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En tristeza Por Manuel MONZÓN UANTAS veces suele decirse que alguien está en horas bajas y I más bien deberíamos decir horas indefensas! ¿Cómo es posible que en este país nuestro se persiga la singularidad, la brillantez y la autenticidad hasta el exterminio del individuo que tiene la desgracia de haber sido adornado con algún talento? ¡Cómo deja esa actitud de indefenso a quien la padece! Es enorme la amargura que produce la incomprensión y el confundir lealtad con adulación. Siempre estamos olvidando que los aduladores son peores que los cuervos; éstos se ceban en el cuerpo de los muertos, aquéllos lo hacen sobre el alma de los vivos, pero son los que trepan por la cucaña mientras los bienintencionados, ingenuos y leales se estrellan con su bagaje de verdad contra el muro de la marginación. Es duro una y otra vez guarecerse en la indefensión y regresar tundido a la noche de la soledad. Es triste tener que retornar de continuo a apuntalar la amistad de los que se alejaron sin piedad. Es ridículo que la implacabilidad se reserve para los leales. Constituye un terrible esfuerzo, tras sentirse cargado de cansancio, apoyarse en los recuerdos para seguir cumpliendo con el deber y marchar de nuevo hacia la alegría y la paz. ¡En qué pocos lugares se huele a paz ¡En qué pocos momentos nos dejan sentir alegría! La amargura de la calumnia, la incomprensión, la mentira y la denostación nos envuelve hasta asfixiarnos. Llegamos a contemplarnos como pececillos recién pescados por quienes no tienen otra obsesión que utilizarnos. Sí, la jerarquía de valores es muy distinta, pero agobia que aquellos que tienen en el vértice el amor no sean entendidos por nadie. Probablemente se les margina porque nadie les teme. No son peligrosos porque de su soledad, su noche y sus sueños sacan siempre fuerzas para ser cada día renovadas Aves Fénix de la lealtad y la fidelidad. ¿Es justo tratarlos así? ¿Es medianamente racional empujarlos cada día hacia ese odio que se afirma está a un paso del amor? Quizá sí lo sea por que aquellos que llevan sus deberes grabados a fuego en sus corazones es posible que estén a un paso del odio, pero jamás cruzarán la raya. Se limitan a quedarse empantanados en la fangosa corriente de la tristeza, pero... ¿por qué, Señor, por qué? El amor es algo que no crece y decrece como la luna; permanece inalterable como las estrellas. Quienes se aprovechan de aquellos que ponen su corazón en cuanto hacen están colocando en clave de tristeza a los mejores. Y es malo que esos mejores hayan de sentirse siempre ruiseñores en tierra de gorriones. ¿Por qué hemos de v vir en la falsedad de solicitar siempre ¡c i I 1 I i r I í lealtad- -que tan incómoda resulta cuando de verdad lo es- -para inmediatamente rechazar y marginar a quienes con fidelidad discrepan o formulan opiniones distintas a las nuestras? Lealtad es sostener nuestras propias opiniones ante cualquier superior, con honestidad y aunque no. gusten. Ello con independencia de que en el momento en que ese superior adopta una decisión, por muy contraria que sea a lo que pensamos, estemos obligados a servirla. El confundir leales con incondicionales lleva a muchas personas responsables al error sistemático y a la indeseable permanencia en la campana de cristal alejada e insonorizada respecto de aquellos a quienes se manda o gobierna o dirige. Simultáneamente cada vez están más nutridas las filas de los mejores en la hosquedad y la tristeza Nada desmoraliza tanto como servir, cumplir cualquier función o misión con amor, sin contrapartida de afecto, respaldo y hasta ternura. Que ningún hombre se disminuye por mostrar y demostrar ternura hacia aquellos que dedican sus vidas a valores superiores a través del mando, la Dirección o el gobierno. Estos hombres hoscos y tristes son tachados con ligereza de antipáticos e incómodos, lo que desemboca en que el éxito se asiente en la mediocridad aduladora. ¡Qué pena! Corazones gastados, lágrimas malcomidas, miradas en creciente de opacidad en tantos hombres magníficos que sólo quisieron servir sin formar en los cuadros de los aduladores y fueron tachados de ensoberbecidos ambiciosos. ¡Qué ironía! Entre ellos volvieron a lamerse las heridas de la incomprensión a sus sombras dignas los más débiles y quedaron oscilando en el vértigo del resintimiento los más fuertes. Sin embargo, siempre son recuperables. Sus lágrimas hacia dentro cristalizan pronto y tras ser rocío de sus soledades silenciosas sólo desean volver a adornar la rosa de la ilusión y volver a ser cuenta del collar de la eficacia. Olvidarlos sí constituye un pecado de soberbia cuando no una muestra de miserable vanidad. Si las horas indefensas se prolongan son muchos los mejores que se hacen definitivamente amigos de la oscuridad, relajándose ya de continuo en las utopías irrealizables y de algún modo meciéndose en la muerte de la eficacia Es intolerable que estos paneles de ilusión- -aunque pueda ser antipática e incómoda- -cuantas veces intenten reabrir sus ojos sólo encuentren de nuevo la visión opaca del llanto en frustración. Si necesitamos a tantos como se automarginan en la opulencia de sus privilegios o sus posibilidades privadas, ¿qué decir de estos eficaces que jamás alcanzaron privilegio alguno porque sus vidas se consumieron al servicio de su patria y de los demás, con una honrada ambición siempre inferior a lo que dieron? Demasiados son los útiles y eficaces cercados por el olvido. Legión aquellos que nacieron para ser llama y languidecen con sólo quejidos rodeando su desvanecer. Abatidos en el suelo, con la mente perdida y el alma ardiendo, lamiéndose las heridas que perturban sus corazones e impotentes ante, la llaga inevitable del abandono. Febriles esperan siempre que haya más comprensión para su afán- de servir pero... ¿a quién? ¿Quién quiere la honestidad de la dedicación auténtica? ¿Quién desea en verdad la autenticidad que tan frecuentemente se reclama? Al final todo se resume en la confrontación de los que aman contra los que se aman sólo a sí mismos, a sus ambiciones romas y, a lo sumo, a su entorno egoísta. Estos últimos son los que, implacables, contemplan, indiferentes, útiles soledades vestidas de sudores y húmedas de rocío, que besan la intimidad confusa y la vigilia siempre esperanzada de los leales condenados Azotados por la vida van perdiendo fuerza al sentir la erosión de sus sueños e ideales cuando, como piedra caliza, se revelan con su existencia que quisiera ser homenaje a la eficacia. Sus restos olvidados aun en vida sí serán útiles pese a quien pese y de su osamenta a la vez muerta y vivq saldrá la esperanza de mañana. Reflexione quien deba y no dejemos a esos mejores errar solitarios y mascullar su abandono. ¡Qué feo es el resentimiento, pero qué lógico Señor! Los que desean alcanzar, tocar con la mano, la belleza de su ideal, la eficacia de la tarea bien hecha; los que ansian ir al encuentro y retener lo mejor para su patria y para sus gentes no deben ser colocados en situación de decir: ya no quiero que me llaméis, os busqué hace demasiado tiempo, golpeé vuestras puertas y ahora venís tarde... muy tarde. Deben, aún deben, construir realidades para todos y no abandonarse al triste ensueño de levantar rascacielos de utopía en el infinito de su soledad. Ellos son los vasallos fieles, los esperanzados sin esperanza, los ilusionados sin ilusión, los trabajadores callados, los que nunca piden y siempre dan, los que aman aunque no ame nadie, los que saben respetar su capacidad de amar por encima de todo. Ellos son, en suma, los insobornables leales a sí mismos, los que nunca se lamentan, los que no saben pedir, los que siempre atemorizan porque exigen eficacia allí donde estén, los temidos por su honestidad, los marginados por su piel de acero sin renunciar a su corazón de rosa. Aquellos que todos vapulean por creerlos duros cuando son los únicos capaces de ternura. Í A B C es independiente en su linea de pensamiento y no acepta necesariamente como suyas las ideas vertidas en los artículos firmados