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MARTES 11- 11- 80 LA FIESTA NACIONAL A B C 55 A los casi cien años de edad Ha muerto la madre de Manolete CÓRDOBA (Efe) Con motivo del fallecimiento de la madre de Manolete, ocurrido ayer tarde, se recuerda que el chalé de la avenida de Cervantes, donde ha muerto doña Angustias Sánchez, fue adquirido por el torero cordobés, en 1942, a la familia Cruz Conde. Dicho chalé fue propiedad del escritor y periodista José Ortega Munilla, padre del filósofo José Ortega y Gasset. El señor Ortega Munilla pasaba largas temporadas en Córdoba y desde aquí llevaba una sección del diario madrileño El Liberal que titulaba Desde mi cortijo Tal cortijo era precisamente este chalé de la avenida de Cervantes, que adquirió con el tiempo Manolete, y que en los tiempos en que lo habitó Ortega Munilla se encontraba en las afueras de la ciudad. Más tarde fue adquirido por la familia Cruz Conde, y en esa época, en 1925, fue visitado por el Rey Alfonso XIII. Según ha podido saber Efe, de fuentes familiares, el cadáver de Angustias Sánchez recibirá sepultura en el mismo mausoleo de su hijo, es decir, que los restos de Manolete serán exhumados e incorporados al ataúd que guarda el cadáver de su madre. En noviembre de 1947 el Ayuntamiento de Córdoba acordó ceder a los familiares de Manolete terrenos para que construyesen un panteón en el cementerio de Nuestra Señora de la Salud, mausoleo que fue construido por el escultor valenciano Amadeo Ruiz Olmos. Posteriormente, en abril de 1970, el Ayuntamiento adoptó, con carácter de urgencia, el acuerdo de ampliar el anterior en el sentido de que también pueda ser enterrada en dicho panteón Angustias Sánchez, madre del genial torero cordobés DATOS BIOGRÁFICOS Angustias Sánchez Martínez era hija de una modesta familia. Nació en Albacete, y su padre, funcionario de ferrocarriles, fue trasladado a Córdoba. Contaba ella entonces cinco años de edad. Cuando contaba veintidós años contrajo matrimonio con el torero cordobés Rafael Molina Martínez Lagartijo Chico El enlace se celebró el 25 de marzo de 1903, en la parroquia de San Andrés, y como padrinos actuaron el famoso Rafael Guerra Bejarano Guerrita y su esposa, doña Dolores Sánchez Molina. Del matrimonio nacieron dos hijas- -Dolores y Angustias- -y un hijo, que falleció a temprana edad. Lagartijo Chico víctima de una enfermedad entonces incurable, falleció el 8 de abril de 1910, y el 3 de noviembre de 1912 Angustias Sánchez contraía segundas nupcias con otro torero cordobés, Manuel Rodríguez Sánchez Manolete Este matrimonio se efectuó en la iglesia de la barriada cordobesa de Al- coleá, y fueron padrinos el hermano del contrayente y también torero, José Rodríguez Sánchez Bebé Chico y su esposa, Fuensanta Castillejo Rodríguez. Cuatro hijos tuvo este matrimonio: tres nembras- -Teresa, Angela y Soledad- un varón- -Manuel- que fue el que. andando el tiempo, daría fama y prestigio al apodo Manolete. El padre falleció el 4 de marzo de 1923 y el hijo, que había nacido el 4 de julio de 1917 y se bautizó el día 9 siguiente en la parroquial de San Miguel, alcanzó gran celebridad como torero, hasta su muerte en la plaza de Linares, por un toro de Miura, el 28 de agosto de 1947. Primero, como esposa, y después, como madre de torero, Angustias Sánchez na sido el prototipo de la mujer abnegada que supo compartir con igual sometida resignación las tardes triunfales que las adversas, la gloria y el fracaso, el halago y la muerte. Angustias Sánchez, ¡qué pena, pena... Cuando ya tenía montadas las páginas de toros me comunican telefónicamente que ha muerto la madre de Manolete. Angustias Sánchez, ¡qué pena, pena... cantaba la agitanada Lola, de Jerez de la Frontera, en aquellos años finales de la década de los cuarenta. Las últimas frases de Manolete en Linares fueron para su madre, que veraneaba en San Sebastián. Angustias Sánchez había sido dos veces esposa de toreros, madre de torero, de un torero de época, discutido, polémico, singularísimo, excepcional, porque llevaba consigo el don, siempre cotizable y cotizado, en cualquier tiempo, de la personalidad, una personalidad senequista, sobria, admirable, cualquiera que sea nuestro concepto del arte de torear, que, desde luego, no coincide con los modos y maneras de Manuel Rodríguez. La madre de Manolete fue durante muchos años puesta como ejemplo del sufrimiento de las madres- -todas las madres- -de los toreros. Hubo una época en que la gente se apreiV día de memoria el nombre de la madre de los hombres que se juegan la vida en los ruedos: doña Carmen, la madre de los Bienvenida; doña Gracia, la madre de los Dominguín; doña Concha, la madre de los Vázquez; doña Cristina, la madre de Arruza; doña Consuelo, la madre de los Ordóñez; doña Pilar, la madre de Aparicio... La longevidad ie ha acompañado hasta extremos poco frecuentes en la existencia de los humanos. Ha fallecido centenaria o casi centenaria- -cuestión de unos días- entre el cariño y el respeto de los suyos y de Córdoba entera. La madre de un torero, aunque el diestro no se deje la vida en los pitones de un toro de Miura, es un ser admirable. Yo no puedo olvidar la estampa, tantas veces repetida, de doña Carmen Jiménez postrada ante el Señor del Gran Poder que tos Bienvenida tenían en te capitta particular de su casa de la caite de General Mola. Hubo tardes, en aquella década de los cuarenta, que toreaban en una misma tarde hasta cuatro de sus hijos. Doña Angustias también vivía pendiente de esa llamada telefónica, que llega como un bálsamo cuando se oye al otro lado: Mamá, sin novedad. Lo grave es cuando el apoderado o el mozo de espadas comunica antes de la hora prevista: Ya sabe usted, un achuchón, un puntazo sin importancia... vamos para Madrid, allí espera el doctor Jiménez Guinea (ahora don Máximo) y toda esa serie de frases entrecortadas que huelen de lejos a quirófano, a incertidumbre, a ese terror inmenso que produce lo desconocido... Para doña Angustias hacía muchos años- -treinta y muchos- -que se había acabado para siempre la zozobra del teléfono, la no menor preocupación de ver partir al hijo amado para la plaza sin saber si iba a volver con vida. Islero acabó con todo aquel 28 de agosto. Desde entonces vivía la aburrida paz del que sólo espera de la vida la llegada de la muerte. Manolo, su hijo, luchó por su bienestar. Muere millonada, rodeada de sus hijas, de sus nietos y bisnietos; y estoy seguro de que su último pensamiento ha sido para su hijo, aquel hombre de mirada triste y valor espartano, de impecable y serenísima torería, de hombría de bien y larga bondad. Hoy deberían encontrarse en ese inmenso misterio del trasmundo. Angustias Sánchez, ¡qué pena, pena... -Vicente ZABAÍ- A.