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EDITADO PRENSA SOCIEDAD M A D R POR ESPAÑOLA, ANÓNIMA I D FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUGA DE TENA A B C es independiente en su línea de pensamiento y no acepta necesariamente como suyas las ideas vertidas en los artículos firmados N medio de un impresionante silencio se ha extinguido mansamente en Madrid, el pasado 29 de noviembre, a los noventa y cinco años, la vida de la duquesa de Dúrcal. Bien merece un recuerdo la amiga de tantos hombres de letras. Su nombre, Leticia Dúrcal (tan bonito que parece de novela) dirá nada a los muy jóvenes, algo a los menos jóvenes, bastante a los poco viejos y habría dicho mucho a los muy viejos si no se hubiesen muerto todos, No ha dejado una obra, sino algo más. Porque una obra, si no es excepcional, es un cachivache que rueda, se cubre de polvo y para en el trastero; pero más importante es dejar un vacío. España se va viendo sembrada de estos profundos hoyos irrellenables, sobre todo y fatalmente en el terreno de la aristocracia. Me refiero, por supuesto, a la vertiente de la aristocracia que mira a las letras. En este campo traté bastante a Leticia Dúrcal, porque entre las gentes de toda clase que me ha tocado en suerte frecuentar también- ¡qué demonios! -uno ha hecho algunas incursiones por El mundo de los Guermantes. No la había visto desde poco antes del verano y mi última conversación con ella fue la víspera de su caída en el lecho mortal, pues me llamó por teléfono para una recomendación literaria. En el verano, ambos en Suiza (ella, como siempre, en Saint- Moritz) también nos telefoneamos, aunque no pudimos vemos como habíamos convenido porque estaba enferma. Si hablo de ello es por ser admirable que una mujer a sus años, y ya con la vista- -que no la cabeza- -muy débil, pudiese viajar, como lo hacía, por toda Europa completamente sola y así recorrer tantos países en expresos y aviones, desafiando la endiablada babel de los grandes aeropuertos, que a tantos jóvenes desconcierta. Ahí residía uno de los secretos de su temple: el indomable valor, casi siempre apasionado y muchas veces con un poso de perceptible amargura. Al valor se unían otras dotes que nos son imprescindibles para hacer algo con seriedad, como, por ejemplo, la puntualidad y la constancia. Por la puntualidad (que también tenían algunos otros personajes de su época) en mi casa de Istanbul, a ella y a mí solos, en espera de los invitados, nos sorprendió un terremoto, no demasiado grave, pero que en aquel vibrante edificio, hecho de madera como todos los viejos yalis de Constantinopla precisamente por la frecuencia de los seísmos, hizo bailar a arañas y muebles la más inquietante contradanza. En cuanto a la constancia, Leticia Dúrcal era implacable. Noblesse oblige ¿Para hacer qué? se dirá. Pues sencillamente vida de sociedad una cosa que tuvo su apogeo en el siglo XVIII y que ahora prácticamente ha desaparecido. No nos engañemos: en el fondo es una variedad en trance de extinción de la misma actividad que, con peores formas, desarrollan los políticos y que en sus tiempos influía considerablemente en la política. Por supuesto, es una antigualla, porqué hoy estamos hablando de ellas, aunque se trata de cosas que la civilización arrincona para BC REDACCIÓN, ADMINISTRACIÓN Y TALLERES: SERRANO, 61- MADRID E LETICIA DÚRCAL darse luego el gustazo de reaventarlas. En algunas mujeres, como Leticia Dúrcal (recuerdo otra de sus años, Linda Sursock, que dicen sirvió de modelo a Pierre Benoit para La Chátelaine du Liban el afán social se exacerbaba con la práctica y llegaba a ser una especie de movimiento continuo, quizá demasiado volcado hacia afuera. Pero ¿sabe alguien los problemas íntimos que ahí algunas veces se disimulan? Dejemos tales honduras. A Leticia Dúrcal le habían ayudado a crearse este deber dos aliados de primer orden: la belleza y la inteligencia. Había sido la duquesa de Dúrcal una rubia bellísima. Lo fue mucho tiempo, y aun en la ancianidad la doraba la luz de un largo crepúsculo. Ortega, que era muy pocos años mayor que ella, me contaba cuánto le deslumhraba, de estudiante, verla por la Castellana, paseo elegante de entonces, en su coche descubierto, vestida de blanco y jugueteando con una sombrillita abierta, también blanca. Cuando yo la conocí en 1926, con motivo de una proyección privada del Perro andaluz de Buñuel y Dalí, que organizó, precisamente para Ortega y sus amigos, Giménez Caballero en una galería suya cerca de la plaza del Callao, era todavía una mujer muy hermosa. En un retrato, colgado en su salón, Benedito la pintó a lo Reynolds, con un traje azul y un gran sombrero. Como ella guardara uno y otro, se los puso por los años cincuenta para un baile de disfraces en la Embajada de Inglaterra y parecía aún como si acabase de evadirse del marco. Algunos sabrán, pero puede que haya quien no lo sepa, que Leticia Dúrcal es la ninfa sublime de que habla Ortega en su Conversación en el golf o la idea del dharma Muchos pensaban que era la mujer de más fina cabeza que habían conocido, y que tenía- -no se enfaden las feministas de hoy- -una inteligencia viril. Su voz, ligerísimamente velada, era agradable y su conversación, deliciosa. Lo cazaba todo al vuelo. Los grandes señores -decía Proust, el cual creo que sigue de moda- -son casi la única gente de quien se aprende tanto como de los aldeanos. También decía: Una obra, aun cuando se aplique a temas que no son intelectuales, sigue siendo obra de inteligencia, y para dar en un libro, o en una charla- -que difiere poco de un libro- la impresión acabada de la frivolidad, hace falta una dosis de seriedad de que sería incapaz una persona puramente frivola. En el ensayo antes aludido decía Ortega, aludiendo también a Leticia Dúrcal, que era rubia como una cuerda de violín y, como ella, capaz de estremecimiento Tenía Leticia en su salón otro precioso retrato suyo de Anglada Camarasa en que aparece como rodeada por indefinidas formas vegetales de muchos y brillantes colores. Me recuerda estas frases femeninas: Mis ojos se volvían a cada paso a las altas hierbas que coronaban lo alto de las murallas, y me parecía que de ellas me llegaba no sé qué consentimiento a lo que estaba diciendo y haciendo. Cuando las vi mecerse al primer soplo del viento que se levantaba sobre las colinas sentí crecer mis ánimos y la fuerza de mi respiración... Nacida en la alta burguesía catalana, su Cualquier palabra, antes de salir de mis matrimonio con el duque de Dúrcal, Borbón labios, parecía atravesar todo el calor de mi de una rama lateral, convirtió a Leticia en sangre. grande de España, dama de la Reina VictoEste párrafo de Fuoco está puesto por ria Eugenia y una de las mujeres más soD Annunzio en boca de la puse, cuando bresalientes de la Corte. Habían pasado los ella refiere cómo, casi una niña, representó tiempos de la Reina regente en que aquel Romeo y Julieta en las arenas de Veembajador marroquí respondía a quienes le rona. Y si traigo a colación a la gran trágica interrogaban por una visita a la Soberana: es porque me han contado- -y no sé si es El palacio, maravilloso, y la Reina, encancierto, porque todo el mundo, no sólo Matadora. Lo que deja bastante que desear es chado, tiene sus apócrifos -que en un el harén. En el reinado de Don Alfonso XIII la Corte estaba, en cambio, llena salón donde se discutía largamente el de mujeres guapas. Leticia Dúrcal lucía en caso de la Duse, Leticia Dúrcal intervino primera fila, porque a su empaque y a su para decir con un suspiro: Yo la combelleza unía, como antes dije, su inteligenprendo perfectamente... cia. Persona es máscara Todos en la vida somos actores. Lo que pasa es que la inmensa mayoría no pasamos de aficionados, extras o cómicos de la legua. Leticia Dúrcal representó admirablemente el primer papel que se le asignó en los repartos del Gran Teatro del Mundo. Ha hecho mutis, a los noventa y cinco años, y por mucho que aplaudamos no volverá a salir al escenario. Ya se han apagado las candilejas. Quizá, en una escarpia de las bambalinas, por la subitaneidad de la salida, se ha quedado enredado un jirón de sg vestido: su reUn medio publicitario único cuerdo. Pero, tras larga experiencia, no para transmisión de mensajes creo en famas postumas. Lo que hoy es eso, un pobre recuerdo, mañana será comerciales a ochenta y nada. nueve países Emilio GARCÍA GÓMEZ de la Real Academia Española