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EDITADO SOCIEDAD M A D R POR PRENSA E S P A Ñ O L A ANÓNIMA I D FUNDADO JEN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA ABC un escenario y que sólo ganarían si el teatro de calidad emerge de las heroicas catacumbas donde vive y llega a un amplio público? ¿Por qué, de pronto, ese rigor implacable en las mismas personas que aceptan con benignidad o indiferencia que los únicos espectáculos de éxito en Lima sean astracanadas del género Me dan miedo las mujeres o detritus aún peores? Se trata de un fenómeno frecuente en países que, como el mío, tienen una vida cultural embrionaria y discontinua y en los que, por eso mismo, las vocaciones artísticas suelen deformarse, frustrarse o sobrevivir a duras penas. Los obstáculos que la pobreza del medio opone a quienes quisieran consagrar su vida a quehaceres como la música, la literatura, el teatro, la danza, las artes plásticas, a la vez que deshacen muchas vocaciones, establecen una especie de solidaridad en la inacción y en el fracaso de aquellos cuyas inquietudes se han disuelto en pura nostalgia o languidecen en esporádicos, apáticos intentos sin continuación. Son nuestros hombres de cultura fantasmas: esperanzas que envejecen siendo esperanzas, promesas que llegan a la tumba sin cristalizar. Sucumbieron ante fas dificultades- -la falta de estímulos y de apoyo, la incomprensión, la pereza- -y, sin embargo, allí están, dueños de los vacíos culturales de sus países, convertidos en símbolo de la esterilidad y REDA C C I 0 N ADMINISTRACIÓN Y T A L LE R E S SERRANO, 61- MADRID N actor argentino, arraigado en el Perú hace varios años, que se hizo enormemente popular gracias a lacrimosos novelones que protagonizaba en la televisión, decidió formar una compañía, alquilar un local y producir obras de teatro. Lo ha venido haciendo con éxito, montando al principio obras ligeras y luego más elaboradas. Ahora ha intentado algo atrevido: Oteio. Contra lo que hubiera podido esperarse, dada la magnitud del empeño, su puesta en escena de la tragedia isabelina es más que decorosa: un vistoso espectáculo, con escenografía espléndida, movimientos bien diseñados y un elenco que actúa de manera bastante discreta. No es una representación sobresaliente, pero sí un esfuerzo valioso de alguien que trata de elevar su trabajo y que pone al alcance del gran público una obra clásica que, creo, no se había montado antes en Lima. u ÓTELO Y LOS IMBUNCHES Todo haría suponer que un hecho así debería de ser bien recibido por la gente interesada en que la afición al teatro prospere y en que mejore la vida cultural peruana, que es tan pobre. Es decir, por las personas más directamente beneficiadas con ei posible aumento del público y de la actividad teatral: críticos, actores, directores. Pero no, la reacción ha sido muy distinta. Desde ataques que descendían casi al insulto personal, por un crítico escondido tras un seudónimo, hasta el ceñudo artículo del intelectual que se rasgaba las vestiduras con indignación por el crimen de lesa cultura cometido. No han faltado tampoco cartas de gente del oficio excomulgando la representación y, en las columnas de chismografía semi- ílustrada que en este país hacen ahora fas veces de páginas de cultura, las alusiones malévolas hacia el insolente capaz de querer escenificar una obra tan difícil. (Una joven ofendida se preguntaba: ¿cómo se puede montar Ótelo con un mes y medio de ensayos si Lawrence Oliver preparó durante cuatro años su montaje? ¿Por qué esa exasperación en gentes que, muchas de las cuales, no han tenido la oportunidad de ver nunca a Ótelo en CERRADURAS DE ALTA SEGURIDAD General Mola, 43. Madrid- 1. TI. 276 85 Labradores, 14. ValUdolid. Teléf. 22 35 44 ruindad de ese vacío. Pero hay algo que, de cuando en cuando, los desaletarga, los une y los desboca: la envidia. Su cólera, cuando brota, no es contra las raíces del mal aue les cortó las alas sino contra quien, por obra del azar, del talento, del esfuerzo- -o de las tres cosas juntas- -consigue romper la camisa de fuerza del subdesarrollo cultural y producir algo, hacer cosas. Esa persona se convierte entonces en el blanco de todos ios disparos, alguien a quien hay que destruir, penalizarlo (y si es posible hacerlo con argumentos culturales tanto mejor) como al verdadero enemigo de la cultura. En cierto modo es lógico que ocurra así. En un medio donde la inacción y la frustración prevalecen, el ser activo, el que tiene éxito en lo que emprende, son, en efecto, mudos acusadores de los demás, pruebas vivientes de que, a pesar de las tareas del ambiente, siempre es posible hacer algo. Lo que aquéllos no pueden perdonarles es haberlos privado de este lúgubre consuelo: nadie es un derrotado si los somos todos Se puede llamar a este fenómeno el imbunchismo cultural. El Imbunche es un personaje de la historia chilena, un ritual que practicaban ciertas tribus mapuches. Cuando nacía un niño que por su belleza destacaba demasiado sobre los demás, comunidad le cosía los párpados, los labios, la nariz, las orejas, el ano y el sexo de manera que degenerara en monstruo. Una vez desfigurado y afeado, lo reverenciaba supersticiosamente y le atribuía poderes mágicos. Algo así ocurre a diario en nuestros países. Cada acción u obra que rompe la desidia reinante produce agitación, desasosiego, solivianta a la comunidad adormecida, que, de inmediato, conspira para volver imbunche al ser excéntrico. Una vez que lo ha conseguido y éste ya es ciego entre los ciegos y sordo entre los sordos, la comunidad fraternalmente lo perdona y lo adopta. Sí, én nuestros países, a menudo uno de los mayores obstáculos para vencer el atraso cultural son los llamados hombre de cultura. tMario VARGAS LLOSA