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TRIBUNA PUBLICA Lo fantasmal se inscribe en el absurdo, y en ese ámbito todo, por disparatado e increíble que sea, cabe. No hay nada más alejado de la realidad y la razón que el reino de la fantasmagoría. Nuestras vidas, las vidas humanas, transcurren y se desarrollan en la realidad, que es el ámbito dispuesto por Dios para nuestra existencia. Trasponer la realidad vita! (a nuestra- es dejar de existir en esa realidad. Y comenzar una existencia ulterior en otra realidad, la eterna. Si bien hay que aclarar que para Dios no existe más quo una realidad giobal por Él creada, en la que son posibles los mundos y (os hechos. Dentro de esa magna y abarcadora realidad tienen cabí da la realidad terrena- la nuestra en este mundo- -o de abajo, para entendernos, y la realidad ultrafísica o eterna- -la realidad de arriba- -por superior y final, en cuanto es la morada o ámbito definitivo- del hombre. Todo lo que se da de bofetadas por su incongruencia y desfase con la realidad pertenece ai reino dei absurdo. El objeto del absurdo es el absurdo mismo. No va más allá ni más acá de él. Por eso el absurdo carece de sentido. Por supuesto que no hay más que un camino para llegar a él, y es precisamente ei de despojar de sentido a la vida humana. A partir da este despojo ya todo da igual, ya nada es de razón ni tiene coherencia. Pero, ¿resistirá un vacío así un espíritu sensato? Yo creo que a poco sensato que se sea. el hundimiento en el absurdo no puede desembocar sino en el suicidio o la locura. Llamamos también irreal no sólo a lo fan. tasmagórico, sino a lo ideal. Pero es de todo punto erróneo identificar ambos términos. Lo ideal no niega a realidad. Lo irreal se sitúa fuera de ella. El mundo de un loco es un mundo irreal, porque en su intelecto se ha Se puede hacer litetatura como función social o como diletantismo Pero como no debe hacerse nunca es con pedantería. Los pedantes no pueden ni deben escribir. Ortega y Gasset sostenía que el hecho de hablar era, esencialmente, un quehacer en vista de las circunstancias. Con la particularidad, naturalmente, de que hay que pronunciarse por motivos razonables. Si no, esa circunstancia de hablar es un despropósito. Ahora- -decimos exactamente hoy- -se escriba demasiado en relación con el escritor. Y quien escribe, claro es, no es otro que el aficionado a escritor (éstos son los que más hablan de si mismos) Hay como un sorprendente deseo de hacerse valer, más que un deseo de escribir por necesidad de decir algo. Que es donde está la función pública del que escribe. Más que ir a buscar popularidad a ¡a literatura o al periodismo, dentro de la sociedad da masas de hoy, como quien dice casi recién alfabetizada, se debe procurar expresar afgo, enseñar y ofrecer nuevos horizontes de vida. Escribir por escribir, al buen tuntún, es caer en! a indiferencia pública. ¿Estará pasando esto? Yo, lo confieso, tampoco creo en el período anterior al de la alfabetización, en las élites intelectuales como virtud. La virtud de estas élites radicaba en una sociedad más que burguesa con separaciones culturales y sociales inmensas: la élite en sí, reducida: er grupo aífabetizado; la masa sin formación alguna: analfabeta. Masa masa, desconocedora de todos ¡os fun- 1 imperio del absurdo forjado un orden de realidad que S desfie gura el mundo. Quien alimenta un ideal no tiene por qué ser un loco, aunque haya insensatos que lo llamen así. El ideal no desprecia la realidad. La reconoce, pero trata de dignificarla y mejorarla. Y, sobre todo, está en el empeño de superponer a la realidad terr na, o ds abajo, 4 a realidad ulterior o eterna, fin último del hombre. Es decir, el ideal responde a una realidad distinta, pero en absoluto incompatible con la terrena. Al contrario, fin y justificación ds ésta. Para el no creyente el idealismo responde a una concepción mental del mundo sin asidero real, puesto que las dos únicas realidades existentes son la terrena o humana y la final o eterna. Cada realidad se corresponde con una de las dos partes integrantes de nuestro yo. La terrena, con e! cuerpo; con al espíritu, la eterna. Lo cual no está en contradicción con el hecho de que un día cuerpo y espíritu se reunirán en la realidad eterna. Tcdo aquel que se atiene y circunscribe a la realidad, además de ser un pancista neto, es un enano espiritual, un impotante. Lo cual, realmente, equivale a pancista. Por. que, ¿qué era SI buen Sancho, más que un impotente? E ¡syolime. eí poderoso, era e! ínclito señor dcyi Quijote, pese a todas las zurras que le infligieron y a todos los fiascos. ¿Que era un loco? Hay mucho que hablar scbre esto, Pero, de todos modos, si era un loco era un loco sublimado por e! ideal. Y muchas locuras asi están haciendo falta en el mundo. En cierto sentido tenia razón Unamuno. Den Quijote se emancipa de Cervantes, aunque, al final, éste quisiera echarle las riendas. Pero también es una gran verdad que Cervantes volcó al alma, toda su alma, en el Quijote. Esta España nuestra de ahora, sin locos sublimas y cen infinitos Sanchos, se tiñe por momentos con los tintes de la fantasmagoría. Ya no se la ponen bombas sólo a los vivos, también se pretende matar a los mustios. En un periódico de la tarde de Madrid se recibió hace días una llamada de teléfono en que se comunicaba que en un nicho del cementerio de San Isidro habían colocado un artefacto explosivo. El imperio del absurdo se nos viene encima. José RODRÍGUEZ CHAVES Escribir no es una casualidad damentos de la vida. Una masa todavía más absurda que a la que se le sirve el deporte o la televisión por anestesia. (La televisión no beneficia a la literatura, se le enfrenta. A mí me gusta (y vuelvo a centrarme en eí tema del escritor pendiente de él, hablando y escribiendo de él- ¿por qué ese narcisismo? referirme al sentido de la casualidad de escribir por escribir. Escritores que no lo son. Y no por lo que no digan- -sería mejor- sino por las cosas que dicen. En estos casos yo me acuerdo siempre de las matemáticas: éstas, son un poderoso medio para liberar a la humanidad de! poder de la casualidad ¿Por qué las matemáticas no prestan parte de este misterio a la literatura y al periodismo? Existen discusiones acerca de cuál debe ser el fin de la actividad literaria, o cuál es la función rea! del escritor. Yo desecho estos bizantlnismos. Frente a la postura de Nietzsche de sostener que la existencia no se A B C es independiente en su línea de pensamiento y no acepta necesariamente como suyas las ideas vertidas en los artículos firmados. puede justificar sino como fenómeno estético hay quien cree, y no sin razón, que el arte es un bien social El escritor Veniamin A. Kaverin ha dicho: La vocación es por sí misma felicidad y no puede haber nada más necio que combatirla, ahogarla Si uno no tiene vocación de escritor, ni la objetividad suficiente para alejarse de su autopropaganda, deje estar la pluma y dediqúese a otra cosa. Hay que escribir por algo más que vanidad y exhibición. El escritor debe procurar no caer dentro de cualquiera de estos vicios: nombrarse a si mismo; sentirse vanidoso porque se han llenado unas cuartillas (desde la alfabetización en genera! son muchos los que escriben) preguntarse algo así como: ¿qué os parece lo que escribo? por último, salirse de toda noción de la realidad. (El gran impresionista Monet estuvo, mientras moría su mujer, pendiente de la sucesión de los colores de su rostro, de los tonos, porque pasaba- -azul, amarillo, gris... -más que del hecho psicológico de su muerte. De su dolor. ¿Ño os parece increíble querer darle tanto al arta? Admito- -cómo no he de admitirlo- -5 o que dice en su admirable libro El defensor Pedro Salinas: Un escritor, Sépalo o no, nunca escribe para tan sólo los que conviven con él en su tiempo. La noción de actualidad, tan importante en otras cosas, es en el arte puro muy poco significante. Me reafirmo, pues, en el título de este artículo: Escribir no es una casualidad José Miguel NAVEROS 15