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diputado par la provincia de Zaragoza; Laborda- -de Tarazona- -era paisano y amigo suyo. Honorato de Castro era de Izquierda Republicana yo no le había tratado antes, pues no era corriente en aquel momento de tanta pasión política- -que era casi de odio- -que hiciéramos entonces amistad; sin embargo, aquel hombre, cuando más tarde estuve preso en la Clínica España me vino a hacer una visita; tenso el deber de recordarlo en su honor y de- decir también, por este y otros episodios, que mientras en zona roja eran feroces las bandas de asesinos- -y les crímenes más numerosos ve en la nuestra- -se conservó allí la tradición humanista en machas de las personas con situación política Importante; yo he de citar como ejemplo este caso, y los de Bugeda y Prieto, porque tengo de ello experiencia y conocimiento. Naturalmente que hubo excepciones en este plano- -monstruosas- -como Largo Caballero, la Nelken, etc. f ERMINADA la guerra, yo tuve gran interés en localizar a aquel miliciano que dijo llamarse Luis Mena, que observó conmigo el comportamiento que acabo de referir, para que me hablara honradamente, porque si no tenia la manos manchadas de sangre, me consideraba eo el deber de protegerle, ya que conduetas así no eran, desgraciadamente, frecuentes en uno ni en otro lado. Pero no se pudo dar con él Quizá muriera en et frente. de aquellos optimismos, y así lo hacía constar claramente en las discusiones, añadiendo que, a mi entender, el Gobierno estáte totalmente rebasado y no podía impedir la acometida de las hordas, si ésta se producía. Por eso hice lo que pude- -poco- -en la Dirección General de Seguridad para no ser trasladado a la Modelo sin conseguirlo. Don Melquíades se sentía seguro, no le importaba que le oyeran los vigilantes- -al contrario- -y su alma inquieta no descansaba por muchas rejas que se pusieran a su ente físico. Se pronunciaba indignado por lo ocurrido con el general Goded en Barcelona, haciendo grandes elogios de su inteligencia y de su cultura. Precisamente don Melquíades tenía designado a Goded como ministro de la Guerra en un momento en que estuvo a punto de constituirse un Gobierno reformista o de concentración liberal que él iba a presidir. En aquellas horas tremendas, atroces, protestaba del dolor y la ruina a que nos llevaban por un camino de sangre a la Patria y a la Humanidad. Y todavía- -añadía- -en esta hora, se dan la mano sobre el crimen, y asi nos presentan al mundo. Todo esto- pito- -lo decía en voz alta para que lo oyeran bien los sicarios, resaltando el gesto del Ejército nacional para salvar a España de la vergüenza y el vilipendio Yo conocí en la prisión a un Melquíades Alvarez afectuoso, cordial, muy distinto de aquel otro que, en general, para las gentes de derechas de Oviedo, era la mfamfo ma encarnación del demonio. OK Ruiz de Alda hablé especialmente de su hazaña con el Plus Ultra y me interesaron mucho las puntualizaciones y las precisiones que me expuso. Era un hombre bueno y de los que veía con más claridad nuestro oscuro destino, une afrontó con gran entereza. Con Fernando Primo de Rivera hablaba principalmente del futuro de José Antonio y la Falange era hombre de talento y conservaba una- gran serenidad; tuve la impresión de que él, hasta pocos días antes del asalto a la cárcel, conservó un cierto optimismo. Un día me enfadé con los jóvenes falangistas qué ya conocían la jerga carcelaria y se enzarzaron (desde las ventanas) era un combate de insultos con unos chorizos Consideraba yo que toda prudencia era noca ntára mantenernos libres de cualquier incidente que pudiera traemos peores conseonencias. Tuve palabras un tanto agrias con. los falangistas. Fernando Primo de Rivera permanecía callado, y colocando una mano sobre mi hombro me dijo: Hay que disculparles. Son muy Jóvenes, han recibido muchos golpes y se desahogan de esta manera. Después añadió: Estos chicos no saben lo que es la Falange sólo un poco Fernández Cuesta. Fernando Pífano de Rivera había sido el verdadero apoyo político de José Antonio. EJ caso del doctor Albiñana fue muy diferente, pero icvelador. Era diputado a Cortes, y en los primeros días del Movimiento se refugió en el Congreso, dormía allí en una habitación contigua al botiquín y se hacía llevar la comida de un bar próximo. Se sentía en su casa por ser un diputado de la ¡nación. Mas, hacia el 28 de julio se presentó en la Cámara el vicepresidente, señor Fernández Clérigo, quien en nombre del presidente Martínez Barrio le dijo que abandonara el edificio. El doctor Albiñana le hizo ver que eso era tanto como pedirte que. muriera, ya que sabía que estaba perseguido y acorralado. A esto respondió Fernández Clérigo que ellos temían un asalto al Congreso, y le exigió que se marchara. Entonces, en el mismo coche oficial del vicepresidente del Congreso, y acompañado de éste, se fue a la Cárcel Modelo no sin que recibiera promesa solemne dé que su vida sería respetada como la de todos los presos según frase de los señores Martínez Barrio y el propio Fernández Clérigo. ¡Extraña manera de llevar a la muerte a un diputado en coche oficial y acomodado por la autoridad que tenía la obligación de hurtarle a la persecución y al crimen! C UANDO llegué a la Dirección General de Seguridad ya había amanecido. Era muy temprano, las siete de la mañana. y estaba llena de detenidos; habían hecho en la noche una redada en San Martin de Valdeijrlesias. Materialmente no se cabía. Era toda gente modesta y desconocida para mí. Yo estaba rendido. Me tumbé, como pude, en el suelo, que estaba muy húmedo, y me quedé dormido dos o tres horas. Cuando me desperté me encontré con el profesor Carlos Ruiz del Castillo, con quien yo tenía una cierta relación. Me visitó allí también Sanz Beneded. que era médico de la Dirección General de Seguridad. Estuvo muy afectuoso conmigo e in cluso intentó hacer algo por m i Sobre las diez y media de la noche nos metieron a unas pocas personas en un coche celular. Venía también María Josefa Richi, y allí le dio un ataque de nervios, gritando ¡que nos llevan a la degollina! Me depositaron en la cárcel y, después de los trámites normales en la Dirección de aquel centro, me subieron a la galería de políticos Al poco rato de llegar a la cárcel me acosté. Al día siguiente, al levantarme, yo era, como todo el que llegaba, la novedad para los presos políticos j e allí estaban, y todas las preguntas y atenciones recaían sobre mí. Allí se encontraban don Melquíades Alvares, don José Martínez de Vetasco, los ex ministros Alvarez Valdés, Rico Abello y Salas; el conde de Santa Engracia, el doctor Albiñana. Fernando Primo de Rivera. Ruiz de Alda, los diputados Esparza y Salot. Fernandez Cuesta, Sancho Dávila, Manuel Valdés, tal vez Agnilar, Panizo, algún oteo falangista que no recuerdo. En aquellos momentos todavía no se estaba materialmente mal en la cárcel; peor podía ser vivir en casas de la ciudad, vigiladas y a merced de la visita de milicianos y guardias de Asalto, y pese a nuestra angustia e incertidumbre charlábamos y discutíamos sobre el drama español y sobre nuestra seguridad. La Cárcel Modelo era, en alguna medida, el sueño de los perseguidos. Creían don Melquíades Alvarez, Martínez de Velase y otros compañeros de prisión que habíamos tenido la suerte de haber sido recluidos en la Modelo pues era la única cárcel que estaba en poder del Gobierno, como lo demostraba el personal de Prisiones y los guardias de Asalto, que no habían sido sustituidos por milicianos, como ocurría, en cambio, en las otras cárceles habilitadas: San Antón, General Portier, Duque de Sesto y la nueva, de mujeres de las Ventas. Teníamos, pues, jurisdicción exenta, y la vigilancia interior seguía a cargo de oficiales del Cuerpo de Prisiones, y la exterior la montaba una compañía de guardias de Asalto. El cuerpo de guardia de éstos es- C Yo conocí en la prisión a un Melquíades Alvarez afectuoso, cordial, muy distinto de aquel otro que, en general, para las gentes de derechas de Oviedo, era la encarnación tíel demonio. empezaban a hablar de las matanzas que se estaban ejecutando en todo Madrid; especialmente contaban que llevaban a los militares a la Casa de Campo para fusilarlos. taba al final de la galería de políticos y a, través de una puerta condenada les Oíamos hablar, y por ellos mismos nos enterábamos de la situación caótica de Madrid: ya la ciudad estaba rodeada del cinturón de las personas asesinadas todos los amaneceres, E podría pensar que el Gobierno d LJ permitiera en la cárcel oficial 3 un desafuero sangriento, que de cometerse habría de estremecer al mundo civilizado? se preguntaba don Melquíades, que ofrecía su talante de gran tribuno- -a quien habían admirado como orador Ortega y Gasset y Azaña- Yo no participaba Mañana, miércoles: EL GE RAi CAPAZ Y MUÑOZ GRANDES