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s t SU ¡m V. íi 1 Un momento de la solemne audiencia que Su Santidad el Papa Pío XI concedió a Sus Majestades los Reyes de España Don Alfonso XIII y Doña Victoria Eugenia, en la Sala del Consistorio, del Vaticano. Ante eí ría je ele los Reyes a Roma 2. -IOS SOBERANOS ESPAÑOLES, RECIBIDOS POR S. S. PIÓ XI OS Reyes de España Don Alfonso XIII y Doña Victoria Eugenia, llegaron a Valencia el 16 de noviembre de 1929 para embarcarse, rombo a Italia, y realizar la deseada, prevista y programada visita al Papa, a la sazón Pío XI- -un hito importante en la historia española- y al mismo tiempo, dar cumplimiento a la gratísima invitación de los Beyes de Italia, Víctor Manuel III v Elena de Saboya, y ser sus huéspedes en el palacio del Quirinal. El recibimiento que la ciudad del Turia dispensó a sus Soberanos fue de entusiasmo delirante. En el puerto valenciano esperaba a ios Monarcas para llevarlos y acompañarlos hasta la base naval italiana de La Spezzia, una división- de la Escuadra española, compuesta por el acorazado Jaime I oue enarbolaba la insignia de Su Majestad el Rey, el crucero- acorazado Alfonso XIII con la insignia del almirante- jefe; el crucero Victoria Eugenia tres cazatorpederos y tres submarinos. Después de una serie de actos en Valencia, el primero de los cuales fue la visita a la Virgen de los Desamparadas, Don Alfonso y Doña Victoria embarcaron ya de noche; y a las siete de la mañana; con un sol y un mar espléndidos los barcos de guerra que llevaban como insignia máxima el Pendón de Castilla, navegaban a la vista de las islas Baleares. Más o menos a esa misma hora, la flota italiana zarpaba desde la base de La Spezzia, con cuatro grandes acorazados, v de ellos el Cavour a la cabeza, flameando la insignia verde y azul de la Casa fíe Saboya por el Duque de Genova, representante y primo de Víctor Manuel III, que, rodeado de 30 barcos más, iba a recibir a los Reyes de España a la altura de Cerdeña. L Por Julián CORTES- CAVANILLAS La Armada italiana da la bienvenida a los Soberanos españoles Eran las doce de la mañana, cuando tras las salvas de los 21 cañonazos de ordenanza, los navios italianos avanzaron en línea de frente hacia le barcos españoles, desfilaron ante el flanco del acorazado Jaime I que llevaba a bordo al Rey de España, a su augusta conserte y a todo el gran séquito real. El acorazado Cavour marcha en cabeza, seguide de la división en orden de batalla y de los destructores. El mar en ese momento se agita, pero el cielo es de un purísimo azul. El espectáculo, dicen los testimonios, fue imponente. Suenan las notas solemnes de la Marcha Real española en todas los barecs italianos, y les estruendosos gritos de E viva il Re de las tripulaciones. Desde el puente de mando del Jaime I Don Alfonso v Doña Victoria presencian el gran desfile. El desembarco en el puerto genovés se hizo entre una multitud aclamante; los estampidos de las salvas de honor; los vítores populares y las músicas de las marinerías y de las fuerzas de tierra, el resplandor de los reflectores de los barcos, jugando con sus haces de luz en el horizonte del Mediterráneo y de los montes vecinos, la iluminación fantástica de la ciudad y el sonido de júbilo con todas las campanas de las iglesias echadas a vuelo. Tres horas después, a las once en punto de la noche, los Reyes de España suben al tren regio, que parte para Roma. saludado por los aplausos y vítores de una gran muchedumbre. Y he aquí R wm, A las doce en punto de la mañana del 19 de noviembre de 1923 entra en agujas el tren regio que lleva por vez primera a la. Ciudad Eterna a un Reyde España. El recibimiento es cordialísimo por parte de los Reyes de Italia, y la ovación, larga y sonora de los romanos a los Soberanos españoles, dícese que superó los precedentes de otras recepciones populares. La preocupación en aquellos momentos de Den Alfonso XIII y su séquito era el desajuste con el horario prefijado para la audiencia solemne con Su Santidad el Papa, que rectificada vari veces, por involuntarios retrasos, se había señalado para la una de la tarde. Sin embargo, tal hora resultó absolutamente imposible, pues unos minutos antes el cortejo de los Reyes llegó al Quirinal, donde Don Alfonso y Doña Victoria debieron asomarse al balcón para corresponder, juntamente con Víctor Manuel III y Elena, a las aclamaciones del público congregado delante del Palacio Real. De entrada se presentó un problema. La Soberana española, come Reina católica, tenía el privilegio de vestir de blanco para la visita al Papa, y el Papa había indicado qne fuera de negro, e igualmente sus damas, lo que no consintió Don Alfonso XIII, que hizo patente el derecho de Doña Victoria Eugenia a usar claro vestido y mantilla candida de encaje. El segundo problema es que los Reyes, para cambiarse, necesitaban un tiempo indispensable y no demasiado breve. De una parte, Don Alfonso tenía que vestir el uniforme de capitán general de Infantería, cruzando el pecho con la banda de la Orden de Carlos III, el cellar de la misma y el Toisón de Oro y las insignias de las Ordenes militares de Alcántara, Calatrava, Santiago y Montesa, a más de varias grandes cruces. A su vez, Doña Victoria Eugenia, un vestido bordado en plata, mantilla de Bruselas, diadema y collar de esmeraldas y un larga capa que la cubría hasta los pies. Tnda esta transformación del atuendo del Rey y de la Reina en meaos de una hora supuso un récord de velocidad. El tercer problema, aunque previste, es que había que ir en los coches de la Casa Real italiana hasta la Embajada de España ante la Santa 11