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A B C MIÉRCOLES, 1 DE NOVIEMBRE DE 1978. PAG. 3. ESCENAS PARLAMENTARIAS planetario Estamos a punto de tener una Constitución y nadie sabe con certeza en qué consiste, si está bien o está mal, si objetivamente, o sea, en sí misma, es conveniente o inconveniente. Como c a d a personaje político expresa una opinión, por lo general destinada a contrarrestar la expresada por otro, las gentes no saben a qué atenerse. Empieza a pasar lo mismo con la manifestación, no se sabe bien contra qué o en favor de qué, celebrada en Bilbao. Para unos es la primera expresión de la verdadera altitud del País V a s c o opuesta al terrorismo, v Para otros, no. Para unos es un triunfo del verdadero pueblo. Para otros, un fracaso. Temlmiiüs aue aceptar que el principal problema de nuestro país no es la agitación en las provincias vascas, no lo es el terrorismo, no lo son el paro o las dificultades económicas. Ni tan siquiera la tremenda ineficacia del Ministerio del Interior contra la delincuencia y los terroristas, dos fenómenos que empiezan a tenernos a todos aterrorizados. El principal problema es nuestra imposibilidad de enterarnos con exactitud y un cierto arado de uniformidad de lo que realmente sucede. Es un viejo dicho popular aue cada cual habla de la feria según le va en ella. Pascal, que no era on escritor popular, venía a afirmar lo mismo cuando decía que la verdad a este lado de los Pirineos es eJ error al otro lado. ¿A qué se debe esta especie de absurda imposibilidad de plantearnos todos, objeti v a m e n t e, sistemáticamente, los problemas nacionales? Si me atreviera diría que a aue estamos manejando una serie de estereotipos fabricados durante los últimos decenios. Seguimos pensando en rojos fascistas derechistas izquierdistas v a s c o s catalanes castellanos capitalismo comunismo y tantos otros clichés que sólo de manera parcial deformante representan fragmentos de nuestra r e a I i d a d. D i c h o con terminología más simple: Estamos sustituyendo la facilitad de pensar libremente por el uso de prejuicios Los prejuicios son, como la palabra denuncia, juicios a priori. Cada uno aplica al otro, cada grupo político aplica al que le es más próximo y también al que le es más opuesto, un prejuicio en lugar de un juicio. De este modo, hágase lo que se haga, la interpretación posterior al estar expresada en prejuicios no estará fundada en los hechos reales, sino en la idea, anterior a ellos, ene de ellos tiene ca da persona o cada grupo. No podemos escapar a esta presión de un medio social, el nuestro, sembrado de prejuicios y del conformismo de aceptarlos, como un can w sembrado de minas. Aquí hacemos como los habitantes de aquella ciudad alemana en la que había muchos judíos. Si un judío cambiaba de barrio decían: Estos tíos se cuelan en todas partes. Si seguía en su barrio comentaban: Con su espíritu de clan se mantienen unidos p a r a hacer daño. Mgo así pasa con la Constitución y con el Conigr so de U. C. D. y con la manifestación de Bilbao. Así ni averiguamos la verdad, ni nos ponemos de acuerdo ni arreglamos natía. -Lorenzo LÓPEZ SANCHO. El entusiasmo descriptible ¡Ya está aquí: la bomba! Porque uno tiene que contar con la huéspeda, y la bomba es ese personaje siniestro, es esa visita que no toca el timbre, pero que uno puede encontrársela cualquier día metida en la máquina de escribir, bajo la mesa de la Redacción, en la tribuna de Prensa, incluso en un escaño del Parlamento. ¡La bomba! Pero no era la bomba. Era el ¡no! de don Francisco Letamendía a la Constitución. Don Francisco Letamendía se vino al Congreso con aire de vasco tronante, con. gesto de niño grande enfurruñado, metido en juegos peligrosos y en juegos prohibidos, y dispuesto a soltar un ¡no! como un torpedo, como una rebelión, como un paquete de goma- 2 como un insulto. Decididamente, a don Francisco Letamendía no le gusta la Constitución, y soltó el trueno seco de un monosílabo tragicómico. Ha habido más noes. Es natural. La democracia no es la unanimidad, por mucho consenso que se le eche, o quizá por echarle demasiado. Don Federico Silva ha didho no Ya lo dijo antes, en el otro Pleno. Lo había anunciado en Zamora, que es ciudad que trae desde la Historia fama de ciudad terca, hecha al estado de sitio. Y han dicho no otros cuatro diputados de Alianza Popular: don Gonzalo Fernández de la Mora, don Alberto Jarabo, don José Martínez Emperador y don Pedro de Mendizábal. Otros tres aíiancistas se han abstenido: don Licinio de la Fuente, don Alvaro Lapuerta y don Modesto Piñeiro. En el grupo de Alianza Popular sé han producido manifestaciones para todos los gustos. Pero don Manuel Fraga ha dado de este voto vario una explicación clara y digna. Se podrá pensar que me encuentro en una posición difícil para explicar este voto diverso, ha venido a decir. Pero nunca como hoy comprendo que, ante esta Constitución, unos hayan elegido la esperanza y otros el temor o la reserva. Y el señor Fraga ha pasado lista a aquellos puntos de la Constitución que pueden plantear a los españoles algún problema de conciencia: las nacionalidades, la familia, la enseñanza. Pero cuando el señor presidente del Congreso, doa Fernando Alvarez de Miranda, ha proclamado el resultado de la Votación, nominal y pública (345 votos a favor, 6 en contra y 14 abstenciones) todos los señores diputados se han puesto en pie y han aplaudido. Bueno, todos no. El único que ha permanecido sentado, insolidario y aparte, ha sido el señor Letamendía. En los escaños de Alianza Popular a p 1 a lidian a la Constitución incluso aquellos diputados que no la habían votado. Es una manera de votar en conciencia, pero de aceptar el texto que, después de que el pueblo diga la última palabra, tiene y puede y debe servir de reglamento supremo para nuestra convivencia pacifica, para el camino de España (y no de dos o de más Españas) hacia el progreso y la justicia. Y, sobre todo, el documento d o n d e se afirma, quiera Dios y queramos todos que de una vez para siempre, nuestra perdurable libertad. Los nacionalistas vascos también lo habían dicho. Ellos se abstienen. Otra vez, como en todas las anteriores ocasiones constituyentes, los nacionalistas vascos quedara fuera de la empresa constitucional. Ese hecho es como una larga maldición que ni siquiera ha podido borrar el paso de la Historia. Es una vieja herida que no cura el tiempo. Lo ha explicado el señor Arzallus, en tono mesurado y sincero, un poco dolido, ún poco resignado. Hay en esa actitud dos concepciones diferentes del Estado. Los nacionalistas vascos se remontan a los tiempos en que España nace como unidad, como nación. Parece que el concepto liberal jacobino de nación no fuese ya un hecho histórico. Parece como si no hubiese pasado sigilo y medio desde esas querellas por unas pizcas de soberanía que los nacionalistas vascos representan en los derechos históricos de sus fueros. Cuando el señor Arzallus volvía a su escaño, quizá entre la respetuosa incomprensión- -lógica y respetuosa incomprensión- -de sus compañeros diputados de los restantes partidos, la voz de don Francisco Letamendía ha vuelto a tronar: ¡Muy mal! Mientras en 1 Congreso los representantes de los grupos parlamentarios explicaban el voto, en el Senado se celebraba una ceremonia paralela. Los senadores nacionalistas vascos se abstenían. Don Juan María Bandrés (un Letamendía con la lengua afilada en vez de la garganta tronante) decía no a la Constitución. Mosén Xirinachs Yo me siento un poco como de otro país. también votaba no junto al otro vasco, señor Bajo Fardo. Don Fidel Carazó cumplía su promesa de oponerse a la Constitución, preocupado por creencias religiosas, y decía no el almirante Gamboa. Los militares Diez- Alegría y Salas Larrazábal se abstenían. Y entre los más significados ausentes hay que nombrar al duque de Fernández- Miranda y al escritor don Julián Marías. No hablo de los síes. Los síes no son noticia, porque han sido los más. Los noes, las abstenciones y las ausencias son las peripecias constituyentes. En el Congreso, cada cual ha explicado el voto un poco a su manera. Arzallus, intentando poner raciocinio donde quizá haya más corazón y sentimiento que razón pura o razón práctica. Fraga, con citas de PerWes, -poniendo algunos peros razonables. Pujol, exponiendo una aceptación de frigorífico. Felipe González, justificando aquel lema de la ruptura Santiago Carrillo, aguando un poco la fiesta con la enunciación de los problemas concretos que esperan a los futuros Gobiernos constitucionales. Pérez- Llorca, insistiendo en el consenso con versos de Machado. Adolfo Suárez, guardándose todavía en! a manga (y es natural) la carta de si optará por el voto de investidura o por la disolución de las Cámaras. Por cierto, que esta frase ha estremecido a muchas de sus señorías, y ha puesto una especie de escalofrío en los bancos de mayorías y minorías. No ha sido una jornada triunfal. En el hemiciclo, el entusiasmo era un entusiasmo perfectamente d e s c r iptible. Hay como una especie de cansancio constituyente, y sus señorías parecían llegar de una victoria difícil y costosa, cubiertos de fajiga, ahitos de vítores. Pero los padres constituyentes ya nos han dado, al fin, la Comsittución. Aún aaites de que el pueblo la refrende, casi toldos encuentran en ella puntos reformables, motivo para nuevas batallas políticas. Tal vez si no fuera así, no habría podido ser la Constitución del consenso, la Constjtución de la concordia, 1 punto de encuentro civilizado de lo que tantas veces fue choque violento y encarnizado. Guizá hasta ese cansancio, esa e u f o r i a fatigada, esa frialdad desapasionada que ha acompañado al alumbramiento de la Constitución sea un motivo más para la esperanza. Por esta vez, el no de trucno y el estallido verbal se han quedado solos. Aleluya. -Jaime CAMPMANY.