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El cine en casa LARGOMETRAJE Pajarracos y pajaritos (1966) de Pier Paolo Pasolini. Duración: Ochenta y nueve minutos. Pasolini tenía un fino sentido del humor y una vena lírico- social muy a preciable, hasta que se metió a adaptar los cuentos de Canterbury y a realizar otras revisiones de la literatura medieval y ahí se acabó casi todo. Estos pajarracos datan de 1966, cuando la fama del realizador italiano estaba aún por labrar. Pasolini nos cuenta una fábula por boca de tres personajes, el inefable campesino interpretado excepcionalmente por Totó, que representa a la sabiduría popular. Su hijo, Ninetto Davoli, la inexperiencia y las ansias de conocimiento y el cuervo, un intelectual marxista- ortodoxo ansioso de dar doctrina. Todo un hallazgo. Se trata de un filme didáctico, representativo en la obra de Pasolini, y un paseo caprichoso por las ideologías que en el mundo han sido, en el que el realizador pasa revista a la historia de Italia, desde San Francisco de Asís hasta Pablo VI, con un ingenio, una sabiduría, una clarividencia y una demagogia poco usuales. Película, por otra parte, ciertamente divertida con unos diálogos antológicos y una puesta en escena de lo más original. Pasolini juega con la alegoría y el simbolismo con la habilidad de un maestro. Quien no haya visto Pajarracos y pajaritos desconoce una dimensión de Pasolini. Aplaudamos, pues, la iniciativa televisiva de rescatar pequeñas joyas como ésta, que en su día pasaron desapercibidas por aquello de la comercialidad. Calificación: xxx. Ahí queda eso Ha llegado el momento de gritar: ¡Ahí queda eso! Es el grito nacional de las vacaciones. Se oye el correr de los cierres, se escucha el retumbar de puertas y ventanas. El país va a paralizarse como si se tratara de las gasolineras y de los pilotos de la Iberia. Pero si esos paros han levantado la protesta de los vacacionistas, nadie mueve un dedo para que no se paralicen las oficinas, los talleres, los despachos y se ralentice la televisión. La televisión también es un servicio público y, además, con cargo al contribuyente que, mire usted por donde, somos todos nosotros. Ante el toque de zafarrancho de vacaciones el ¡ahí queda eso! no significa sólo el abandono de unas actividades, sino que, en gran medida, es también el de unas responsabilidades. ¿Responsabilidades ha dicho usted? ¿Usted esta en la Luna? ¡Allí y sólo allí es donde se dan esas cosas! ¡Ahí queda eso! supone, en el resonar de Prado del Rey, que la tele se reduce a un enlatado general sin marca de fábrica. Es decir, que allí no responde nadie. Los programas han sido computados a dedo y según las necesidades de los viajeros y lo que debía de ser una ordenación se transforma en un desbarajuste. Los televidentes viciosos habrán podido comprobarlo estos días en los que se echaron, por ejemplo, tres horas de festival folklórico de los Pirineos enlazados sabiamente con cinco horas de atletismo y dos horas de hípica por cabeza en una semana. Y si eso fuera poco se coge La clave se mete en botes, uno detrás de otro, y se les alinea en batería para que el personal de guardia vaya disparándolos empezando por un tema tan apasionante como es la bohemia. Pero, por si las cosas pudieran todavía producir algún calentamiento cerebral, se echa mano de la programación del Segundo Canal y se le coloca sin discriminación en la correa de transmisión del Primero para alivio de esfuerzos y escarmiento de imaginativos. ¡Ahí queda eso! se oye resonar por todas partes. Y mientras tanto la programación parece que se hace para que sea ni vista ni escuchada en los televisores de los bares, mientras se asan las gambas a la plancha y se dialoga sobre el top- less que esta temporada lleva de cabeza- -como recordaba el otro día Lorenzo López Sancho- -a todos ios guardias municipales del litoral. Una programación para entrevista y entrescuchada; es decir, para ninguna de las dos cosas. Televisión de compromiso que no sólo desvirtúa la programación de pies a cabeza, sino que desvaloriza aquellas piezas que habían resultado ser aciertos a pesar de los pesares. ¡Ahí queda eso! es estos días un grito nacional, una especie de sálvese quien pueda que ya veremos a la vuelta. Esa actitud irrita normalmente, cuando se pretende que todo ruede bien, pero en verano parece que la irritación no sólo desaparece, sino que se fomenta la complacencia en la desbandada. Uno desconoce lo que ocurre por esos países del Primer Mundo, pero no estaría mal que nos acomodáramos a ellos para ver de, por lo menos, permanecer en el Segundo Mundo. Porque todo lo demás resulta tercermundismo galopante. Para evitar esto sólo se necesitaría un poco de orden. En la tele y en todo lo demás- -Pablo CORBALAN. Mary Pickford en una escena de Gorriones con la que se inicia el ciclo Ingenuas y perversas del cine mudo Véala si no tiene algo mejor que hacer. Vale la pena verla. Debe verla si quiere mejorar su opinión de la televisión. Hay películas que no puede uno perderse sin lamentarlo. CINE- CLUB Gorriones 1926, de William Beaudine. Noventa y dos minutos. Con este filme, de relativa calidad, aunque no exento de atractivos, rodado, para mayor gloria y lucimiento de la Novia de América Mary Pickford, la estrella que se convirtió en productora y participó en la creación de United Artists, se inicia un singular y sugestivo ciclo bajo el epígrafe general de Ingenuas y perversas del cine mudo y que estará integrado por seis filmes, en general de indudable interés, con alguna joya histórica dentro, como Amanecer de Murnau, previsto para cerrar la serie, aunque aún no están decididas las fechas de emisión. Además de las dos películas mencionadas, se proyectarán también El séptimo cielo de Frank Borzage, con la inefable Janet Gaynor; Lirios rotos de David Griffith, con la sublime Lilian Gish en una de sus mejores creaciones; Erase una vez un loco de Frank Powell, filme casi arqueológico que nos permitirá contemplar el malicioso poder de seducción de Theda Bara, y Judith of Betulia nuevamente firmado por Griffith, con la lánguida y perezosa Blanche Sweet al frente del reparto. Ciclo, pues, interesante y más que prometedor, elaborado sin duda por un fino catador cinematográfico, y que nos posibilitará el conocimiento de las madres de todas aquellas vampiresas y mujeres fatales que llenaron las pantallas del mundo veinte años después. Calificación: xx. Las tribulaciones del juez Franklin Shakespeare nos dijo adiós el pasado lunes. Para llenar su hora y su lugar. Televisión nos ofrecerá, a partir de mañana, dos nuevos programas de media hora de duración cada uno. El primero será Las tribulaciones del juez Franklin y el segundo, un musical. Las tribulaciones del juez Franklin con Tony Randall como protagonista, es una producción norteamericana que consta de veintiún episodios. Tony Randall es el juez Walter Franklin, de Filadelfia. En él y en los problemas que se le plantean, dentro y fuera de su trabajo, está basada la serie. Franklin, viudo, vive con sus dos hijos, Roberta (Bobby) de dieciocho años, y Oliver Wendell, de once, atendidos los tres por una mujer encargada de las labores de la casa. En el Palacio de Justicia, el juez cuenta con la colaboración de Jack Terwilliger y su charlatana e irónica secretaria, Miss Reubner. Tony Randall es un actor muy conocido en la pequeña pantalla norteamericana y aquí tuvimos ocasión de verle hace unos meses en la serie La extraña pareja que estuvo durante cinco años en la televisión americana. En esta serie, Randall interpretaba el papel de Félix Unger, el fotógrafo ordenado y meticuloso. Por la interpretación de este personaje recibió, en 1975, el premio Emmy al mejor actor. En Las tribulaciones del juez Franklin acompañan a Tony Randall, Barney Martin, Allyn Ann McLerie, Devon Scott, RaTony Randall, el juez Franklin, c n e l Roberts y Melendy Britt. Esta serie ha sido filmada en en una nueva serie estudios de televisión ante público. 12