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LUNES 20- 7- 81 Elegía de la tradición de España necesitaba de los anchos foros, de las acogidas múltiples. Acaso por ello sobre sus propios triunfos oratorios fue consagrándose más y más a su actividad de articulista, donde con seguridad ha alcanzado sus éxitos más puros y legítimos. Ahora que se nos ha ido podemos darnos JOSÉ MARÍA PEMAN cuenta más cabal de la dimensión de su figura. La figura de un romántico perdida en la selva celtíbera, que nunca quiso dar su brazo a torcer y que intentó, a costa de sus denodados esfuerzos, reconstruir una imagen modernizada- -valga la paradoja- -del arrastre emocional del significado histórico de la tradición española. 15 ABC beriades, junto a Pablo VI; o, simplemente, a Briviesca, con Conrado Blanco, a comer unas morcillas después de una tenida de Alforjas para la Poesía Cualquier viaje con él era gratificante, feliz y fascinador. ¡Qué orfandad la nuestra! ¿Quién nos volverá a enseñar aquello que tanto repetía de Piensa bien aunque no aciertes que en él no era un ingenioso juego de palabras, sino un nguroso código de conducta moral? ¿A quién podremos oír recitar, con la opaca cadencia de su voz hermosa, aquellas estrofas- -síntesis de la generosidad de su alma- -que repitió mil y mil veces: Cultivo una rosa blanca En mayo como en enero, Para el amigo sincero Que me da su mano franca Y para el que, cruel, me arranca El corazón con que vivo, Cardos ni ortigas cultivo. Cultivo... una rosa blanca. La rosa blanca que has cultivado para todos nosotros. ¿Qué haremos sin ti, con ella ahora? Desde tu estrella, allá arriba, reunido ya con María del Carmen, porque Dios así lo habrá querido; también con Javier, con Gonzalo y Gonzalito, enséñanos, José María, padre, abuelo, a transmitir la rosa blanca de tus virtudes a nuestros hijos y a nuestros nietos y bisnietos para que no se deshoje y se marchite en nuestras torpes manos. Pemán, mi suegro Por José Joaquín DE YSASI- YSASMENDI Hoy, que tantos hombres de las letras, del teatro o de la vida pública tomarán la pluma para glosar la gigantesca obra literaria de Pemán ¡ay, esa poesía de su primera hora, tan olvidada) y ensalzar su personalidad eminente o recordar su limpio quehacer político; hoy, que ya no le tenemos con nosotros, estas siete docenas de hijos, nietos y bisnietos de José María que tuvimos el privilegio de disfrutar de su convivencia, deberíamos también pronunciar nuestra palabra emocionada de recuerdo. Decir algo de la grandeza de su alma, de su generosidad sin límites, de su infinita tolerancia. Como el título de su novela, era mi suegro Señor de su ánimo liberal de pura cepa, sin etiqueta, por la gracia de Dios; lo era como una obligada consecuencia de su bondad innata. Creía firmemente en un pequeño manojo de cuatro o cinco verdades y trataba las demás cuestiones con esa zumba y gracejo natural que había aprendido, sin duda, en el barrio de Santa María. Tenía esa sonrisa inefable, algo picara y llena, como la de su amigo Ignacio Sánchez Mejías, de sal y de inteligencia Pemán era eso sobre todo: talento y bondad en dosis superlativas, que gratuitamente repartía a todos a cambio de nada. Jamás condenó a cosa o persona alguna. ¿Habrá alguien que se sienta o se haya sentido nunca agraviado por él? Tenía un inmenso y sutil repertorio de excusas y justificaciones para los demás: para el abusón, para el impertinente, para el crítico que se pasaba en la dosis de acíbar o para el pretencioso que permitía- -qué atrevimiento- -un desplante con él. El nunca condenaba, jamás conoció la niel y, como Kypling quería, trató por igual, con el mismo desdén, al triunfo o al fracaso. ¿Y cómo fue con los suyos? Su condescendencia era sencillamente apocalíptica y hacía filigranas para justificar nuestros egoísmos, o nuestros caprichos, o nuestras pequeneces. ¡Qué privilegio irrecuperable hemos perdido los que tuvimos el regato de compartir su vida, su pan y su mesa! ¡Su mesa, Dios mío, donde igual cabían ocho, que catorce, que veinticuatro! Todos los que querían venir, y sus novios y sus novias. Los amigos de los unos y de los otros. Si Pemán era patriarca de las Letras, lo era aún más de su casa, i Inolvidables comidas familiares, llenas de algarabía, sin protocolos, sin tabúes! En aquella larga mesa podrías de pronto encontrarte a un Cela tronando de boutades sobre la fe de los profetas; o a la bellísima Analta Gadé ensayando La viudita naviera o a Laín Entralgo; o al poeta novel de Chiclana; o, ¡gran honor! a Don Juan de Borbón, Conde de Barcelona, que, marinero en puerto gustaba de honrar así la casa de uno de sus mejores leales; o a Lucero Tena con sus castañuelas; o a Raphael y Natalia, que pedían a Pemán su padrinazgo; o a las admirables y entrañables Mari Carrillo o Conchita Montes; o a Juan Ignacio, compañero del alma de Pemán; o al agudo Luis Calvo; o a la encantadora Nati Mistral, que, en la sobremesa, nos cantaba secretamente tonadillas ingenuamente verdes, prohibidas entonces... Inolvidables recuerdos, irrepetibles tertulias, momentos felices idos para siempre. Sus hijos, sus yernos, sus nueras, sus nietos y bisnietos, todos nos disputábamos el acompañar al abuelo en la butaca de al lado, sea para el estreno de postín o para el cine de barrio. Porque él iba a todo con la misma ilusión, renacida cada día; y con idéntica feliz curiosidad y el mismo asombro disfrutaba de los fastuosos Festivales de Granada, como de las ingenuidades de las marionetas de la Tía Norica en la Alameda de Apodaca, en Cádiz. Nos peleábamos todos por el turno de los viajes, y tanto nos daba acompañarle a Elche para presenciar, por sexta o séptima vez, el Misten y comer con el alcalde como volar a la Universidad de Upsala a escuchar su conferencia sobre las lenguas hispanas; asistir a los Juegos Literarios del Mediterráneo, o a la solemne ocasión de la boda en Atenas de Don Juan Carlos y Doña Sofía, o al lago Ti-