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vj- í e. Tarde en Cuelgamuros Por Ernesto GIMÉNEZ CABALLERO UEDE tener actualidad este capítulo de mis próximas Memorias de un dictador Cierta tarde, de nieve y cielo azul, llamé a la puerta clausura! del Valle de los Caídos o Cuelgamuros. ¿El abad, el padre abad. El abad Luis María de Lojendio? ¿De parte de quién? -De un viejo amigo- -y di mt nombre con una tarjeta. El benedictino, ya de edad, me hizo pasar a una saüta confortable, en la galería del convento, tras advertirme que el padre abad estaba terminando maitines en el coro. -No tengo prisa alguna. Tras un buen rato sentí rumores y la puerta se abrió para dar paso al señor abad de Santa Cruz del Valle de los Caídos. ¡Señor abad! ¿Me permites llamarte mi querido Luis María? Hacia tiempo que no te abrazaba. Te encuentro algo achacoso. Siempre fuiste un fornido vasco. -Gracias a eso vivo todavía. Me han hecho varias operaciones. Me han sacado más de un metro de venas en esta pierna. Y prosiguió narrándome o p e r aciones troceadoras... Pero mientras me contaba esas atrocidades yo le evocaba cuando le conocí, posteriormente a su padre y sus hermanos. En plena guerra civil. Cuartel General de Salamanca, adscrito a la información diplomática de otro gran abad, sólo que a ése le denominábamos nabab José Antonio de Sangróniz, con el cual, terminado el despacho, se trasladaba en unión de Foxá (otro tragaldabas) Nicolás F r a n c o- -que tampoco pasaba hambre- al Novelty, para devorar huevos, langostinos, finísima ternera, buenos vinos por poco más de cinco pesetas. Su padre era un gran abogado donostiarra, con el que varias veces yo viajaba en compañía de mi propio padre. Le tomé gran afecto, pues siempre tenía una palabra buena sobre mí. En cuanto a los hermanos: el abogado José María lo fue de una hermana mía. Con Juan Pablo, el embajador ante Fidel Castro, le vi actuar en La Habana antes de Fidel. El más reticente, Migue 1! fue el que me flanqueó en Estrasburgo, recién inaugurado el Consejo de Europa, para pedir el ingreso de España, acompañándonos Luis Calvo. Después le vi en Chile de embajador. Y cuando le hicieron jefe de misión en París, no respondió ya a mi felicitación. Murió de repente un día en Madrid, solo, en casa. Como del corazón fallecería también el marqués de Vellisca, el anticastrista. A Luis María le encontré varias veces por Madrid con el C. E. D. I. de Otto de Ausburgo, y de director de información diplomática en el monasterio de Asuntos Exteriores, como llamaban al de Santa Cruz por Alberto Martín Artajo y, tal vez, por este Luis María, entre otros criptomonjes. Hasta que un día me enteré de P haberse hecho benedictino en este otro Santa Cruz, el del Valle de los Caídos (erigido por Franco) y pronto convertido en abad. Tras un momento de charla, de evocaciones, de ofrecerme a proyectarles mi Revelación de El Escorial donde aparece esta abadía, le expuse a lo que venía, rogándole no me tomara por un orate (y en este caso, un orate frates) -Desde mi libro Genio de España en mil novecientos treinta y dos, tengo augurado, como dictador poético que spy, la vuelta de los moros a España si triunfaba el comunismo. Y como ese triunfo quizá esté más cercano de lo que se cree en Europa, con África ya en erupción, amenazando no sólo Ceuta y Melilla, sino Canarias, Gibraltar y la misma Península atomizada en regionalismos nacionalistas, en taifas tribales, pues creo llegado el momento de venir a este valle de lágri mas, ponerme a orar ¡unto a sus tumbas heroicas y esperar que llegue Almanzor- como la otra vez a Compostela- -y me siegue la cabeza, encontrando así mi se pulcro. El padre abad se quedó un tanto estu pefacto, entre la sonrisa y el sobresalto Pero yo proseguí: -Y mientras llega tan inexorable mo mentó quisiera seguir cerca de estas tumbas, de estos legendarios muertos, como humilde evangelista o doctrinario que fui suyo... Y ahora una pregunta para mí decisiva: ¿Me podría hacer mon ¡e benedictino tuyo, el último de tus fra tícelos? El padre abad guardó silencio. -No. Pero oblato regular, sí. -No sé bien lo que es eso. Pero cuen ta conmigo. Y, entretanto, pe r mí teme venir una tarde con esas películas mías y seguir esta postulación. Cuando dejé a mi abad, atardecía. Con un a i r e helado. Y trascendente a pino, jara, roble, chopo, tomillo, mejorana y torvisco. Y comencé a evocar los juanelos de la entrada cuando, terminada nuestra guerra y antes de comenzar la mundial, asistí al emplazamiento de esta grandio sidad faraónica y escurialense, en este risco de la Nava, circunvalado por los pi cachos de Navacerrada, en la finca de ia Solana, sobre el arroyo del Guatel. Des pues torné otra vez, terminada la guerra, en el 45, con el triunfo de la democracia rusoamerícana, para proponer a Franco (que estaba mirando planos con Fuertes de Villavicencio) el invitar a Baruch, el gran judío norteamericano (precursor en poder a Kissinger) Después, la inaugura ción. El traslado de José Antonio desde el viejo Escorial a este nuevo. Después al fin un día, al propio Franco. Pero ya no torné más en comitiva ni flámula sino solo. Para hundirme en aquella cripta de casi 300 metros. Repasar sus san tos, algunos para mí desconocidos, como San Gorgonio. Y como devoto desde niño de la Virgen Madre de Dios, repasar sus advocaciones allí. Pero, sobre todo, per derme en los paños murales del Apoca iipsis o Revelación de Patmos pues entraban sus Misterios muy dentro de mi oficio. Y en aquel hipogeo carpetano me sentaba junto a aquellos huesos cuyas al mas leyeran mis libros y mensajes. Ya no había entre los tres ni políticos, ni cortesanos, ni familiares. Desde su éter nielad se me hacían presentes y me eternizaban a mí. Inspirándome el acompa fiarles hasta el nuevo Apocalipsis que se cernía sobre España, sobre la destrucción y castigo de España. Hasta que, otra vez, combatientes sobre caballos blancos se garan las siete cabezas del dragón. Y un ángel levantara- -en alto- -la nación redimida. A B C es independiente en su linea de pensamiento y no acepta necesariamente como suyas las ideas vertidas en los artículos firmados 11