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15 noviembre- 1980 SABAQQ CULTURAL ABC XI De arte Elegía en forma de barro Por Salvador JIMÉNEZ E ran cuarenta y dos, casi un ejército movilizado para la paz, samaritario y abastecedor. Ahora, apenas si llegan a contarse con los dedos de una sola mano. Un lento adiós es el que pronuncia la cerámica popular en toda España. Y ahora nos acaban de decir que uno más de los menguados supervivientes, de los enamorados en el ¿rato del barro, un artesano más, ha tenido que decirle adiós a su 1 pequeña fábrica de hermosura a su táller de esa teresiana alegría que anida en los cacharros. En Priego, un pueblo alto y tímido, señoreado por su cestería y su cerámica, un alfarero para el pedal apaga el fuego. Son muchas- las lumbres que ya no encenderán las mejillas del puchero, el pecho de los cántaros. Será mucha la arcilla que ya no alcanzará la distinción y la sobria elegacia de unas formas sencillas, nobles y familiares. Como homenaje a lo que fue toda una larga vida, reflexiva y afanosa, exigente en el esmerado cuido de las formas, se ofrece por el JBjBqW 6 HNQe una exposición de la artesanía tradicional, un resto del naufragio que azota Priego. Bebederos para el ansia del pájaro, aguardienteras del camino, botijos de gajos o de verano, casi litúrgicas trompetillas de Semana Santa, caloríferos, regaderas, cantarillas, mieleras, explican una larga existencia del hombre; son como señales casi melancólicas de un tiempo y de otro modo de entender la vida. La decoración es escasa, como la austeridad que preside las costumbres del pueblo. Sólo en la zona superior de las piezas, como si se coronara una ascensión, aparecen unas líneas onduladas, unas espirales que alternan con simplificadas palmas en una franja horizontal, como el descanso. El óxido de hierro trae un recado, a través del almazarrón de lo que fue distintivo de la cerámica ibérica. Es como una delicada y diluida señal de antigua sangre, un arrebol en la timidez y en la inocencia del barro. Ahí están los cántaros dispuestos a colmar toda la sed del hombre y de la casa. Los había, antes, hasta de catorce litros. Eran el aljibe comunal y solícito, el salmo del agua. Pero ya esa y otras mecesidades del hombre tienen otras propuestas; Ya no se acude a socorrer la necesidad con formas que, a la vez que útiles, sean en sí mismas bellas, portado- duaÁ. P i ¿e ¡yi (p uxluccijSn antigua) La exposición Jtin su sala de Moratín, 42, el equipo ADOBE ofrece una reducida pero expresiva muestra de la artesanía de Priego, con una serie de piezas que reúne la última obra de uno de los artesanos del pueblo que acaba de decirle adiós i su tarea de toda la vida. Es una valiosa introducción al gusto por las formas tradicionales y, cómo dice el programa, una dolorosa obligación la que se impone el equipo animador. Lo primero, porque supone registrar la pérdida de un artesano; lo segundo, por lo que tiene de reconocimiento de una existencia consagrada a la artesanía. Esta exposición, como las anteriores sobre el legado artesano de Canarias y Zamora, de Avila, Segovia y Guadalajara, de tantos lugares con superviviente artesanía, avisa del peligro de extinción que las amenaza y sirve para reclutar nuevas devociones hacia la creación popular de los artesanos españoles, esos supervivientes. ras también del alimento para el espíritu. La artesanía popular española está en peligro de muerte y, contrariamente a lo de los carteles avisadores, hay que decir, animar y casi gritar: tocar, tocar, hay que tocarla, cogerla entre las manos, salvarla del descuido, hacerle un sitio entre nosotros. Ha sido un grande, numeroso, repleto retablo de gracia y espontaneidad, de respeto para la lección, del tiempo, de arte anónimo y noble que ahora está en trance de quedarse en mera reliquia, en anacrónica forma, en tótem del olvido. El artesano trabajaba el barro con el mismo esmero y solicitud que si tuviera en sus manos el material más delicado y valioso. Quizá tocar el barro, moldearle y darle forma, responda a bíblicos anhelos de creación. No es la cotización de los materiales lo que da categoría a una obra, sino la gracia. que en ella reside, el amor con que la trató el artista y el talento que le prodigó. Sensibles a esa emoción qué transmitían los viejos cacharros, los artesanos han continuado en una profesión de fidelidad, en una asombrosa faena anónima, como en los viejos romances, con total ausencia de vanidad personal, sabiéndose consagrados por la propia tarea a la que se entregaban y por el respeto popular de sus convecinos y del pueblo. En las viejas formas estaban resucitadas muchas cosas. Toda una cultura ha prestigiado la cerámica. Y Picasso, que todo lo adivinaba, fue al encuentro de ¡a cerámica y metió sus manos en el barro para que no perdieran el contacto directo y casi sensual con la vida, con la tierra. De barro soy aunque Miguel me llame, dice nuestro poeta de Orihuela. De barro son estas bellezas, más delicadas a veces que ninguna porcelana, con honesti, dad resplandeciente, como una muchacha joven y hermosa. Pero ya no hay aceite que meter en ninguna alcuza y el plástico insufrible y demoledor ha vulgarizado sus poderes, poniendo tristeza en la cocina y angustia en la sensibilidad. Quizá sea irremediable. Tal vez tampoco sea un acierto la imitación y falseamiento de viejos modelos a que se dedica una industria que cree así satisfacer á los superficiales turistas. En el pecado del olvido de! barro llevamos. la penitencia del plástico. La artesanía tradicional de Priego nos trae, de la mano de Adobe, su grito y su aviso. Quizá no podamos ya salvarla. Pero al menos que quede, como una elegía, el reconocimiento por lo mucho que ese arte popular nos dio y aun, contra toda esperanza, la ilusión por que no se nos muera del todo.