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LUNES 20- 7- 81 libertades en que entraba el régimen nacido de la victoria militar. Sufrió inmediatamente sospechas, recelos y censuras de todo orden. Era uno más de los intelectuales nefastos como en grotesca yuxtaposición de vocablos que eran calificados por la beocia oficialista quienes cultivaban las más nobles parcelas de la libertad del espíritu. Fue destituido de la Dirección de la Academia Española que había asumido provisionalmente en la llamada zona nacional por haber elogiado en un discurso público a poco de ocuparse Madrid a José Calvo Sotelo como hombre de Estado monárquico, lo que se consideró una doctrina desviacionista que minaba la ortodoxia de los puritanos. Sus artículos y conferencias de esta etapa contienen un insistente mensaje de respeto a las tareas del pensamiento. El interés por la vertiente iberoamericana le llevó a conocer la otra orilla de nuestro mar común. Llegó a Buenos Aires con la destreza mágica de su verbo que sumaba pareceres previos por la cualidad estética de fa oración. Pero allí conoció muy a fondo la compleja realidad americana, lo que le hizo interesarse por el tema y rectificar esquemas anteriores demasiado simplificadores. Llegó después para Pemán otro ciclo en su larga y fecunda existencia. Era la de ofrecer a la Corona el activo de su servicio de tantos años como hombre de experiencia y de sereno ajenamiento de las ambiciones políticas. JOSÉ MARÍA PEMAN Asumió la difícil tarea de presidir el Consejo de Don Juan de Borbón, que era, en aquellos años, jefe de la dinastía española. Pemán quería hacer de la Institución el instrumento decisivo para encauzar el tránsito del régimen personal al Estado constitucional. Adivinó que la Monarquía no tenía en nuestro país otra viabilidad que la democrática y que en esa homologación con las restantes Monarquías europeas se hallaba el único rumbo posible. Su talante caballeroso y abierto, incapaz de caer en personalismos o en rivalidades, te dieron un protagonismo de primer orden en la puesta en marcha de la integración política de los distintos partidos y grupos que habían de formar años más tarde el espectro del arco constitucional de la Monarquía Parlamentaria. Herido por la enfermedad se retiró de la actividad directa, pero no dejó hasta el último día de seguir con apasionado interés los problemas de nuestro país. Cuando hace pocas semanas recibió el Toisón de Oro de manos del Rey Juan Carlos se cumplía en ese acto una memorable trayectoria vital. La de un español eminente que desparramó su inmenso talento en muy variados campos de la cultura nacional, pero que tuvo a través de las intermitencias políticas de medio siglo una luminosa estela de fidelidad. De él puede escribirse sin hipérbole lo que en la sepultura de don Fernán Ruiz de Castro: Aquí yace José María Pemán: Toda la lealtad de España 13 ABC Duelo por José María Pemán Por Joaquín CALVO- SOTELO De la Real Academia Española Nunca podían considerarse terminados los estrenos de Pemán mientras no asomaba su autor por uno de los bastidores, como inmantado por los contrarios, andando de puntillas, con la corbata de lazo pulcramente dibujada, el brazo diríase que en cabestrillo, hasta que la primera actriz le tomaba del suyo y lo encaraba con la luz de las candilejas y la sombra de los espectadores. Solía entonces mirar a ambos lados de la sala repleta, con aire de consultador, al igual de los toreros en trance de triunfo cuando piden paso a cada tendido para coronar la vuelta al ruedo; aplanar los aplausos, levemente, con las dos manos, al modo que se acarician las rebeldes cabelleras infantiles, y pronunciar unas frases que, si pasaban por las inevitables muletillas de la gratitud encendida a los intérpretes y al director y al empresario, tenían una especial ingeniosidad guardada, un garabato de gracia, en ligadura con la tesis de la comedia o con la psicología de sus personajes principales. Nunca podían considerarse tampoco terminados los almuerzos en honor del agasajado de turno- -político, dramaturgo, poeta, novelista- -sin que José María Pemán se levantase el último, después de haberse consumido las rondas de cuantos le precedían, para añadir algo siempre inédito, algo que no les había pasado por las mientes decir a los que ya habían hecho el elogio del personaje en candelera. Esta pequeña calderilla oratoria del estreno y del banquete era eso, solamente calderilla, moneda fraccionaria de las grandes conferencias que José María Pemán en su época de plenitud había dado ante todos los auditorios de habla hispana- -americanos y españoles- sugestionados por su casi milagrosa capacidad para liberarse de las erratas prosódicas y por la flora de los grandes períodos, de las frases caudalosas: piedra de toque de todos los oradores que en el mundo han sido y que tan escandalosamente contrastan con los tartamudeantes tribunos al uso. En ese orden, José María Pemán, un poco ya a trasmano de su época, rizó el rizo del virtuosismo, declinó de diversas y jugosas maneras innumerables temas literarios y sociológicos, y en las provincianas capillas de los juegos florales, adornadas de claveles y de sedas, ante la temblorosa doncellez de jas reinas de una noche y la papada conmovida de sus madres, cantó docenas de veces las glorias de la fe, del amor y de la Patria, tal como mandan los cánones, pero, proclamémoslo, con elocuencia: esa elocuencia a la que se le ha rebanado el cuello, pero que sigue siendo una figura retórica de primer orden instalada por derecho propio, pese a las modas, en los cánones de la preceptiva. Como la mayor maldad de la vejez no es la caducidad de las aptitudes juveniles, sino su cruel caricatura, aquel último brote castelarino- -a Pemán le complacía saber que procedía de la misma cuna geográfica que don Emilio- -estaba reducido en los últimos tiempos a un silabear penoso, casi inaudible, y era una invitación a la ascesis escucharle articulando trabajosamente sus ideas, siempre lúcido hasta el último día, y verse uno simple y trabajoso, entristecido de sus comentarios, mientras evocaba la sala de Solís, de Montevideo, uno de los más grandes teatros de América, lleno a rebosar, premiándole con ovaciones clamorosas, como a un divo, ya que algo había en él de gran tenor, con la misma capacidad de subyugación musical de los cantantes, a la que Toscanini, presente en unas de sus conferencias, aludiría admirado. Hablo de esta faceta de José María Pemán porque es la única que de modo definitivo extingue su muerte, pero lo cierto es que era lo bastante rico en ellas como para que no por la exaltación de ésta palidezcan las otras: la del articulista, la del ensayista, la del dramaturgo, todas engastadas en un platino genuino, la poesía. La poesía, sí, era su cantera y de ella manaban sus diferentes frutos, germinados con una generosidad y una exuberancia difícilmente igualable hasta un país como el nuestro, en el que por diversas causas, no siempre románticas, la fecundidad es la nota distintiva del hombre de pluma. El orador, sí, ése ha enmudecido; pero circunscribiéndonos ahora a otras de sus tareas predilectas, ahí quedan para reclamar su puesto en las antologías más exigentes, centenares, millares de artículos: plegados unos a la actualidad rigurosa, como una verónica alegre; apuntados otros a problemas más distantes y profundos; pero escritos todos con una sencillez luminosa, con una claridad diamantina, con una rapajolera y secreta gracia, que le hizo acreedor al principado que Manuel Halcón le confirió en virtud de los decretos absolutistas- -ampliamente acatados- -de su Juan Palomo. Para leer y evaluar esos artículos será preciso siempre que les acompañe la fecha en que se publicaron. Porque eran tiempos en los cuales, no ya las audacias, las simples licencias estaban muy recortadas, y el lápiz del censor, siempre romo y tosco, aunque paradójicamente afilado, acechaba como un lobo maligno en las galeradas cualquier desliz, cualquier juego, cualquier equívoco malicioso, para truncarlo. En esto José María Pemán batió todos los récords: consiguió unas mezlcas sensacionales de elogios y de críticas, de plácemes y vetos. No sólo, reconozcámoslo, por sus habilidades profesionales, sino también por su autoridad bien ganada. José María Pemán supo, como Cocteau, hasta dónde se podía ir demasiado lejos, pero aun así la torpe tachadura inutilizó muchas de sus cuartillas, unas veces dejando el artículo inservible; otras, con aquel adjetivo o aquella alusión o aquella cita mutilada. El lector avispado notaba algo extraño, un salto sin justificación, un silencio: como cuando el chello o el oboe no entran a tiempo. Eran las dos o las tres líneas caídas cuyo hueco cubrían las que precedían o seguían al concepto tenido por vitando. Fueron las páginas de ABC- -la famosa tercera -su tribuna principal, la más sonora, y fue con frecuencia la de los jueves la que solía recoger su firma. Me parece sospechar que a la eterna vanidad de Pemán le halagaba enlazar su colaboración con su presencia en la Academia, que celebra esos días sus reuniones y en cuya antesala cosechaba los plácemes de quienes le habían leído horas antes. Pero la verdad es que éstos, aun siendo cualificados; eran una pequeña parte de los que reclutaba a diestro y siniestro. Porque José María Pemán fue el escritor por antonomasia durante muchas de I05 años de la posguerra ante la masa media de los españoles, minusvaluado, como es norma invariable, por la intelligentzia a causa de su filiación política, pero saboreador de las mieles de la popularidad como ninguno. Algo más tarde del título de príncipe, aunque en milagrosa sincronía con sus postreras horas, llegó el Toisón (Se Oro, con sus esla-