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DOMINGO 28- 6- 81 en el de la líamada generación del 27 sólo ha servido para entorpecer ta lectura individual- -la única válida- -de algunos escritores- -pocos- -de verdadera importancia. En cuanto a la Antología de García- Hortelano tengo entendido que Valente la considera una aportación cálida y simpática, pero no estrictamente crítica. Por lo que se refiere al despegue de esos raros y asombrosos movimientos que usted cita sería de desear que despegaran pronto y sin demasiado combustible para el regreso. ¿Qué tiene que ver su poesía dentro del contexto de la poesía española de posguerra y qué con ta poesía europea? -Yo creo que a esta pregunta tendría que contestar la entidad que usted ha llamado al comienzo de nuestra conversación la crítica en caso de haberla. Tengo para mí que Valente escribe por un hábito adquirido en su temprana adolescencia, que es cuando se adquieren los hábitos peores. Lo que de ello se derive no me parece que sea cuenta suya. -Valente, cuando escribe, ¿tiene en cuenta la tradición española o considera que su obra debe hacerse fuera de cualquier pauta? La única forma real de lo que usted llamaba integración in situ es el enraizamiento profundo de la tradición. Sobre todo en un país como el nuestro, donde los tradicionalistas siempre han estado a punto de paralizar la tradición. Esperemos que no lo hayan conseguido. EN LO POÉTICO, NO IMPORTA LA VOZ SINO EL TONO- -El hecho de que Valente, además de poeta sea un teórico de la poesía, como demuestra Las palabras de la tribu ¿le supone mayor consciencia y mayor exigencia de su obra a la hora de la creación? -La teoría no es más que una contemplación de lo que la experiencia poética adelanta. Es ésta- -y no a la inversa- -la que impone a la escritura teórica un contenido y un rigor. En el comienzo de su carrera poética no faltaron opiniones que juzgaron a Valente como poeta limpio, riguroso, pero de poca voz. ¿Cómo ha conseguida remontar esta situación? -Esto de la voz me preocupa. Si Valente ha levantado la voz estoy seguro de que hará lo posible por remediarlo. Nada le parecería más grosero que imponerse abusando de un volumen de voz. Por mi parte, también me atrevería a precisar ahora que, en lo poético, la voz no consiste tanto en el volumen como en el tono. -Otra cosa que choca en Valente es su forma quintaesenciada y trabajada, con respecto al contenido moral de su poesía inconformista... -La única forma real de inconformismo es el rigor. Entre el rigor, el inconformismo, la ironía, el distanciamiento y muchas otras cosas se ha pronunciado este poeta, o este hombre, o ese señor que por medio de la palabra escrita daba opiniones, manifestaba ideas o descubría pequeños demonios de José Ángel Valente. Hay tantos intermediarios invisibles en sus respuestas que casi resulta difícil adivinar cuándo habla el poeta, cuándo habla el hombre, cuándo el alma sensible extrañada de su entorno o cuándo el personaje engolado y autosuficiente, que se enrabia ante la opinión molesta v se crece en su ironía. Había una última pregunta, en la que yo pedía saber en qué trabajaba ahora el poeta. Valente, su alter ego el otro amigo o el poeta ciego de su infancia han respondido así: En todo y en nada. Ahora mismo trato de comprender un pequeño ensayo de Leopardr titulado Elogio de los pájaros y esto me distrae, por fortuna, de todo proyecto personal. -Pilar TRENAS. CULTURA Y SOCIEDAD A B C 27 Siete días Maguen A la búsqueda del Juan Ramón olvidado En la blanca maravilla de Moguer- -apagadas ya las protestas legítimas de los moguereños- -se ha clausurado el I Congreso Internacional Juanramoniano con una discreción que a nosotros- -al fin y al cabo devotos perdidos del loco, loco, loco de Juan Ramón- -nos ha parecido excesiva. No sabemos las sorpresas que el centenario puede reservar todavía, pero las pasadas jornadas saben a poco y no porque, al menos, despidan un perfume de violetas. Juan Ramón Jiménez ciega con su luminosidad, y todo recuerdo que no traspase la estampa del Tagore moguereño nos parecerá insuficiente y pírrico. Uno ya sabe que los dos centenares de iniciados congregados en La Rábida han sido conscientes de lo que hacían: dilucidar, esclarecer y honrar a quien, según Waldo Frank, era la inteligencia más profunda de la Europa contemporánea. Pero España debe conmoverse más, sacudirse su sensibilidad colectiva, para terminar con sus históricos olvidos juanramonianos, Nuestro poeta, además de ser amigo de un burrillo trotón, de peludas orejas, llamado Platero y de referir siempre su vida a un pino de Fuentepiña, es un andaluz universal y no por gracia de una frase pretenciosa. Si alguna cosa ha quedado vista para sentencia en Huelva ha sido que Juan Ramón era un maestro para españoles y americanos. Un poeta excelso. V, fundamentalmente, un genial prosista... No quisiéramos que en este importante Congreso haya muerto un poeta para dar su vida a un prosista- -en definitiva, en Juan Ramón Jiménez las dos cosas son una y la misma- -porque tanto el poeta como el prosista necesitan todavía añosluz para ser enteramente estudiados y esclarecidos. Pero si el tirón último del prosista- -que ya el adivino Dámaso Alonso llamaba genial antes de 1936- -contribuye a rescatarlo de los lingüistas y de los encantadores del IBM, presentando otra gara de la luna, habrá que aceptarlo felizmente. La figura de Juan Ramón, el hombre Juan Ramón está sujeta a un cliché arisco e irritante. Son cosas de su cercanía humana. Pero su obra no tiene por qué contagiarse de esa emoción. A Juan Ramón Jiménez hay que acercarse con algo más germinante que pura reverencia. El fervor ya lo ponen los lectores de Platero y yo y Jardines lejanos los adolescentes soñadores y las muchachas románticas. Hay que cerner con cuidado lo que pertenece a un humor coyuntural o a un juicio intuitivo. Del poeta de Moguer se tiene un daguerrotipo que bascula entre la torre de marfil y el solitario neurótico, que habla para sí mismo. O todo lo más, para las cañas y el viento que, pese a su solipsismo, saludó a tiempo la aparición de Pedro Salinas con su libro Presagios o los primeros poemas de Miguel Hernández o xel Marinero en tierra de Alberti. Y antes de la guerra, en la guerra y después de la guerra, puntual corresponsal de los poetas jóvenes. Juan Ramón fue- -ésa es la triste y dramática verdad que, en ocasiones, se calla- -maestro de los poetas, pero no el maestro de discípulos. La tragedia que la obra del imenso poeta arrastra está alentada por un problema generacional: el desvío que ante su figura y su poesía padeció por parte de la generación del 27. No le perdonaron determinados desahogos coloquiales. Y quienes se han declarado la generación de la amistad suspendieron su ejercicio cerca de nuestro insigne moguereño. América, mal que nos pese, fue para Juan Ramón una tierra de promisión en la que su destierro- -tan duro como el que más- -no perdió nunca su condición de aventura. Y de aventura espiritual, enormemente ennquecedora. Allí, la aparición de Juan Ramón- -y por ahí andan unas palabras de Gabriela Mistral que lo prueban- -fue considerada como un milagro. Y un milagro fue para su trayectoria vital y poética. En la distancia, el poeta de Estío encontró a su dios de su Moguer de niño, deseante y deseado. Y la lejanía atizó su imaginación hasta lo visionario, sin que por eso dejase de ver lo real. Buena razón tenían los promotores de este Congreso para concentrar sus estudios y ponencias en el último Juan Ramón en la definitiva etapa americana. La lejanía espoleaba sus sentidos y la exactitud y la transparencia de su lirismo- -tanto da en la poesía como en la prosa poética- -se logró sólo en colaboración con la ausencia. Juan Ramón Jiménez viajó al paraíso americano- -desde Riverdale a Río Piedras, desde México a Estados Unidos, etc. -acompañado de Zenobia, convertida en la Beatriz de Dante. Y hay que reconocer que sólo en el paraíso americano alcanzó la gloria. Si ganó el premio Nobel fue porque la Universidad de Maryland lo propuso. Y eso es un trauma que España arrastra por dentro. Y la paraliza a la hora de poner en alto una obra que Juan Ramón quería imperecedera: Sobre mi cuerpo muerto, mi obra, obra viva dijo en más de una ocasión. E imperecederos son, alejados ya de sus primeros borradores silvestres tanto sus poemarios Romances de Coral Gables Animal de fondo y luego Dios deseado y deseante como Españoles de tres mundos Olvidos de Granada y tantas páginas mágicas y esenciales. Juan Ramón Jiménez dota a la prosa castellana de una expresividad hasta él desconocida. Es el rey de un universo estilístico exento, sin bridas sintácticas, de enorme libertad estructural, en el que encuentra la virginidad de la palabra, sin mancharla ni mediatizarla. Tarea de Tántalos, pero con la compensación de alcanzar el don de los dioses. Y Juan Ramón- -la exactitud bien vale un poco de retórica- -lo era. Y sus rayos siguen alumbrándonos. -Florencio MARTÍNEZ RUIZ.