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EDITADO SOCIEDAD D POR ANÓNIMA PRENSA E S P A Ñ O L A R I D FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUGA DE TENA ABC En seguida me di cuenta de que Chapíin (que, por cierto, no hablada el cockney de su infancia, sino un inglés muy engallado y oxoniense y estaba iubiloso antelas manifestaciones de los andenes) extremaba sus amabilidades conmigo, como si quisiera borrar su desvío de la víspera. Me preguntó por Edgar Neville, José López Rubio y Miguel Mihura, que habían sido sus amigos en Hollywood. No tengo humor ni paladar para ojear, en busca de mis escritos, la colección de ABC. Pero en ella, en el mes de abril de 1931, publicada está en varios números mi prolija conversación con Chaplin en el tren de Niza a Marsella. Cuando leí, hacia el año 60, la autobiografía de Chaplin, editada en todos los idiomas del mundo, me llevé esta sorpresa halagadora: que Chaplin me había contado el 13 de abril de 1931 todas las miserias, hambres y desventuras sufridas, en aquel sombrío y álgido East End de Londres, en los años infantiles y adolescentes, pero nunca desesperados, de su larga vida. Me había contado toda su vida y sus luchas. Muchas veces, en Londres, he recorrido, pensando en éi, las desoladas callejas oscuras que estaban enrolladas en el sudario liento de aquella niebla de David Copperfield, las callejas propincuas a Lambeth Road y Lambeth Square. Ese fue el escenario que conoció Charlie Chaplin cuando vino al mundo, al otro lado del Támesis, y al norte de Kennington. En verano salían las mujeres a la puerta de sus míseras viviendas y buscaban agua y pan. En los figones y en los tenduchos se veía a los judíos comer y comprar garbanzos; los garbanzos desconocidos en el West End. Los judíos no entraban en ios pubs de los personajes de Dickens. Chesterton decía: En Kennington se puede llamar judío a un judío. Pero no en Kensington. Porque en Kensington los judíos, ascendidos al Parlamento y a los salones de la high society se habían ganado respeto y predicamento. El respeto y el predicamento que Chaplin se ganó artísticamente en sus años triunfales de Hollywood. En nuestros días, aquellos barrios fementidos donde nació Chaplin, y que todavía acongojaban al espectador en días anteriores a la guerra mundial, son muy diferentes. Han empezado a acicalarse, a mundificarse. Charlie Chaplin fue uno de los últimos chicos dickensianos de Hard Times Luis CALVO REDACCIÓN, ADMINISTRACIÓN Y TALLERES: SERRANO, 61- MADRID UN VIAJE CON CHAPLIN L A muerte de Charlie Chaplin me retrae una fecha importante en la historia de España y un recuerdo personal indeleble. Me retrae al 12 y 13 de abril de 1931 y a la ocasión única en que me encontré, cara a cara, y conversé largamente, con uno de los hombres a quien más admiraba en aquellos años juveniles. Al hombre que nos hacía entonces felices, melancólicos y cogitabundos al mismo tiempo. La cosa fue que Charlie Chaplin Charlot deseaba visitar a España, y así lo habían dicho todos los periódicos, y a mí, que tenía entonces a mí cargo en A B C la colaboración y un suplemento diario (cine, teatro, toros, etc. se me ocurrió ir al despacho del director del periódico, que no era otro que el inolvidable y cortesano (de cortesía) Juan Ignacio Luca de Tena, y le dije que me gustaría entrevistar a Chaplin en Niza. Puesto que Chaplin venía a España... Trato hecho. Llamó Juan Ignacio a! duque de Alba, y éste me dio una carta para Chaplin, de quien era muy amigo. Sería el 9 de abril cuando hice el viaje a Niza. Con parada inevitable, y siempre gozosa, en Barcelona, donde, tenía yo buenas amistades. Amigos dé La Vanguardia como Gaziel Puig y Ferreter y Mario Verdaguer. Llegué a Niza en la tarde del 12 de abril, día de las elecciones municipales que trajeron la II República a España. En el hotel me dijeron que Mr. Chaplin estaba jugando al tenis. Esperé en el vestíbulo, y le vi entrar con su hermano Sydney y toda una cohorte obsequiosa de admiradores. Me fui a él, y le entregué la carta del duque. Jimmy y yo- -me dijo- -nos hicimos muy amigos en Hollywood. Déle usted recuerdos. Presumí súbitamente que, con estas palabras, encallaba mi entrevista. Su tono era acedo; su ceño, malhumorado. Era un hombre vivaz, chiquito, delgadito, nervioso, gesticulante. Se puso a hablar aparte con Sydney. A mí me miraba de través, con sus ojos grandes, profundos, y algo femeninos. Sus labios eran carnosos y tan judaicos como la nariz. Hizo una pirueta gentil para despedirse de todos, y tomó el ascensor. CHARLOT, CLARO L OS artículos acerca de Charlot van a ser innumerables, como los mártires de Zaragoza. Este es uno más. Asusta lo que hubiera sido de Charlot si llega a caer en manos de las Damas de San Vicente de Paúl, de las Hermanitas de los Pobres, de las señaras del ropero o de la Seguridad Social. Para empezar le hubieran quitado ei bombín; ese bombín que está pidiendo a gritos un poco de respeto Charlot se pasó la vida contando sus probabilidades con los dedos, para llegar a la conclusión de que no tenía ninguna. Es evidente que no había leído a Max Weber y que su ética era más bien franciscana que calvinista. Era más católico que protestante y más pobre que proletario. Más que obrero, más que burgués, más que un señor venido a menos, era, como ña escrito Villegas López, el hombre absoluto, sin tiempo, sin patria, sin raíces, sin destino, sin amigos, sin costumbres: el hombre universal y eterno, solo en el mundo, solo bajo las estrellas Levantándose siempre con una esperanza matinal en el corazón y acabando el día sin más ganancia que el polvo marchito de sus zapatones. Es el antihéroe por antonomasia, el fracasado nato, el tonto inútil que husmea los colores de los grandes hoteles cuando allí abren un ojo a media mañana. Este hombrecillo ridículo y torpe, este chupacharcos, este colillero, que ha pasado por la vida sin un lamento, sin una lágrima; verdadero maestro en el arte de sufrir, fue un revolucionario atroz. Sydney se acercó a mí. Perdone usted. Mi hermano y yo tenemos una comida esta noche, y mañana, a las diez, tomamos el tren para Marsella. Nos vamos en barco a Marruecos. España está muy revuelta. Ahora... si quiere usted... venga a Marsella y conversaremos en el tren. Pero le advierto que a mi hermano le enfurecen los fotógrafos. Yo no traigo fotógrafo. Mañana, a las diez, en el tren dije, Y en el salón del tren nos sentamos a las diez, camino de Marsella. Era un tren lento, que paraba en todas las estaciones. Los andenes estaban ¡leños de una muchedumbre delirante, que gritaba: ¡Vive Charlot ¡Vive Charlot Y así, en todas las estaciones. Nunca había presenciado yo tanta vehemencia en el griterío. Ni en los toros. Compramos un periódico. La República era un hecho en España. Chaplin no sabía francés el año 1931, ni Sydney tampoco, y yo les fui contado lo que había. MARTÍN INMOBILIARIA, S. A. Hocemos su viviendo en MEDINA DEL, CAMPO Av. José Antonio, 64- Madrid- I 3 Todas las reivindicaciones sindicalistas, todos tos subsidios sociales, las tómbolas de caridad y demás cruzadas en pro de los mendicantes y ateridos no pudieron someterlo. Su anarquía mansa es un motín contra el orden establecido en la ciudad, y nadie se atrevió a cerrarte seriamente el paso. Tuvo algunas oportunidades en la vida, no se puede negar esto. De haberse comportado de otra manera, qué sé yo, con más deferencia y solicitud hacia los amos, podría haber sido un hombre de provecho como tantos que conocemos. Si llega a casarse con la violetera, si hubiera aprendido algún oficio... Pero de repente Charlot se vuelve abstracto, prolonga lo absurdo y niega lo cierto. Se ha escapado otra vez de la jaula. Todo el mundo se cree que es el bueno de la película, pero en cierto sentido es el malo. Niños, no seáis de mayores como Chartot. Ahora vemos que su lección fue la de que todo es más bello si hay que morir. Pero yo os puedo jurar, niños, que con esas ideas en la cabeza no se puede llegar a subsecretario. (Charlot tuvo un hijo con ¡a violetera, Chaplin, que murió en el regazo de su padre con la dulzura que el cordero muere en el regazo del pastor. En realidad no se sabe cómo fue. CANDIDO.