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EDITADO PRENSA SOCIEDAD M A D R POR ESPAÑOLA, ANÓNIMA I D FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO Í- UCA DE TENA A B C es independiente en su línea de pensamiento y no acepta necesariamente como suyas las ideas vertidas en los artículos firmados OS mitos históricos tienen casi siempre un fundamento real. Trascienden de la anécdota inicial, a veces importante en sí, hacia la perspectiva del fervor popular o de la interpretación desorbitada y gratuita de ios hechos sucedidos. En nuestro riquísimo pasado nacional tenemos un variado catálogo de personajes o de sucesos que se revistieron de ropajes fantásticos o legendarios. A ellos pertenece el pastor que aparece en el relato de la batalla de las Navas. Fue su intervención decisiva en la maniobra táctica de los ejércitos c r i s t i a n o s que hizo p o s i b l e el despliegue final y la victoria de Alfonso VIII y de sus aliados los reyes de Aragón y de Navarra. Los que describen la efemérides del pastor son testigos presenciales y protagonistas directos de la gran jomada. Todos coinciden en la narración del episodio. Cuando el Monarca castellano, acampado en sus reales tiendas en el Alto del Murada! en la tarde del 13 de julio, se encuentra de frente con un imponente desfiladero ocupado por las vanguardias del ejército almohade, lo reconoce con su Estado Mayor y comprende el enorme riesgo que supondría la acometida directa en terreno tan desventajoso. Era el paso de la Losa dominando una angosta encañada por la que discurren dos arroyos, el Navaquejigo y el Navavaca, al pie de la meseta del Castro- Ferral, castillo árabe que las tropas cristianas habían tomado al asalto esa misma tarde. El consejo de guerra vacilaba sobre el partido a tomar. O seguir adelante y jugarlo todo a una carta dudosa o retirarse del puerto del Muradal y descender al río Magaña para marchar al oeste buscando otros pasos más occidentales de la Sierra Morena hacia Andalucía. Fue entonces cuando apareció un rústico con mal aspecto y pobre vestidura, quien se identificó como pastor de aquellos solitarios parajes. Vino a decir que existía un itinerario practicable que permitiría a las tropas cristianas rodear el macizo por el cordel de las cumbres y desembocar en un viejo camino que bajaba hasta una meseta, la llamada hasta entonces cuesta del Emperador por haberla utilizado años antes Alfonso Vil. Desde ella era posible dominar el campo de aquel gigantesco anfiteatro natural de montañas, barrancos, colinas y navas. Alfonso VIII tuvo el palpito de que aquel hombre decía la verdad. Pero la prudencia le aconsejó despachar a un comando de adalides, dinamos en términos modernos, para comprobar la veracidad de la información. Fueron, pues, un puñado de caballeros dirigidos por Diego López de Haro. señor de Vizcaya, y García Romero, capitán aragonés, a reconocer el hipotético camino. Comprobaron su existencia y su viabilidad para el paso del inmenso ejército. Llegaron al cabo de un par de horas por un trayecto áspero, pedregoso y desabrido a un terreno bueno para lidiar el definitivo combate. Es la que desde entonces se llamó la Mesa del Rey Fortificaron provisional- mente la posición y volvieron presurosos a la cumbre del Muradal a comunicar la buena nueva al Rey Chico, como se llamaba popularmente a Alfonso VIII. por haber iniciado su reinado a los tres años de edad, huérfano de padre y madre. Esa información decidió los planes de la maniobra inmediata. Desde el amanecer- -era ABC el 14 de julio- -todo el formidable cuerpo del ejército de los cruzados se instaló en torno a la Mesa del Rey y levantó allí sus campamentos y tiendas. Los últimos en bajar fueron los tres Monarcas con sus escoltas y los dos arzobispos que dirigían la operación logística por aquellos senderos y aunque el camino estuviese sin camino según dice la carta del Rey Alfonso al Papa Inocencio III contándole el magno acontecimiento. Ese movimiento decidió la victoria, dos días después, en el gran enfrentamiento con la innumerable y valerosa hueste de Anasir, el Miramamofín de los almohades. El planteamiento estratégico del mando islámico hubo de ser modificado al encontrarse los ejércitos árabes con todas las tropas enemigas situadas en posición ventajosa y en lugar inesperado. El papel del pastor había sido decisivo para lograr el triunfo. Los que dirigieron la batalla hubieron de reflexionar, después de terminada la campaña, sobre ese encuentro tan providencial. Pero lo providencial nada tiene que ver con lo sobrenatural. Los relatos de los protagonistas así lo entienden y se limitan a narrar la sorprendente anécdota. Un siglo después empieza a elaborarse la leyenda de una intervención milagrosa. Primero se habla de San Isidro Labrador, que, fiel a su patronazgo, habría tomado la figura de un pastor. Otros sostenían que era seguramente el pastor un ángel en traza de labriego. Había finalmente quien suponía que se trataba de San Rafael. Se hizo cada vez más espesa y aceptada la versión de que el pastor fue una aparición sobrenatural. Sobre el tema dura la discusión hasta bien entrado el siglo XVIII- -Juan Antonio Pellicer dedicó, entre otros autores, un escrito destinado a aclarar las encontradas tesis en 1791- En cambio, Argote de Molina, en su nobiliario andaluz de 1588, y Gonzalo Fernández de Oviedo atribuyen al pastor la fundación del linaje de los Cabeza de Vaca, apellido que se le dio- -dice- -en memoria de una señal de identificación que anunció al ofrecer su sendero: una cabeza de vaca comida por los lobos en determinado lugar del trayecto. Pienso que lo más bello del episodio del pastor de las Navas es precisamente que lo fue de carne y hueso. Lo describen con minuciosidad los que lo vieron. Era pastor y conejero dice uno. Iba vestido y calzado con unas pieles de ciervo sin curtir explica el otro. Era un omne del pueblo REDACCIÓN, ADMINISTRACIÓN Y TALLERES: SERRANO, 61- MADRID L EL PASTOR DE LAS NAVAS assaz vil de vestido y de persona que avia andado de tiempo antes criando ganado en aquellas montañas et tomando conejos et liebres añade la Primera Crónica General. Cierto labrador que Dios envió de repente es la defi- nición que da el Rey de Castilla. Un hombre a modo de pastor de ovejas refiere la crónica de Tuy. Otro cronicón posterior nos precisa el nombre y los dos apellidos: Martín Halaja y Gontrán. Decían los empeñados en la interpretación milagrosa que pasada la batalla nunca más se le vio Y ése es precisamente el argumento más poderoso en favor de su sencilla condición de campesino. Sabía sin duda más de la topografía, de los rincones escondidos, de los senderos seguros, de las distancias a pie que la inmensa mayoría de los que componían los dos ejércitos. La tradicional guerrilla española, invento táctico de nuestra historia militar, ¿de dónde brotó sino de los hombres que viven del suelo, ya desde los tiempos de la dominación romana? Pastores y cazadores fueron la mitad de nuestros guerrilleros de la Independencia y de las epopeyas carlistas. Martín Halaja no era luchador, pero sabía, con su profundo y seguro instinto, guiar con rumbo firme a sesenta mil hombres por la serranía abrupta, boscosa y con suelo de guijarros, sin que se perdiese uno solo en la inverosímil operación. Me atrevo a sugerir que el Rey, noble y generoso, según se desprende de las historias, le daría una buena bolsa de maravedises de oro. Y que el pastor, con toda naturalidad, después de contemplar desde alguna segura atalaya el tremebundo y horrísono choque que duró desde el amanecer hasta la media tarde, bajo un calor de justicia y en un terreno de extensión relativamente pequeña, se volvió a recoger su hato, a lacear conejos, a atrapar alguna liebre y meditar sobre la violenta condición humana. He recorrido, hace algunas semanas, en una transparente jornada del otoño manchego- andaluz, estos caminos grávidos de nuestro pasado colectivo ayudado por los eficaces guardas de leona. Visité los muñones desgarrados del Castro- Ferral, que dieron en árabe su nombre a la batalla- -Hisn- elUkab- -p castillo de la cuesta. Y recorrí parte del camino del pastor que termina al pie de ¡a Mesa del Rey. La descripción exacta cartográfica del teatro de la batalla está por hacer. ¿No sería oportuno levantar un plano detallado y realizar alguna excavación, como ya propuso hace setenta años don Ambrosio Huici, que recorrió a pie estos lugares y desveló casi todos los errores? ¿Ño- sería bueno que hiciéramos alguna vez Grandes relatos nuestros sin que tuviéramos que ser colonizados televisivamente por las raíces -muy respetables- -de los otros pueblos? ¿No sería justo y conveniente que este paisaje bravio y emocional donde cayeron tantos miles se abriera a los visitantes de España y del mundo entero con una explicación popular y masiva de una de las ocasiones cimeras en que se decidió el curso de la historia de Occidente? Todos los humanos hemos conocido a lo largo de nuestra existencia algún instante como ese, en que un encuentro inesperado nos proporciona una luz o nos señala un rumbo que luego resulta importante o acaso decisivo. Es nuestro pastor de las Navas, que la mayor parte de las veces desaparece de nuestra vida cumplida la misión que influyó en nuestro destino individual. José María de AREILZA