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SÁBADO 23- 5- 81 ESPECTÁCULOS A 6 C 55 Crítica de teatro Gran montaje barroco de La cena del Rey Baltasar de Calderón Alicante: I Ciclo Teatro y Universidad ELCHE (V. P. Ch. corresponsal) Ha echado a andar el I Ciclo sobre Teatro y Universidad, que organizan conjuntamente la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Alicante y el conjunto teatral La Carátula, de Elche. La primera conferencia ha corrido a cargo de Manuel Ángel Conejero, director del Instituto Shakespeare (Valencia) quien habló en torno a la labor del centro, cuyos integrantes tienen como misión primordial traducir fielmente la obra del dramaturgo universal, que da nombre a la entidad. I FESTIVAL DE TEATRO DE PALMA. La citada agrupación escénica ilicitana representará a la región valenciana en el I Festival de Teatro de Palma, al que aportará la obra en valenciano de Rodolf Sirera, El veri del teatre El veneno del teatro pieza dirigida por Antonio González, y en la que intervienen dos solos actores masculinos. Las representaciones tienen lugar en la sala magna del Auditorio de Palma de Mallorca, por el que desfilarán elencos de Galicia, Castilla, Andalucía, País Vasco, Reino de Valencia, Cataluña, Asturias y Baleares. José María Rodero, Charo Soriano, Juan Ribo y Alfonso Goda Título: La cena del Rey Baltasar Auto sacramental de don Pedro Calderón de ia Barca. Dirección: José Tamayo. Vestuario: Víctor María Cortezo, Pablo Gago y Juan Antonio Cidrón. Música: Maestros Falla, Parada y MorenoBuendía. Organista: Luis Ellzalde. Dirección musical: José Antonio Torres. Coreografía: W ¡lliam Arroyo. Intérpretes: José María Rodero, Juan Rlbó, Alfonso Goda, Marisa de Leza, Amparo Pamplona, Charo Soriano, Francisco Grijalvo. Coro de la Agrupación Lírica de Madrid. Ballet Clásico. Montaje en la iglesia de San Francisco. Al fin un acto calderoniano en este conjunto de cosas para conmemorar el tercer centenario de la muerte de Calderón, de las que sólo ha destacado hasta ahora el montaje por José Luis Alonso de la comedia El galán fantasma en el teatro Español. José Tamayo, el Tamayo de siempre, con su enorme sentido de una forma de plasticidad escénica, ha puesto bajo el patrocinio del Ministerio de Cultura el auto sacramental La cena del Rey Baltasar en la capilla mayor de San Francisco el Grande. Gran escenario religioso y madrileño. La iglesia de San Francisco el Grande, que la tradición quiere que esté donde en principios del siglo XIII el propio San Francisco de Asís fundó una pequeña ermita y una mínima choza para sus frailecicos. El templo actual, cuya situación vergonzosa, parada hace años su restauración pero mantenidos unos andamiajes que, según parece, cuestan 16.000 pesetas diarias ai Estado- -y que me perdone mi querido amigo Haro Tecglen que el crítico se meta de cuando en cuando a contable- por lo que sus pinturas y estructuras sufren permanente deterioro y gravísimos peligros de total destrucción, que los sucesivos Gobiernos no remedian por complicaciones burocráticas intolerables, es del siglo XVIII y, aunque el proyecto inicial fue del franciscano Francisco Cabezas, la obra es más bien del arquitecto Sabatini. Su enorme cúpula, en grave peligro, una de las más grandes del mundo después de la de San Pedro de Roma, tiene 33 metros de diámetro y es de una admirable proporción y hermosura. Tamayo utiliza como escenario la fastuosa capilla mayor flanqueada por los barrocos pulpitos de mármol que talló Nicoli y en el final de apoteosis, plenamente calderoniano, aunque no previsto por Calderón, descubre el grandioso tabernáculo diseñado por Cachavera y fundido en bronce en Lyon y las aparatosas pinturas que exornan el altivo frontis flanqueado de columnas. En rigor, el público está integrado, inmerso en el auto sacramental tanto por las procedencia del sonido como por la instalación en el coro, en cuyo fondo Martínez Cubells pintó la imposición de las llagas al mínimo y dulce Francisco de Asís, alma de querube, varón celestial desde el que actúa el numeroso y brillante coro de la Agrupación Musical y se hace sonar un Tamtum Ergo final que subraya ta lección eucarística y empavorecedora del poeta. Se sabe que el auto fue representado en 1634 y para el espectador de hoy necesita algunas puntualizaciones temporales. Lutero define su doctrina en 1530. España, frente a la que será considerada herejía luterana y protestante, emplea dieciocho años, los que median entre 1545 y 1546 en edificar en el Concilio de Trente la que será doctrina de la Reforma Católica: la Contrarreforma. El siglo escaso que media entre el final del Concilio y el estreno de este auto es un período de disputa teológica, de conflictos armados por motivos en que lo político y lo religioso se entremezclan. Hay que entender, pues, éste y los otros autos sacramentales de Calderón como una forma de lo que ahora llamaríamos teatro engagé teatro comprometido. La cena del Rey Baltasar es un sermón, un alegato eucarístico aleccionador e intimidador. Se dirige a un pueblo que combate por la doctrina católica y al que hay que enardecer, edificar, atemorizar, entusiasmar. Si estas circunstancias no son tenidas en cuenta, gran parte de la fuerza espectacular y teatral del auto se desvanece. Tal y como lo monta José Tamayo, recupera todos los valores de una exaltación de la liturgia, de lo que el barroco significa, según algunos intérpretes, como arte de la Contrarreforma La espectacularidad final, cuando cae el enorme velo blanco sobre el que aparecen, y eso es muy semejante a las apariencias de que tanto gustaba Calderón, imágenes que sustituyen alegóricamente a decorados, y aparece el grandioso barroquismo del altar y del templo en sí mismo, da como resultante una apoteosis que aniquila el propio final del texto y hace resplandecer lo que yace en su fondo: la espectacularidad, la grandiosidad, la aparatosa fuerza de la Iglesia en el siglo XVII, cuando todavía España es un Imperio, aunque ya ha iniciado su decadencia. Los análisis críticos de La cena del Rey Baltasar son numerosos. Resumirlos o replantearlos exigiría muchas páginas. Tamayo ha utilizado los fastuosos, los barrocos y bellos figurines de Cortezo, que fue un extraordinario hombre de la plástica escénica y les ha añadido otros, más modernos, que aparecen en escenas, como la del sueño de Baltasar, para añadirle significados oníricos y alegóricos. Quizá esos son los momentos más débiles en que no se consigue el empaste del ballet cuya calidad es insuficiente, con la dramaturgia de Calderón. Pero este auto pide ser representado así: de un modo grandilocuente. Y así lo está. José María Rodero dice su papel con robusta entonación, con equilibrio valioso entre la significación y elVerso. Componen bien, en bellos figurines, Marisa de Leza, La Idolatría y Amparo Pamplona, felizmente recuperada, La Vanidad pues salvo Baltasar y Daniel todos los personajes son alegóricos, con estudiada rigidez alegórica de ademanes. Alfonso Goda luce una voz poderosa, tronante, un ritmo solemne, en- un Daniel con excesiva y leonina melena blanca. Ribo sirve al gracioso, que esta vez es El Pensamiento mejor habría que entenderlo como La Imaginación que es loca, en traje de bufón, y como no sabe cortar el verso, descompone un tanto en el conjunto. Charo Soriano, en un bello figurín y un adecuado maquillaje, hace una Muerte espléndida y dice las difíciles octavas en rimas agudas, que tan poco le gustaban a Menéndez Pelayo, con el dramatismo que exigen. Grijalvo, en estatua de a pie, no de a caballo, como Calderón la quería, amonesta con precisión en su secuencia final. Los figurantes, la liturgia, el movimiento de grupos está regido con el sentido de la ceremonia y la espectacularidad que caracterizan el arte de Tamayo. El todo es una composición barroca importante, como para admirar a las multitudes, aunque ya queden muy lejos este verso, estas situaciones y esta grandiosa dramaturgia calderoniana, de la mentalidad y las opiniones de nuestro revuelto tiempo. Tres siglos no pasan en vano. Ni aun para Calderón. -Lorenzo LÓPEZ SANCHO.