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XII ABC SÁBADO CULTURAL 15- noviembre- 1980 De cine Aproximación al cine negro XJL ace un par de años estuve a punto de rodar una película negra titulada Perfidia Debido a lo elevado del presupuesto- -treinta y tantos millones- -hube de renunciar al proyecto, rodando Las verdes praderas que era una producción de menos coste. Ahora, cuando se publiquen estas líneas, habré comenzado a filmar una película negra, El Crack viendo así realizada una de las mayores ilusiones de mi vida. Siempre he sido un amante del cine de género y, en particular, del cine negro americano. Aun así he de confesar que nunca he sabido definir con exactitud este tipo de películas. Sé que El Halcón Maltes Gilda The Big Sleep La jungla de asfalto Laura Forajidos La dama de Shanghai El cartero llama dos veces La ciudad desnuda son cine negro, desde luego. Pero los límites del género se me escapan. Es negro un thríUer, y ún filme policiaco, y una película de detectives, y una obra de misterio, incluso una comedia musical. Pero también un western puede serlo- Johnny Guitar -o una película de cárceles- La evasión Para mí- -y, repito, no se trata de definir- -el cine negro es una emoción. Un sentimiento. Un mundo de imágenes donde mitología y realidad se mezclan de forma asombrosa. A pesar de que los puntos de partida casi siempre son realistas, poco a poco un ambiguo onirismo. que viene de no se sabe bien qué ambiente, se apodera del timón. Así, lo negro se hace poético, extraño, lejano, sensual, mágico, indefinible. Al terminar los títulos de crédito, en las buenas películas negras abundan los tipos solitarios, secos, desilusionados; o quizá sea más apropiado decir los tipos que nunca han tenido la necesidad de vivir de con ilusiones. Las mujeres de las películas negras no sólo son devoradoras de hombres muñecas lascivas etcétera, sino que, seguramente, son las mujeres más solitarias que nos ha brindado el cine. Mujeres sin hijos, sin familia, frustradas conquistadoras de la ciudad, que cenan solas en su habitación al- Por José Luis GARCI quilada escuchando por radio los ritmos sudamericanos que Cugat interpreta desde la terraza del Waldorf, o cenan solas en un cuartucho trasero del local donde venden cigarrillos, las medías un poco descosidas, y en la bandeja que se cuelgan del cuello además del Phillips Morris o del Chesterfield hay un par de papelitos con unos teléfonos; o cenan solas, igualmente, en el lujoso ático de Park Avenue que el rico protector les ha comprado y que ha puesto no a su nombre y sí al de cualquiera de sus lugartenientes. Mujeres y hombres que, aun inmersos, en un sistema social duro, viven de acuerdo a una ética propia. Etica que, por ejemplo, los (Pasa a la página XUU De televisión Lo gubernamental, lo público y lo privado t Sta vez hemos batido todos los récords de especulaciones. La desorganización de aquella gran casa de Prado del Rey es cíclica; los maltratados- -por unos y por otros- -profesionales del medio ya estamos familiarizados con ese cambio de despacho, de jefatura, de competencia, de denominación y, sobre todo, con ese trasiego de amiguetes que lleva consigo cada renovación de director general. Pero esta vez ha sido, es, distinto: el país nos contempla, el Congreso nos avala, el remedio de todos los males es inminente. No quiero ser pesimista, pero de verdad ¿hay quién se lo crea? Bueno, en principio son muchos meses ya durante los que proliferan las comidas en torno a aquel grupo político, estos especialistas parlamentarios y algunos e intercambiables candidatos a director general. Conozco a más de un posible repescado por compañeros del colegio que le explican, cómo debe funcionar la televisión o sutilmente puenteado con la más sana intención de colaborar en la formación del próximo equipo. De verdad, ¿nunca conseguiremos hacer nada por nosotros mismos? ¿nunca se podrá, en este país, dejar de apelar a aquellos bocadillos de calamares que comíamos juntos en el SEU o frente al SEU? pero, ¿no quedamos en que ésto había cambiado? Pues no; creo que no. Los indicios y las comidas me temo que son las de siempre. Y esto me hace reflexionar, una vez más también, sobre el eterno dilema: televisión pública vérsus televisión privada. Para un realizador, obligado por razón de su oficio a la materialización de sus ideas, sus teorías y sus imaginaciones, esto es, obligado a situar en el terreno de lo concretó cualquier cuestión por muy abstracta que se manifieste en su origen, la televisión ideal es la que le garantice una total libertad de expresión, un mayor horizonte a la experimentación formal y creativa en un marco de programación determinado por los intereses y las necesidades reales del espectador. No por los intereses y necesidades de quien decide lo que se programa, bien sea el Gobierno, los anunciantes, las multinacionales, los grupos de presión o ese tipo de profesional que tan bien conocemos aquí, que desde una plataforma desconocida Utiliza el apelativo de profesional como un arma arrojadiza que los libera de cualquier responsabilidad frente al imperativo de unos manejados paneles de audiencia. Un creador, un realizador de televisión o un simple ciudadano con dos dedos de frente tiene derecho a pensar que, por muy invisible que sea el concepto de libertad, no es lo mismo la liBertad de expresión que la libertad de lucro, y que el ejercicio práctico de la segunda de las libertades no garantiza necesariamente el disfrute de la primera. Quiero decir con esto que si una televisión privada se monta exclusivamente con fines comerciales, como si se hace para proyectar los intereses económicos, políticos y ideológicos o confesionales de sus propietarios, el creador tropezará inevitablemente con unos límites a su libertad de expresión- -libertad a la que obviamente y en mi caso no estoy dispuesta a renunciar- -y, desde luego, en el caso de la televisión comercial, con unos límites considerables a sus legítimos propósitos de experimentación formal. ¿Entonces? ¿No hay nada mejor inventado que la televisión pública? Bueno, pues no son esos los síntomas, y cada vez menos. Pero creo que los ciudadanos de este país, todos los ciudadanos de este país, tienen derecho a vivir la experiencia de una televisión pública que realmente lo sea. No puedo por menos que lamentar Por Pilar MIRO una vez más que jamás hayamos tenido una televisión estatal y sí una televisión gubernamental o, peor aún, un instrumento compulsivo, desinformador, desmovilizador y en la mayoría de las veces entontecedor al servicio privado- -con el dinero público- -de un grupo encaramado en el Poder. Si la voluntad política no traiciona el espíritu legal que alienta el Estatuto, el tan traído y llevado Estatuto de Radio y Televisión, que cualquier día de estos nos pilla desprevenidos y se pone en marcha, todo es posible... Si no se ponen obstáculos, zancadillas y muros- -quiero decir más todavía- -a esa nueva televisión que todos esperamos Si el Poder no es mezquino y cicatero con una televisión sometida a un control institucional, a un control social y con vocación de libertad, de tolerancia, de pluralidad, de veracidad, de racionalidad y de diálogo. pues podremos dar por bien empleadas las comidas de estos últimos nueve meses e incluso habrá que pensarse si ha llegado el momento de recordarle a aquel compañero de Facultad que si no comías, bocadillos de calamares era porque ya, desde entonces, te preocupaba mucho más el lenguaje de la imagen.