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14 ABC bones de siglos y su inocente cordento sacrificado, a ennoblecer su limpia varonía, su lealtad sin mácula. Y la imagen de Pemán, ante la cual, conmovedoramente, aparece la figura de nuestro Rey, nunca más gallarda que acurrucada, para hacerse oír de él y para oírle, es la última que ha difundido la Prensa y que queda como penosa evidencia de su anticipado acabamiento. Nunca se sabe hasta dónde llega la piedra de la honda y la voz del escritor. Para mí tengo que El divino impaciente y lo he dicho hace poco, es una de las diez mejores piezas dramáticas que han subido al tablao en lo que va de siglo. Para mí tengo también que sus Cartas a un escéptico son un pequeño tratado magistral de las formas de Gobierno, de su accidentalidad o de su perennidad; de sus versos han enamorado la movediza memoria de muchas gentes, y que sus artículos, inútil insistir, ocupan un sitio de honor en las páginas del periodismo español. Para mí tengo también, y de eso sí que no me cabe duda alguna, que con José María Pemán desaparece uno de los hombres más buenos que me ha sido dado a conocer nunca, exento de envidias, de odios, de rencores- ¿qué sabía él de eso? cuyo lema fue Piensa bien aunque no aciertes y que vuelve a la tierra de su Cádiz natal, añoso, rico en honores, en hijos, en obras y, en esta España de caínes, sin un solo enemigo. NUMERO EXTRAORDINARIO LUNES 20- 7- 81 El romanticismo tradicionalista de Pemán Cuando el vivir trabajado y espléndido de José María Pemán comenzó a decaer, de una manera casi instintiva, entre el doloroso sentimiento de la eliminación de las ruinas, la memoria me condujo hacia un comentario magistral que escribiera Ortega y Gasset, hace ya muchos años, con motivo de la muerte de aquel impenitente romántico que fuera Mauricio Barres, uno de los verbos más encendidos de las letras francesas. Para Ortega, con la muerte de Barres se producía el hecho de la desaparición del último representante de una casta de escritores, que merced a su pluma llegaron a constituir unas potentes presencias en la sociedad de Francia. Una casta de escritores que, con todos sus defectos y virtudes, vinieron a encamar unas disformes personalidades ebrias de heroísmo e historia, entendiendo- -oído al parch -por actividad protagonista la materialización de sus sueños heroicos. Pemán llegó a representar, con el natural retraso español, con el que va de la generación de Barres a la suya, una especie de contrafigura a la ibérica de aquellos plenipoten- Por José María ALFARO ciarios de la popularidad y las ovaciones románticas. Para entender la personalidad completa de Pemán, qué fue y qué significo para una gran masa de españoles, es preciso no olvidarse de su faceta de orador, de un orador cálido y espejeante henchido de Toisón de oro de la poesía Por Conrado BLANCO José María Pemán, Toisón de oro de la poesía española, acaba de parar su corazón, que no su vuelo, en la salada claridad de su Señorita del mar, novia del aire Con él en el idioma de nuestra lengua universal deja plantado, bien plantado, en el inmenso bosque de nuestra literatura contemporánea el árbol gigantesco de su exquisitez y buen gusto, hondura de gracia fina y de fe tal y como correspondía a este insigne y esclarecido barón de nuestra raza. Más de cincuenta años en amistad entrañable, me entregaron la dimensión exacta de este español maravilloso que fue sembrando por nuestra piel de toro y por la piel de las Américas de nuestro habla, en surcos de alejandrinos, en liras sanjuaneras y en requiebro de coplas desde su adolescencia hasta la plenitud de sus ochenta y cuatro años de gloria sin que jamás fueran mermadas sus alforjas de andaluz itinerante ante el derroche generoso de su fiel y apasionado amor. Alforjas pemanianas con las flores delante... Y con las piedras detrás; para hacernos saber que este irse inclinado, día a día, hacia la tierra, era sencillamente, porque en él las rosas al fin, pesaron más. José María Pemán, para decirlo en ritmo D Annunziano, fue toda su vida como un esfuerzo de la naturaleza por convertirse en luz. Luz de esperanzas en el galán florido que con su zancada ancha salió deprisa para cumplir las jornadas de su vida, porque como buen cristiano había sentido desde niño la abrumadora nostalgia de lo infinito y más que la pausa le importaba el paso bien cumplido para acercarse a Dios. Por eso él, maestro de las mejores sabidurías, no quiso que faltara nunca en su labor el estado de gracia de la poesía con la que en el cuento, en la novela, en el ensayo y en el teatro nos fue legando infatigablemente, temporada a temporada, el doble milagro de su fecundidad y de su tiempo; a la par, que a la hora del desayuno madrugaba con el regalo de la tostada de su miel y de su ingenio, pleno del virtuosismo del más difícil todavía, en la tercera de A B C, zaguán abierto para la antología de las tres columnas que muy difícilmente se pueda superar. Jamás en él se presentó el caso imposible en la palabra y en la pluma. Y como nació con los madrigales aprendidos en los jazmineros gaditanos, junto a la estatua de Castelar, desde el aroma a las estrellas se levantaba con gracia y elocuencia, desde la breve anecdotilla a la categoría de lo trascendente como un cóndor fabuloso batiendo con alas imperiales la fuerza arrolladura del orador inimitable que siempre había en él. Como hombre, como ser humano fue hermoso ejemplo de compañerismo para la exaltación de la obra de amigos y enemigos, prodigando la alabanza sin fronteras en el gozo de a todos por igual. Su Majestad el Rey, a quien Dios guarde y ayude, supo premiar en la última cuesta de su cansancio el alivio de la justicia con la más alta condecoración. Ha hecho muy bien porque tardará muchos años a nacer, si es que nace un monárquico tan puro, y tan hondamente convencido de que sólo fa dinastía puede velar el código y las armas para el bien y la salud de nuestra querida España. Gracias, José María, por tu ejemplo. Y como para hablar de todo lo tuyo necesitaríamos una y mil jornadas, digamos con el maestro Unamuno: Más de esto, otro día. dulces y cascabeleos del mediodía. La elocuencia, el torrente verbal pemaniano no era un valor añadido, sino una esencia de su idiosincrasia, de su naturaleza, más significativa de lo que pudiera adivinarse con una simple ojeada. En la proyección de la imagen de Pemán todo tiene una trabazón constitutiva. Su oratoria, plena de feracidad andaluza, empalma de modo directo con su teatro. ¿O qué otra intención que la de un animado y misional discurso encierra El Divino impaciente Rememoremos lo que fue su triunfal y agitado estrena y las intenciones y alusiones atribuidas a la obra en aquella ocasión. De golpe, ante los ojos de las gentes, aquel Pemán de quien algunos habían leído sus sazonados artículos en El Debate se convertía en el portavoz de la reacción conservadora frente a la II República, embarcada en demagogias anticlericales. La figura de Pemán fue alcanzando, a partir de ese momento, su exacta y preponderante estatura de portavoz de los sentimientos difusos de un patriotismo de invocaciones tradicionales y de una religiosidad alertada a sentirse herida en unas milenarias convicciones. Pemán recogía los viejos estandartes levantados en otras horas en defensa del Trono y el altar Pero lo hacía desembarcado de las beligerancias y mesianismos carlistas, más preocupado por dotar a la Monarquía de la Restauración con un actualizado sentido de la modernidad que de fabricarse un simple escabel político. La fundación del grupo de Acción Española tenía ese sentido, aunque acaso pudiera imputársele el exceso de concomitancias, sobre todo arguméntales, con su correlativo galo de Acción Francesa, el extentóreamente acaudillado por Daudet y Maurras. Se trataba de un movimiento de vocación intelectual y de raíces románticas donde Pemán obtenía incontables satisfacciones. Pero el poeta de la