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La carrera de Dylan ha oscilado siempre entre su propia rebeldía personal y el stablishment que trataba de llevarle a sus filas situación límite: a lo largo de una gira, dentro y fuera de los escenarios, en la carretera, en los hoteles y en la inestable relación entre grandes f i guras que saben que lo son y que conviven en una constante tensión para mantener su situación en el status profesional y artístico. El talento musical y verbal de Dylan es reconocido umversalmente desde hace una docena de años. Bob Dylan ha sido considerado por algunos como el más grande poeta americano vivo. Otros preferían tenerlo como un mesías, un gurú, un líder de masas, una luz que alumbra el camino de una juventud desorientada en una sociedad adulta que tampoco parece conocer su rumbo colectivo y que por eso mismo se aferra desesperadamente a sus logros personales, con una absoluta falta de solidaridad hacia sus semejantes. Y si Dylan se había sabido expresar en sus canciones con claridad meridiana sobre cada uno de los temores de toda una generación, su primera experiencia como autor cinematográfico no podía ser de otra forma, ñenaldo y Clara es explosiva. No hay sólo ídolos, risas y canciones. Es una crónica, de una hibridez ciertamente compleja, de la música y la vida de los años 70. Igual que en Nashville de Robert Altman, pasan tantas cosas en la película que es imposible asimilarla en una sola visión. Porque es una muestra de la esencia de una cultura, la del rock and rol! que hemos tardado veinte años en absorber y que sería demasiado esquemático querer aprehender de nuevo en algo menos de cuatro horas. fenómeno cuyo origen y motivaciones no comprendían pero cuyos beneficios económicos sabían contar en dólares contantes y sonantes. Una dura lucha en la que el dinero ha ido ganando posiciones y el mundo juvenil ha ido encerrándose en unos reductos genéricos conocidos c o m o contracultura única fórmula de supervivencia que encontraron. Y Bob Dylan ha sido el máximo representante de esa contracultura ya oficializada a lo largo de estos años. Una y otra vez su carrera ha oscilado entre la rebeldía, personal y hasta sonora, y el stablishment que trataba de llevarlo a sus filas. Y ese intento ha surgido no sólo de los medios industriales, sino de todo tipo de movimientos políticos o musicales. Cuando Dylan llegó a Nueva York, en ei año 1961, tras haber formado algunos grupos en la localidad de Hibbing, donde su familia se trasladó desde su Duluth natal cuando Dylan tenía sólo seis años, los grupos folkloristas lo hicieron suyo, a modo de bandera. Era el nuevo Woody Guthrie, el nuevo espécimen puro de la canc ón americana rural y sin pulir. El genio que sacaría de la rutina y la vulgaridad a una música que se ahogaba entre un estrecho círculo de practicantes y aficionados que se creían el ombligo del mundo, pero hacia los que casi nadie quería mirar. Era e año 61 y Guthrie se mantenía en un hospital neoyorkinc luchando contra la enfermedad que acabaría por llevarlo a la t jTiba varios años después. Dylan le visitaría con regularidad y le dedicaría una canción en su primer álbum. Aunque conviene aquí decir que el primer homenaje musical de Bob Dylan en forma de canción tuvo como destinataria a Brigitte Bardot, cuando el cantante estudiaba aún en la High School de Hibbing. Pronto los círculos folk del Greenwich Village lo adoptan y traba amistad con Jack Elliot, Tom Paxton y Dave van Ronk. Pete Seeger, el gran patriarca, dice de él: Si no explota antes, será el mayor genio de la canción americana Diecisiete años después no ha explotado y ha La contracultura como fórmula de supervivencia Durante los pasados veinte años, el mundo de la música pop y toda la cultura Juvenil ha oscilado entre dos extremos. De un lado, los creadores queriendo inventar unas nuevas fórmulas de vida, de convivencia, de expresión y, en definitiva, de cultura. De otro, la industria, el dinero, queriendo sacar partido a ese Robert Alien Zimmerman, Bob Dylan, ha sido considerado por muchas personas como el mayor poeta norteamericano de ia actualidad. 34