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SÜESTBOS LEOPOLDO ALAS (CLAWN) Con el desastre colonial de 1898 aparecen en España varios semanarios satíricos y festivos, empeñados en una crítica feroz Cilla, colocaba sobre cuerpos esmirriados y en las manos del muñeco dibujaba los atributos de su profestón o dignidad, para decorar las portadas del Madrid Cómico. En todo caso el satirizado (político, poeta, dramaturgo, cómico o torero) solía temer más que a la caricatura en sí, a la cuarteta o quintilla que servia de pie al grabado y con más o menos ingenio hacía reír a tos enemigos del personaje y sonreír en privado a los amigos y correligionarios, que solían mostrarse indignados en público. Desde 1880 a t 912, pasan por las páginas de Madrid Cómico, ios principales dibujantes festivos, desde Arnau a Renger, Donaz, Luque, Perea, Duran, Anca y Cilla. En la primera decena del siglo ya surgen algunos nombres nuevos como Manolo Tovar, Cruz Herrera, Bonilla, Ramírez y algún otro. Todos hacen dibujos a los que en ei argof periodístico se llama monos, con unos pies que remarcan la ironía o la sátira del dibujo. Casi todos dibujan historietas en que los textos son versos pareados con mejor o peor rima. Hoy todo aquello nos parecen ingenuidades. Se abusaba de dos tópicos: pintar a ios tipos populares excesivamente cochambrosos y a los señoritos excesivamente ridículos. La revista Madrid Cómico, fundada por Miguel Casan y dirigida por el escritor Sinesio Delgado y el dibujante Ramón Cilla, retiñió en la década de los ochenta y la siguiente a toda la promoción de escritores que precedieron a los llamados del 98. En las páginas del Madrid Cómico aparecen con asiduidad las firmas de Ricardo de la Vega, Vital Aza, Ramos Camón, Clarín, García Gutiérrez, Yackson Veygan, Eusebio Blasco, Antonio Grito, Miguel Echegaray, Manuel del Palacio, la condesa de Pardo Bazán. Muchos de ellos cultivaron con éxito ei teatro costumbrista y sainetesco, muy del gusto de la época. GEDEON Es tat at c eoy e pe aads paíos o vid foiosíe. Madrid Cómico dirigido por Sinesto Delgado, lúe la gran revista de sátira política que, a partir de la Restauración, pasa a ocuparse también de la critica de costumbres. En cuanto a El Mentidero nacido en 1913, introduce, como novedad, la fotografía. ¿todifel t de V e t a n íe W 5 Jt Antes de terminar los diez primeros años del nuevo siglo, se produce en fas letras y el periodismo, el fenómeno que iba a borrar radicalmente las huellas del siglo XIX. Pocas veces en transcurso de una década habrán cambiado tanto los gustos y las ideas so- bre el arte, la literatura, el teatro y el periodismo. Con el siglo habrían muerto varios escritores famosos y algunos figurones de las letras y las artes. Se produce entonces una reacción contra el decadente modernismo finisecular, que cambia de signo todos los factores que habían integrado aquel movimiento poético y sus aledaños. La razón principal es que en el transcurso de esos diez años aparecen importantes libros de Unamuno, Valle Inclán, Baroja, Azorin, Antonio Machado. Y hasta Rubén Darío, propulsor del modernismo con sus prosas profanas había cambiado sus cisnes unánimes y sus princesas tristes, por los más castellanos versos de sus Poemas de otoño. Ya andaban por los cafés de la Puerta del Sol, unos jóvenes escritores que iban a imponer un nuevo estilo literario y unos nuevos gustos estéticos: los que, sin que ellos lo sospecharan entonces, serían denominados generación del 98. En el mes de diciembre de 1895, aparece el primer número de la nueva revista festiva Gededn. El semanario de menos circulación de España, según se ieia en la cabecera. Tres años después, cinco señores con toda la barba, encabezados por el presidente del Senado, don Eugenio Montero Ríos, firmaban en París, porque no les quedaba otro remedio, el famoso Tratado, que no era tratado ni era nada. Una simple cesión de España a los Estados Unidos de América, de los últimos flecos del Imperio de Carlos I. De las Españas que pluralizaba Felipe II, cuando decía que en sus dominios no se ponía el sol. ¡Y aún no era una metáfora! Era la entrega de Cuba, Filipinas, Puerto Rico y todas las islas occidentales. Asi se dice en el párrafo segundo del impuesto Tratado de París. Esta catástrofe y ta ruina moral y económica que la siguieron, determina, sin embargo, la salida a la palestra (así se decía entonces) de varios semanarios satíricos y festivos, con muchas ínfulas y escasa duración, empeñados en una crítica destructiva de lo que ya no tenía remedio. Se diría que Madrid cumplía el decir popular: Comer no comeremos, pero nos reimos mucho. Hay una coincidencia de tiempo, digna de ser seña-