Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC. D O M I N G O 4 DE NOVIEMBRE DE 1979. PAG. 30. Domingo Cultural Sección a carrjo de Florencio MARTÍNEZ RUIZ CABRERA INFANTE: REENCUENTRO CON UNA HABANA PERDIDA C OMO un extraño voyeur de: mundo, parapetado tras sus gafitas y una gran pipa, Guillermo Cabrera Infante pasea éstos por España su ingenio, su humor y su ironía con el último de sus libros bajo el brazo, todo un juego de amor y de palabras, La Habana para un infante difunto o, siguiendo el juego de sus paranomasias, Cabrera Infante para una Habana difunta. En cualquier caso, La Habana está perdida definitivamente para este escritor exilado que ha cambiado la isla tropical no volvería allí nada más que en mis pesadillas por la húmeda, fría, apagada y, sin embargo, apasionante Londres soy un escritor inglés que escriba en español en la que se siente como en su casa. Allí ha escrito Cabrera Infante esta extensa novela- libro de memorias, este museo de mujeres rebosante de humor, de evocaciones al pasado y de erotismo y deslumbrante, sobre todo, por su mágica y deliciosa prosa. Los periodistas e informadores, a pesar de nuestra fama de buenos sabuesos que distinguimos a cien leguas con olfato profesional el auténtico acontecimiento de lo que no lo es, hemos picado el anzuelo como unos simpies docí- inos. Ni siguiera ha valido la previa y- cierta discreción de los más intuitivos. Ei acontecimiento, la fuerza informativa del escándalo literario terminó por arrastrar a iodos, en su turbión imparable. Una vez más, el motivo ha sido un escándalo literario que al parecer es el único que encuentra siempre vía libre para circular sin darse de bruces con el Juzgado de Guardia: la concesión del sedicente premio Keliodoró de novela, dotado con unos fantasmales diez millones que ha ocupado las páginas de la Prensa española con profusión y riqueza de detalles. Ciento ochenta y tres novelistas o bienintencionados grafófamos al menos, han participado en el show que sólo la editorial Argos- Vergara de un lado y el presidente de la Asociación Colegial, Ángel María de Lera, han juzgado como lo que era: un vulgar montaje literario, sin imaginación y sin decoro. Esta nota no trata de poner a nadie en la picota, ni siquiera de llegar hasta 1 fondo de la cuestión. Hay que esperar únicamente que los enredadores del ovillo desenreden la madeja si quieren todavía recobrar al menos una imagen de hombres de buena voluntad y procedimientos de patio de Monipodio. Con los datos en la mano, ya es posibles concluir que el premio Heliodoro de novela nunca existió, sino en la pura especulación imaginativa de sus mentores. Y no existió porque lo que se buscaba era un pretexto para lanzar el nombre de una editorial y poner en circulación a bombo y platillo un premio al que la desaforada publicidad le haría rentable. Es un hecho hasta cierto punto tolerado en los medios artísticos y literarios, el escándalo como forma de promoción y lanzamiento. Ya es sabido el juego de la Cardinale retratándose junto a un cardenal en Roma en un montaje trucado naturalmente; o el desconocido pintor dado por muerto para montarle una exposición postuma de seguro éxito. Creemos que ante este caso del premio que vino de París o que se fue a París como la cigüeña que trae y lleva niños recién nacidos la Administración española debe tomar cartas en el asunto. Y no porque la actuación de los mentores- -hay, por supuesto más de una cabeza calenturienta en el affaire -sea en exceso insólita o absolutamente grave, sino porque es inadmisible jugar con la paciencia, de los escritores. El caso del Heliodoro no tiene parangón posible con ninguno de los premios discutidos o no de la vida literaria española. Pues la picaresca tiene sus leyes inmutables. Y la primera de ellas es de que consigan convencernos con sus artes buenas o malas. En- el Club Urbis, la bomba les explotó a sus mentores en las manos, sin duda por no haber sabido guardar las formas hasta el final. Sólo se ha percibido el humo. El consuelo de que, pese a todo, la novela designada Constitución de la tierra de Claudio Bastida, pueda tener interés literario, es una cuestión al margen. Valiosas son, a no dudarlo, las novelas de otros auto- res- -algunos de ellos prestigiosos- -presentado al premio Heliodoro. Un premio, repetimos, que nunca existió porque para ello le ha faltado desde el principio Ja materia y la forma- -los diez millones, un Jurado identifícatele, el necesario escrutinio, etc. -de su sacramentación li ieraria. -D. C. La conversación con Guillermo Cabrera Infante es también un puro juego de palabras, todo un doble sentido en la cuerda floja de la sutileza y la parodia. De ahí que no resulte sorprendente que La Habana para un infante difunto esté escrito- -como dice un autor- -por alguien más que escritor, se considera comediante a quien el miedo escénico no le ha permitido hacer carrera en las tablas. Con todo, en la novela prima la evocación de las calles habaneras de los años cuarenta y cincuenta. Una ciudad ya perdida p e r o por supuesto, no más perdida p a r a Cabrera filiante q u e la de Tres tristes tigres su novela hasta ahora más célebre, y la del libro en el que ahora está trabajando Cuerpos D i v i nos llamados a s í porque son de mujer, no por una razón celestial -Lo de mi l i b r o no es exactamente nostalgia, es d e c i r Cabrera Infante toda literatura está hecha de nostalgia, pero está hecha, sobre todo, de memoria, porque ésta es la gran traductora de los recuerdos, una especie de intérprete, a veces genial y a veces equivocada. Además, la nostalgia es un término ahora peyorativo y se ha convertido en algo como una marca comercial y no es eso a lo que me refiero. Sí, en cambio, a la nostalgia como la punta del recuerdo. Por eso, La Habana para un infante difunto es la reconstrucción de una ciudad perdida a través de la memoria y, por otro lado, la busca de la mujer perdida o por encontrar. El resultado es... agridulce. El narrador- -único en el libro- -es cruel con las mujeres, se va haciendo correoso precisamente por esa búsqueda del amor perfecto en la que sufre tantos fracasos. Y la crueldad va aumentando con la que él considera su primer amor. Toda la obra- de Cabrera Infante es autobiográfica, hasta esa colección de artículos y ensayos titulada O Pero aquí parece estar más él que en otros libros anteriores. Hay coincidencias buscadas- -dice el autor- -y el narrador a veces se puede confundir conmigo. Pero, naturalmente, todas estas mujeres no responden a las mujeres de la llamada vida real y el final no puede ser autobiográfico. Lo que sí responde a la realidad es que La Habana para un infante difunto ha sido escrita por ese espíritu de libertad que encontró el escritor en la España de hace tres años y que le dio pie para comenzar el libro: Porque yo pienso en español y lo que escribo tiene que dirigirse al público español, no cubano, ni tan siquiera hispanoamericano, Claro que, como tardé tres años en escribirlo, aun trabajando todos los días, se me adelantaron algunos autores. Ocurre que todas las censuras, las de derechas y las de izquierdas, son, en último término, censuras sexuales y en Cuba, por ejemplo, es tremenda; por eso allí nunca se leerá mi libro. En cambio, aquí hay una libertad casi escandalosa y se me ha permitido decir cosas que, seguro, no las permitirán en varios países sudamericanos. Cuenta Guillermo Cabrera Infante que comenzó a hacer literatura como un simple juego; que el juego se convirtió pronto en vicio, después en neurosis y, finalmente, en profesión. Así, hasta estos momentos en que su literatura es una combinación perfecta entre juego, vicio y profesión neurótica. Pero en realidad, el juego primero de Cabrera Infante se inició después de leer retazos sueltos de un libro execrable, según el escritor, de u n autor al que se le concedió nada menos que el premio Nobel. -Tanto el libro como su autor- -no diré su nombre- -eran tan celebrados que decidí hacer una parodia seria del escritor, porque me pareció, que era tan fácil lo que hacía que caí en la trampa de emularlos. Sin embargo, según pasan los años, me resulta más difícil escribir. El oficio es mentira; hay como una especie de resistencia de la escritura que aumenta cada vez, como las ondas sónicas. Y sólo cuando se rompe esa frontera surge un acontecimiento literario, un gran escritor. A Guillermo Cabrera Infante no le duelen prendas al afirmar, por ejemplo, que Alejo Carpentier. cubano como él, es un escritor francés que escribe en español so- bre tópicos sudamericanos, que la literatura española actual le interesa más bien poco y que el manoseado boom no ha tenido una importante consecuencia literaria. Creo que no tengo nada que ver con Carpentier. Escritores cubanos son también Lezama Lima y Virgilio Pinera, que acaba de morir, y era un cuentista extraordinario y un autor dramático de primera fila, un adelantado del absurdo. Pero tampoco me parezco a él. aunque reconozca que el final de mi último libro lo escribí por un cuento verde que Pinera me contó hace casi veinte años. Con Lezama, pocos puntos en común, excepto el amor profundo por La Habana, ciudad en la que él tuvo el privilegio de nacer y tuvo la gracia de adoptarme a mí. ¿El boom Era una especie de club al que no se accedía, sino que había que haber nacido en él. Era, además, un club de bombos mutuos y políticamente yo no e s t a b a de acuerdo con sus distintos miembros. Así que la entrada para mí era tres veces imposible. Pero esto es cosa totalmente pasada, que ha dejado una especie de vacío en editores y libreros, pero sin ninguna consecuencia literaria. Ahora bien, se ha convertido en broom (escoba) y una escoba vieja siempre barre bien. Cuerpos divinos título de la próxima novela de Cabrera Infante, está escrita intermitentemente desde 1968 y tiene, ya más de seiscientas páginas, para horror de los editores, que lo tendrán en su poder más o menos dentro de año y medio. Es, de los suyos, el libro que viaja más fuera de La Habana y en el que el inglés tiene una gran importancia. Y no es por la estancia de Cabrera Infante en Inglaterra, sino porque transcurre en plena dictadura de Batista y los comienzos Fidel, estando el narrador entre un grupo de amigos que utilizaban habltualmente aquel idioma. El libro, claro, tiene mil vicisitudes y rondará las mil páginas. Pero no se pueden contemplar- -dice el escritor- -los cuerpos divinos en tres páginas. -Blanca BERASATEGUX