del creador del parque, que fue un soñador activo de proverbial empuje y afán que estuvo siempre atento a su trabajo, rehuyendo, por su natural modestia, todo homenaje. Su obra no se limitó al Zoológico de la madrileña Casa de Campo, sino que se extendió a otras ciudades 2