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I MM I II I Hi 5lo rJa de ia gente ros (como lo seria para un m u c h a c h o de hoy 6l convertirse de un golpe en futbolista de primera división, sheriff del Oeste y astronauta todo en una pieza) para montar un caballo vistosamente engualdrapado y correr a s i tuarse unto a un p o r o en un puente o en un cruce de caminos y no dejar pasar a n i n g ú n otro cabalfero sin e n tablar antes un combate y obligar al vencido, si aspiraba a perdón, a p r o clamar la s u p e r i o n d a d de la dama del vencedor sobre todas fas demás, que no llegaban ni de lejos a igualar su belleza y honestidad. Y esto sucedía aunque el caballero n o tuviera n i n g u n a dama a fa que servir, ni indicios de tenerla por el m o mento. ¿O u é n o m b r e p o n g o en esíe c e r h ficado de la excelsitud de vuestra d a m a -p r e g u n t a b a el caballero vencido c u a n d o se le exigía tal d o c u mento. -D e j a d l o en blanco. Prefiero e s c r i bir yo mismo su n o m b r e adorado- d e cia el caballero vencedor aunque, además de no conocer a n i n g u n a dama, t a m p o c o supiera escribir En los b o s q u e s- h a b í a m u c h o s bosques, siempre c o n uno o v a n o s c a b a lleros c r u z á n d o l o s en distintas direcc i o n e s- era c o m e n t e que dos c a m peones se enzarzaran en un pequeño lance sólo p o r q u e si, para hacer tiempo para entretenerse, para justificar su p r e s e n c i a e n el m u n d o En estas peleas margmales moría con frecuencia algún caballero, pero para eso estaban. Los supervivientes seguían su c a m i n o para llegar a t i e m p o de participar en cualquiera de las abundantes justas o torneos que se celebraban a q u i y allá, e n c u e n t r o s deportivos d o n d e los caballeros adquirían lama y riqueza o el derecho a un decoroso entierro, en su caso. Al llegar ia n o c h e el caballero a n dante se refugiaba en un castillo, un convento, una c h o z a una cueva o j u n t o a un árbol. A veces, en c o m p e n s a c i ó n a sus fatigas, se e n c o n t r a b a n con una mu er amable, una leñadora, la hija de un hostelero, la mujer de un príncipe o una bruja de i n c ó g n i t o AdefTiás de IPS e e iiCIQ 3 níitural s, el calíallero tenía que enfrentarse con tos sobrenaturales genios, hechiceros, brujas y monstruos vanados que no cesaban de hostigarle; de m o d o que, aparte las artes marciales, era conveniente ser experto en artes mágicas, para n o c o n f u d i r una hechicería con un simple fenómeno atmosférico, un e n c a n t a m i e n t o con un a c o n t e c i miento festivo o a una bruja maligna c o n una encantadora señora en cuyos brazos reposar de tantas fatigosas peripecias. 151 BOSQUE MÉpievAL C t UW ELLA ÉHCANTAÜA INCLUÍ LOS DOMINGOS DE ABC