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N INGÚN ejemplo mejor de la vanagloria política que el de Henry Kinssinger, ayer admirado por todos y hoy por todos condenado. Kissinger va a abandonar la escena internacional no como un vencedor, sino como un vencido, no como la superestrella que fue, sino como el villano que es hoy. No tiene a nadie que le defienda, nadie se arriesga a levantar la voz por él. Incluso Ford, que ile debe la única política coherente de su mandato, evitó su proximidad en la campaña, mientras Cárter y Reagan ¡le convertían en su blanco favorito. Los conservadores le acusan de ¡haber sido demasiado blando con los rusos; los liberales, de una básica inmoralidad en su política ¿Es iodo negativo en Kissinger? ¿Qué nos deja? En vísperas de su marcha, pocos ejercicios más provechosos y fascinantes que analizar el legado de este hombre que condujo la diplomacia norteamericana durante uno de los períodos más azarosos de la historia del país, a saber: de su cúspide imperial y comienzos de decadencia. LA HERENCIA DE KISSINGER Por José María CARRASCAL Corresponsal de A B C en Nueva York toria como un gran estadista ios que todavía creen que Eu- -escribe Lestey Gelb- pero ropa Oriental puede ser liberano por las razones que él desea. da Cuando le acusan de haEl quisiera ser recordado como ber vendido esa Europa en Helun Bismarck o un Mstternich, qus sinki o de imponer una paz trazaron un nuevo orden internaamericana en el Oriente Medio cional, más estable y justo que él contesta: ¿pero es que hay el que heredaron. Pero es mualgo más morafl que la paz? ¿es cho más probable que se le reque no es la paz el último bien? cuerde como una especie de Don ¿es que éticamente no es siemJuan de la diplomacia internaciopre preferible a la guerra? Son nal, con una lista de aventuras preguntas cuyo debate requeriría excitantes, peligrosas y romántimás un volumen filosófico que cas en él haber de sus conun artículo de periódico, pero quistas. que advierten ya de la naturaleza del secretario de Estado americano. Kissinger no es un amoLa detente con Moscú. -Las ral, como esgrimen sus críticos. vigas maestras de la política exEs un conservador pragmático, terior de Kissinger son sus relaque no cree en el bien abstracto ciones con las otras dos granen el mundo, y que pone ila paz des potencias: la Unión Soviéticomo valor supremo y última mica y China. Con la Unión Soviéra en la política exterior. tica, otros presidentes y otros secretarios de Estado norteamericanos habían probado ya el saUn Don Juan de la diplomacia. bor agridulce da la detanta Henry Kissinger pasará a la his- Un conservador pragmático. Kissinger no niega ser un conservador básico, un hombre que concede más importancia a las realidades que a los ideales, y que emplea su poderoso intelecto para racionalizar esa realidad, no para subordinarla a Jos sueños. Su objetivo principal al frente de la política exterior norteamericana tía sido el mantenimiento de la paz entre las dos grandes potencias. Eso no se jo discute nadie. Ahora bien, según Kissinger, la paz sólo puede surgir de un orden, y él persigue sin descaro e! establecimiento de un nuevo orden mundial, sin preguntarse si ese orden es justo o no. Por él buen funcionamiento de la detente Moscú- Washington, Kissinger igual sacrifica a visita de Solzhenltsyn a la Casa Blanca que las esperanzas de 16 El secretario de Estado norteamericano se reunió en mayo de este año con Margaret Thatcher, dirigente del partida conservador británico, en un desayuno de trabajo. pero fue él quien la llevó a su máxima latitud, quien le dio forma y consistencia. Dos objetivos buscaba con ella: uno inmediato, frenar el apoyo de Moscú a Hanoi. Otro a larga vista: establecer un nuevo equilibrio mundial de fuerza, en el que los Estados Unidos y la Unión Soviética convivieran pacíficamente una vez repartidas sus esferas de influencia. Como historiador, Kissinger es un pesimista, y puede considerarse un discípulo de Spengler, ¡I de la decadencia de Occidente. Su teoría es que el Oeste no ya tiene ni la decisión, ni la energía para imponer su orden en el mundo, por lo que I llega el memento de alcanzar una tregua con la Unión Soviética y el comunismo, que sí las tienen. Algo parecido a lo que hacían los emperadores romanos del Bajo Imperio pactando con ¡las tribus germanas. Concediendo a Moscú créditos, tecnología y reconocimiento de un estatuto como igual, más el control sobre sus dominios, Kissinger creía que los rusos frenarían sus ambiciones y colaborarían en el establecimiento de un orden mundial bipartito. Los críticos conservadores de Kissinger le acusan de haberse equivocado en dos cosas: una, creer que Occidente está en la decadencia, mientras el Este se halla en la ascensión Occidente, dicen, siempre ha estado en crisis, pero es de crecimiento, mientras los Estados totalitarios tipo Unión Soviética empiezan a caer sin remedio una vez alcanzada su cima otra, el haber hecho un pésimo negocio al conceder a Moscú claras ventajas reales, por vagas promesas intemporales. Es este un reproche que ha calado en el país, y hoy, desde la extrema derecha de Reagan a esa zona inconcreta en que se mueve Cárter, se dispara contra las excesivas condiciones hechas por Kissinger a Moscú, a cambio de prácticamente nada