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DUARTE, LOS TROVADORES DE BOSTON Y ANGELES GASSET N España existe un solo Duarte, al que todos conocen, y que por extraño que parezca no necesita recurrir a sus apellidos familiares para ser identificado. Se trata del gran señor del Madrid de los Austrias, del artista polifacético y sensible capaz de resucitar un palacio en Trujillo, rescatar de la barbarie cierto órgano maravilloso del siglo XVII revestido de maderas estofadas, convertir en rincón de belleza la modesta carbonería de Conde de Xíquena, o descubrir a los pescadores mediterráneos aquellas especies gratas al paladar refinado Generoso y alegre, con sus eses atropelladas de portugués de solera, Duarte- Pinto Coelho invita a un grupo de amigos a su casa de la calle de Don Pedro, esquina a la de Mancebos, en un domingo ennoblecido por el fin de semana que devuelve a la Corte su sosiego y a los barrios tradicionales el eco olvidado de las pisadas. La reunión de Duarte tiene un propósito. Festejar a dos parejas de jóvenes americanos, unidas por la música y el amor tres de sus miembros del trío Live Oak- -Nancy Knowles, flauta, viola, voz de soprano; John Fleagle, corneta, rabel, voz de tenor; Frank Wallace, vihuela, laúd, voz de bajo- -dedicados a la búsqueda o interpretación de canciones medievales que nacieron en Provenza, pasaron a Cataluña y Aragón, se remansaron en Castilla y Galicia y murieron en Portugal La historia artística del uve Oak tiene su origen en la común vocación y el deseo de conocer, a fondo, el cancionero de la Corte de los Condes de Barcelona, de Alfonso II el aragonés, del castellano Juan, del otro Alfonso, llamado el de Las Cantigas de los portugueses don Dionis, y Barcellos No sólo buscaron en bibliotecas y archivos de Boston los facsímiles publicados por nuestro Consejo Superior de Investigaciones Científicas, sino que, ellos mismos, fabricaron sus instrumentos- -flautas, laúdes, cornetas- además de reproducir, también con sus manos, las viñetas de los programas Con gracejo y español excelente, aprendido en Lima, Nancy relata su llegada a Cuenca, en pleno Jueves Santo, tres días antes de la fecha prevista por los organizadores del concierto que debían interpretar en la iglesia de Arca, durante la Pascua de Resurrección. Habían volado de Boston a Madrid, habían tomado el Talgo hasta Cuenca, y habían encontrado una ciudad inmersa en el delirio de sus procesiones, las calles abarrotadas de forasteros, albergues y hoteles colmados En seguida comprendieron la locura de aparecer, en el corazón de la Semana Santa, sin tener reservado alojamiento. Sin embargo, trovadores alegres, no se desanimaron, y tras recorrer sin éxito pensiones y casas particulares volvieron a la estación, donde un componente del grupo vigilaba, resguardado de la lluvia, los bultos que contenían sus instrumentos Fue entonces cuando Nacy recurrió a su bolsa de cuero. En uno de los pliegues guardaba un papel con un nombre y unas señas, facilitados por su profesora de canto. En el papel aparecía escrito: Angeles Gasset, la calle y un número impreciso Había llegado el momento de pedir ayuda. Mientras los hombres continuaban su vigilancia, las dos mujeres treparon por los E Iglesia de San Miguel, escenario de las semanas de música religiosa de Cuenca empinadas calles que conducían a las casas colgadas. La noche descendía sobre la ciudad, la lluvia se había vuelto cruel, los cirios de los nazarenos llenaban la obscuridad de fantasmas. En el barrio alto buscaron la calle y llamaron al número indicado. Nadie respondió. Nancy se dijo que había sufrido una imprudencial confiar en un nombre sin rostro, en unas señas imprecisas que podían estar equivocadas. Miró a su alrededor y descubrió, en la casa fronteriza, un cuarto iluminado. Se dirigió a ella, y la suerte cambió. Una señora de mediana edad, cabellos grises y expresión acogedora las recibió, seguida de otra que poseía unos ojos de belleza inolvidable. -Soy Angeles Gasset y esta es mi prima Soledad, Soledad Ortega. Ante una taza de té las jóvenes relataron sus cuitas y Angeles y Soledad cruzaron sus miradas. Tenían la casa llena de amigos y, por si fuera poco, nuevos invitados, a punto de llegar, deberían dormir en el salón. Sin embargo, la conocida hospitalidad de los Ortega y Gasset se impuso y ofrecieron a los trovadores el único espacio libre de que disponían. El desván. -Vuelvan a la estación y recojan a sus maridos. No se preocupen del alojamiento. Vivirán con nosotros. Nancy ignoraba que aquel desván se hallaba abarrotado de muebles y objetos. Mientras las americanas corrían hacia la estación, las españolas iniciaban la tarea de vaciar la última planta, de buscar espacio libre para los objetos sobrantes en las viviendas vecinas, sin olvidarse de barrer y fregar los suelos, quitar el polvo, hacer las camas, trabajo que remataron con la ayuda de los invitados ya instalados, y de los que iban apareciendo. Soledad repartió fregonas, cubos, trapos, escobas Cuando los músicos volvieron, había discurrido una hora, frenada su prisa en las esquinas bloqueadas por la muchedumbre. La lluvia había calado sus ropas y les pareció un sueño el limpio y ordenado desván asomado sobre el río, las camas acogedoras, los muebles impolutos. En la Pascua de Resurrección, descansados y optimistas, ofrecieron en la iglesia de Arca su concierto, que despertó el entusiasmo de los asistentes, hasta el punto de que el insigne Odón Alonso lanzó las campanas al vuelo con sus propias manos. Ahora, en el salón de Duarte, aparecen Los Madrigalistas- -Carmen, María, Tomás, Manuel- el grupo de trovadores creado por Lola Rodríguez de Aragón. Entre el cuarteto madrileño y el trío bostoniano se trenza el diálogo universal de la música. Acaban de conocerse, pero ya les ligaba el común encuentro con el cancionero de palacio, el recogido por Alfonso de Aragón, los de Ramón de Besalú, Llaviá, Mateo Flecha y Juan del Enzina. Sin necesidad de ningún ensayo previo, las siete voces cantan las estrofas de una trova aragonesa. Aquella que habla de la tela que ciñe la cintura femenina, con la equis particular de su origen. Isabel, Isabel, perdistes la faxa. Duarte, anfitrión de siete trovadores, ha mostrado también el camino cierto de la comprensión y la convivencia. El lenguaje de la cultura. Cuando mis líneas vean la luz, Nancy, John y Frank interpretarán sus canciones en Cataluña, en la Universidad de Barcelona, en el Museo Picasso, y es posible que recuerden con gratitud a las damas de Cuenca, Angeles y Soledad, ai nuevo Dionis portugués que ahora se llama Duarte. Mercedes FÓRMICA