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OTRA HISTORIA DE ESTAR EN BABIA LAS HORAS ALTAS U C OMO babiano que soy, a! menos por línea materna, me llevé antaño una gran alegría cuando uno de los más finos articulistas de nuestro tiempo, don José Marta Pemán y Psmartín, tuvo la ocurrencia de ofrecer una explicación- -la misma qus priva entra los eruditos leoneses- -de la rodada locución sstar en Babia Pero aquella chispeante actualización del conocido modismo como nacido de los pasatiempos, y de los pretextos, cinegéticos de los monarcas medievales iegionenses en el arcádico valle de las Baoias- -pues son tíos: la Alta y Baja- (leonesas hace mucho tiempo que me viene impulsando- -y ahora 4o consigue- -a difundir entra explicación, también ¡leonesa y creo que rigurosamente inédita, no erudita, sino popular, de nuestra difusa, y a veces maltratada, expresión. Aspira la presente explicación, pues, a poner las bases para otra historia de estar en Babia Arrinconados y cubiertos de polvo andan todavía por mis interiores desvanes ciertos recuerdos infantiles nebulosamente asociados a la rubia, céltica figura de) a abuela Rosalía. La abuela Rosalía Quirós era- una gentil babiana, de familia de hildalgos, que bajó a casar al llano, pero trayendo consigo mucho de su patria chica prendido en el corazón. Y a ella creo se deban estas juiciosas razones cordiales. La Babia fue siempre, y supongo que aún lo seguirá siendo, tierra de merinas y de pastores trashumantes. Cada otoñada, con el asomo de los primeros fríos y de las imás precoces nieves, legiones de varones babianos- -mayorales, rabadanes, pastores, zagales- -enfilaban los largos caminos de la ¡meseta rumbo a 4 a Extremadura, en busca de una mayor benignidad climática para sus ovejas. Como buenos ástures- -ástures ¡íancienses; no confundamos- y por Jo tanto celtas, tos pastores babianos trashumados sentirían a menudo la murria, o nostalgia, o saudade, típica de la raza. Y sería frecuente venios en te lejanía ensimismados, absortos, añorando, por Navidades, por Cuaresma, por Carnavales, Ja caricia da la aldea propia, del propio hogar y deJ ausente amor. Y por descontado que al hallar a cuaiquiera de ellos en tan forzosamente reiterado trance de evasión, de arrobamiento, de éxtasis, de ausencia de sus más próximas tarea y circunstancia, no haría falta ssr un Wnce para adivinar dónde estaba interiormente, con el alado (pensamiento, con la pegajosa memoria que en tantos pueblos, y en tantos hombres, es pariente de la hiedra. Sólo podía estar... en Babia, es decir, en el rincón nativo, junto a su llar y su establo, junto a aquella Penélope ¡remota de Ja que se sentiría en el alma oscuro y rústico Ulises temporero. En el lenguaje de los pastores de ¡merinas, de los babianos, de toda ia trashurnancia en general, estar en T oía acabaría significando toda suerte de abstracción, de inhibición, de atolondramiento. ¿Y qué mejor vehículo para contagiar el modismo a media España, y ¡luego a la otra media, que éste del pastoreo andante- Ya se van los pastores a la Extremadura, ya se queda la sierra triste y oscura. Ya vienen los pastores ¡por Matallana, que si no llegan hoy llegan mañana. -que, siguiendo infinito trazo I de sus cordeles cosía antaño nuestro mapa con fulo caudal de tana sin esquilar? ¿Cabe soñar para un hecho de expansión lingüística, para justificar ia geografía de una isoglosa, mejor basamento étnico que e de una gran casta de pastores q- ue se pasan los siglos, como las codornices bíbdicas o las golondrinas apócrifas, emigrando de 4 Sur a) Norte, del Norte al Sur? Si l anterior fue un estar en Babia de Reyes es el presente un estar- en Babia de vasallos. Puede que la amorosa unión tie ambos, como en un antiguo reino patriarcal, contribuya a mejor clavar ¡a flecha en ja diana de ia verdad. Manuel RABANAL ALVAREZ N tono de especial pesimismo- -malhumorado, desapacibfs- -está nublando bastante ia luz de las horas actuales: conversaciones despiadadas, irritantes tribunas abier as, ateneos agnósticos tendenciosos medios de difusión. Se ensancha, en ge neral, lo negativo- -que existe- -y se deja arrinconada la inmensa grandeza de lo positivo a veces con intención de romper la belleza, Y asi, de ssía manera, el pueblo vive desorientado y, en parte, engañado más por as curvas que por las rectas. Porque el pueblo- -bueno en esencia- -tiende a quedarse, cuando se le niega ia merienda dei alma, con los nubarrones en vez de admirar los horizontes ciaros y bonitos; horizontes que hay que saber hallar -sin necesidad de ser Juan Ramón- -con la mirada limpia, no con el resentimiento que puede proceder de un doloroso contratiempo personal en el que ss ha perdido dinero y fama. Y esta circunstancia es la que hay que saber superarla- -no transmitirla peligrosamente- asimilandu la ciencia mental de los intelectuales de buena fe, que son los preceptores de la colectividad. Teóricamente hablando. Lo mismo en economía, en humanidades que en política. Es lo que se llama saber perder. Y a elegancia de saber perder en silencio es casi metafísica. Porque así resplandecerán las horas aftas de la existencia con auténtica fuz de humildad. El poderoso lo que no debe hacer es transmitir al débil el resquemor o Ja amargura después de un fracaso. No se puede decir al pobre que la vida es mala nada más que porque el financiero ha perdido en la Bolsa. Esto supondría una indignidad cobarde. Ai pobre- -que tendría cuanto antes que dejar de ser pobre en el mundo en virtud de un riguroso equilibrio evangélico- -hay que presentarle la cara fuminos de la vida. Para que se percate de lo que es ia virtud del amor Osdiendo mucho, muchísimo, el poderoso en beneficio de quien no lo es. Al respecto es sumamente importante que desaparezcan los injustos desniveles económicos que son, en parte, los que des i ¡velan gravemente las razones y colocan en pie de guerra a las conciencias que padecen ia tristeza de las horas bajas. Horas, éstas, de las que se aprovechan los predicadores de políticas insanas. Más venciendo que convenciendo. Y lo trascendente es convencer con hechos. Para lo cual hay que entregar al necesitado de luces y de ambiente sereno el ejem- plo ds la severidad que siempre ha de ser también sinceridad. Y para ello la vida ahí está como obra de arte que no se puede destruir. No se destruye ofreciendo sabidurías escrupulosas quien tiene obligación de hacerío sin excesiva ostentación. A lo mejor, sólo con un minúsculo detalle sonriente. Los detalles insignificantes son los que definen la belleza de 4 a existencia, que es muy amplia. Esta belleza, que es grandeza del corazón, es la que tiene qus recorrer con inmensa alegría. Para que asi, todos unidos, sin discriminaciones ni pequeneces humanas, podramos encontrarnos juntos en el cántico aglutinador y bendito de las horas altas. José Luis MARTIN ABRIL C tedrático de Universidad