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juiciar las violentas de su Wbro y su persona. Y por su cuenta Malley, con su pequeño coeficiente de humor inglés, me decía: En cierto modo sir Samuel se sentía mortificado por el hacho de que fuera un español- -por principio, o por prejuicio, apasionado y violento- -quien utilizara un lenguaje más británico que el que, enfurecido, había usado él. Y es que sir Samuel Koare, sin duda personalidad importante en la política inglesa- -según ya ne dicho- no era, no lo fue a! menos aquí, ni un diplomático ni un prototipo de hombre inglés. Fue, por el contrario, un conspirador, como ya lo había sido en la Corte de los Zares en 1917; un agitador, y como tal s 3 sintió más inclinado a la acción política que a la estricta acción diplomática, que quiso revolver a las minorías anglofilas ds nuestro pueblo- -principalmente conservadoras- -que no aceptaban de buen grado el tono del Régimen ante el que como Embajador estaba acreditado. Por su carácter tampoco correspondía a la imagen tradicional de ios hombres de su país, pues era nervioso, nada flemático, presa de grandes pasiones, intolerante y cascarrabias. En las circunstancias actuales del mundo- -de España, y de las. mías propias- -la mezquindad de algunos podría pensar que yo juzgaba del hombre y de sus cosas movido por prejuicios y antipatías personales, lo que sería inexacto; no lo ntes ayer, menos lo haría en tos últimos peldaños de ¿a vida. Por fortuna mía- -no de Hoare- para que nadie pueda pensar que se trata de un personalismo, de un subjetivismo arbitrado mío, tengo a estos efectos la mejor compañía qus pudiera soñar: la de sir Alexander Cadogan, que fue secretario permanente, cabeza de t Foreign Office, entre ¡los años 1938 y 1946, y uno de los más relevantes servidores qus tuvo en aquella época la Gran Bretaña. Un hombre tan profundamente conocedor de los problemas de la política británica y, en general, de la europea y mundial, que es difícil tratar de la política internacional de aquellos años sin conocer sus escritos. Sir Alexander Cadogan trabajó con tres ministros de Asuntos Exteriores: Edén, Haiifax y Atlee. A Churchill le acompañó siempre en sus viajes y conferencias a Washington, Moscú, El Cairo, Teherán y Yalta. De todos ellos habla con consideración y respeto, pero muy especialmente ds Halifax, a quien admira profundamente. Pues bren, en Los Diarios de sir Aiexander Cadogan (publicados en Londres, Cassall Company) cuando Inglaterra estaba pendiente de ta sustitución ds Chambertain- -y se hacían conjeturas sobre quién pudiera ser el nuevo primar ministro- Cadogan consideraba a Halifax candidato ideal, porque aun reconociendo en Churchill su gran personalidad y carácter le inspiraba un cierto temor; y al recoger el rumor sobre la posibilidad de que fuera primer ministro Hoare, ss excita y encoleriza, lanzando con tal motivo contra él una vardar dera granizada de insultos, llegándote a considerar como traidor en potencia En otro fugar de sus Diarios había de él en términos tan severos que, ai transcribirlos, prefiero emplear en sus primeras palabras el texto inglés porque en traducción castellana suenan demasiado mal: Dirty littte dog, se ha olido algo y quiere largarse del país y todos se han puesto de acuerdo y quieren librarse de él (Luego comenta Cadogan que, esto era duro para Peterson, que era el embajador en Madrid, y de difícil arreglo, pero con tal de perder de vista a Hoare había que hacer lo que fuera. En relación con su conducta hostil para nosotros, y su deformación de tos hechos, me referiré a uno solo de los relatos infundiosos del iltbro que comento para no alargar demasiado estas líneas: es el que hace Hoare sobre mi inasistencia a Ja comida quet me había organizado en la Embajada inglesa y en el que presenta como grave incorrección mía no haber asistido a ella después de haberla aceptado. Así, sin más explicaciones, cuando la verdad es, como toda persona fes- to, con sus ocurrencias tos delicias de l a bella embajadora alemana baronesa Van Stohrer) me había visitado unos dfan antes can motivo de la desafortunada invasión de Grecia por los italianos y, con muy legítima indignación- -yo compartía su disgusto- formuló enérgica protesta por los ataques desconsiderados e indignos que dirigía Ja Prensa española contra su patria en aquella ñora de tribulación. (La Prensa no dependía entonces de mi Departamento, sino de la Secretaria General de Falange y, con poca responsabilidad, incurría frecuentemente en excesos. Yo le presenté toda clase de excusas y te prometí tratar de corregir aquella situación. Mas, eJ buen almirante- embajador, embalado en su indignación, perdido el control de sus nervios, ¡profirió grave insulto ya no contra la Prensa, sino contra España, lo que me obligó a dar por terminada la entrevista y, seguidamente, a pedir que fuera retirado de su puesto. Espero por ello rus nadie dejará de considerar mi decisión ds declinar la invitación del inglés; tan fundada, como intolerable, incorrecta y contraria a los usos más ete mentales de la diplomacia fue la conducta del embajador de Su Majestad británica al prepararme aquella encerrona. Per- lo demás, era Malley hombre de Podría referirme a otros muchos ardidesmuchas y calladas caridades, católico, del cofispkador- embajador algunos, en el papista- -como suelen ser los c a t ó l i- fondo un tanto pueriles. Recordaré sólo éste: cos ingleses- buenísima p e g o n a un día un exaltado falangista- -muy vinculado a las Embajadas alemana y japonesa- -ms pidió que ile enviara a Londres con algún cometido más o imenos oficial y el pasaporte correspondiente, a lo que me negué en redondo. Ante esta actitud mía manifestó: ¿Y si lo pidiera el embajador de Inglaterra? Yo S contesté: e- -Eso es imposible. Pero si to pidiera, fe complacería. Pasados pocos días, en su cotidiana visita a ni despacho de Exteriores, ai embajador- -conspirador me manifestó que estaba muy Interesado en conocer a la nueva juventud política española, y an que ésta conociera la vida, las costumbres y la política de su país; y el primer nombre oue al efecto me propuso fue el de aquel falangista, que pocos días después se paseaba con su uniforme por Trafalgar Sonare. De lo ocurrido después- -creo que el resultado de su habilidad política fue contrario al juego que su estrategia había imaginado- -el elegido podrá dar noticia. V para que nadie pueda pensar que se t r a t a de un personalismo, de un subjet i v i s m o a r b i t r a r i o mío, tengo a estos efectos la mejor compañía que pudiera soñar: la de s i r Alexander Cadogan... ponsable comprenderá al conocer tos hechos, que estuvo más que justificada y que era obligada, en las delicadísimas circunstancias de nuestra política exterior durante la guerra mundial. La cosa fue así: después de haber aceptado, efectivamente, la invitación (lo que con gusto hice para suavizar relaciones con la Embajada británica en el difícil equilibrio que tenía que mantener entre ésta y la atemana) adopté la elemental medida de prudencia de encargar a mi excelente coteborador el barón de las Torres- -quien- felizmente sigue con nosotros- -pidiera la relación de invitados; y cuando! a tuv me encontré con la desagradable sorpresa de que uno de ellos era el embajador de Grecia, el viejo almirante Argyropoulo- -como diplomático y persona un tanto pintoresco- al que el Gobierno español, en comunicación dirigida al de Atenas, acababa de declarar persona no grata y pedía su relevo. Aquel buen almirante- embajador, por otra parte persona simpática que hacía, por c rer- En la primavera de 1959 nos llegó la noticia del fallecimiento de lord Terrtpiewood, y yo roe apresuré a publicar en la Gaceta (lustrada un artículo, faciéndole justicia, en el que consideraba equivocados tos juicios tan severos que contra él se habían formulado en su país. Y para reforzar mi actitud invocaba la autoridad de mi experiencia personal, de mi especial y directo conociinientó del interés y de la (pasión- -incluso excediéndose- -que puso en el servicio de su país durante su gestión en España, en días de ¡ncertidumbre y casi de derrota. Me rendía, en la hora de su muerte, ante su patriotismo; cuando ya el viejo luchador descansaba, y seguramente nos comprendía. Como iodos algún día tendríamos que comprender. Lady Maud, su viuda, me expresaba una doble gratitud. Y yo pensaba de nuevo que en la lucha entre antagonismos legítimos, como en todo- -en el saber, en el gobierno, en el amor- sólo hay una forma vital que es el señorío; lo más opuesto a los abominables señoritismos, tanto en sus formas tradicionales como en las actuales. Y por ser también de justicia- -y al margen de su gestión tan discutida en España- -subrayaba yo el acierto de su política en el plano europeo en busca del acercamiento de Inglaterra a las potencias mediterráneas: Francia, JtaSa y España. Una política que pudo haber cambiado el destino del mundo. -R. S. S.