Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
EL DÍA DEL TIBURÓN Nuestro reportero Tico Medina, durante la caza del tiburón en aguas de ias Islas Canarias. está la carnada. Es algo que se mueve rápidamente. Un instante antes he caminado hasta proa. Llevamos cuatro horas dentro de El Dorado y Vicente me ha dicho, quizá para consolarme: -No fe preocupes, hombre. Huele a tiburón. Y, en seguida, el ruido leve, y hermoso, de! carrete de acaro: Y el salto de Francisco hacia adelante. Y José y Agustín diciendo suavemente, sin levantar la voz... ¡Es un tiburón o un pez grande, estoyseguro! Los pequeños escualos se cortan en tiras que una vez s e cadas ai sol forman una especie de mojama. un instante en la mano del mamífero que le dio muerte a la madre y, luego, caen de espaldas al agua... para, inmediatamente, después nadar rápidamente, milagrosamente. Y si no hay cerca un pez grande como dice el refrán, ese tiburón, y ése, y ése, y ése y aquél, y el otro y el otro... que vamos ayudando a nacer bajo el sol que ya declina, vivirán hasta que otro hombre, quizá en otra larga hora, en otra jornada, en otro día, lo massacre... ¡Hasta treinta y nueve! Horts- -se lo agradeceré toda la vida- -me grita desde abajo: ¡Ea, a sentarse en el sillón; ese tiburón es suyo! gra, acharolada, inmensa. Lo han cazado ya, con ios garfios fuertes, terribles. Y Francisco con el palo lo golpea duramente, contundente, pero sin maldad, si cabe la palabra. Yo sé lo que escribo. Francisco lo atonta primero, lo medio mata, con el palo corto y fulminante. Y veo cómo lucha, por último, aún e. i el agua, dejando un breve reguero de sangre; cómo trae el estómago fuera de la boca... de la lucha con el anzuelo y la carnada mortal... Y siento en ese instante una sensación de alivio y de dolor a un tiempo. Horst ha dicho así, lleno de agua satada hasta la rodilla, empapado en el sudor de la alegría como yo, tan grande, tan fuerte, con su claro acento canario- alemán: ¡Es una hembra! La sangre se agolpa en mi frente. Veo la aleta negra, emergiendo del agua, en torno a la boya. Francisco ya lo tiene enganchado. Ha picado, ha comido de la caballa fuerte, está allí... y de pronto, mientras me siento en la silla, y me atan el ombliguero fuerte y clavo la caña en el dedal de hierro, y los pescadores se po en guantes fuertes, y me atan con aquellos garfios a un sitio fijo, siento que ha llegado el momento y escucho cómo cae mi sudor sobre mi hombro, lo escucho: ¡Ha vuelto a irse, y picar otra vez! Adelante, adelante... Siento un largo temblor. Mi misión es hermosamente fácil. Debo soltar carrete rápido, echando la caña hacia abajo y, luego, subirla arriba, con toda la fuerza, hasta que no pueda más. Y siento, asi, el tirón terrible del tiburón, abajo, aún en lo profundo, el enemigo querido y deseado. ¡Y establezco con ét una comunicación íntima, palabra a palabra, sin que salga a mis labios! Mi corazón está en este instante más con el viejo de la novela de Hemingway que con el fabuloso pescador de tiburones de la novela del periodista americano. No tengo una sola cicatriz que enseñar, si acaso, como e! jefe de Policía de Amity, la de la apendicitis, pero hay un barco tatuado en mi brazo. Aguanto, doy carrete, levanto la caña y siento el tirón inmenso, una, otra vez, lo trato hacia arriba con fiereza con toda la que hay en mi viejo cuerpo gordo, y te doy hilo con dulzura, como si le acariciara... ¡Es grande! -dice Francisco, que está feliz viéndome sudar, y sufrir, y gozar... ¡Es grande! ¡Es largo! ¡Es una queya! Siento frío. El tiburón es targo, reluciente, chorreante. Ss musve largo rato con ferocidad, con fuerza. Lo están fijando a popa, despacio y con mano segura, habitual. El mazo queda sobre la cubierta, sin u. ia mancha de sangre. Pero Dios es grande. Porque cuando Carchenilla pone sobre el vientre blanco la mano temblorosa, del vientre todavía jadeante sale, escapa... ¡el pequeño tiburón! La queya está pariendo en la muerta. Y pienso yo que éste es el ciclo que Dios perpetúa, y me siento feliz de hacer algo... Y todos vamos, uno a uno, empujando esa piel flaccida y moribunda, de la que van saliendo, uno a uno, uno a uno... los primeros cinco; luego, diez... ¡Todavía quedan! Dicen que hay u. i record de ochenta. -Pesará cien kilos, más o menos. -Si, es una queya grande... Agustín va a popa, ya recogiendo sus liñas, sus obispos, sus pescados pequeños, siendo grandes. Una tensión relajante se apodera de todos nosotros... La barriga del tiburón ha quedado blanca y quieta, flaccida... José, arriba: ¡Ballena! ¡ballena! Es el alumbramiento en la mitad de la mar. Es la vida tras la muerte. Por eso no peleó demasiado dice Francisco. Y uno a uno, cada uno de los pequeños tiburones, del tamaño de dos cuartas de una mano grande, van saliendo por el útero de la madre directamente a la mar. Primero tiemblan La queya, recuerdo mentalmente, es e! tiburón azul. Carchenilla retrata emocionado. Mompo, también. Horts me aguanta en la siHa, y yo por dentro lloro y río, y peleo, y dialogo con el pez que viene de la profundad... Hasta que veo, ahí mismo, su cabeza, ne- O Nosotros no hemos traído ni sangre de cerdo, como llevan otros. Es muy bueno para pescar el tiburón, pero no se debe hacer en (a pesca deportiva. Vemos sus chorros a babor, sus largos pitidos, su salto de espuma sobre el mar, la mar, que se va volviendo gris, azul. No quiero lavarme las manos, ¿por qué hacerlo? Me gusta sentir esa saliva de la vida que traían los pequeños peces al nacer... Los pescadores beben una copa de ron de Arucas, y están sudorosos y contentos como yo. No me importa que la caña fuera de ciento treinta libras, ni que me duelan los huesos, que me duelen. Ni siquiera que chillen cerca las ballenas asesinas. Pienso que debo volver a cazar al tiburón, grande, blanco, peligroso. Siento que es un veneno. Hablamos de cosas al retorno. Agustín hace tollo pescado salado en tiras) a proa. Las gaviotas graznan a nuestro alrededor. En el puerto habrá fotos, con aquel otro barco que trajo otro escualo, y a mí no me importa que haya tiburones más grandes, que los hay, que aquel del libro, de la película. Sé que volveré a la mar y que escribiré historias de tiburones, palabra que sí, y que volveré a pescarlo, con todas mis fuerzas, mis ganas, mi sangre abarrotada. Y sé también, rizando el rizo de esta historia, que, aunque no marcáramos tos treinta y nueve tiburones de este día único, conoceré de alguna forma si es uno de ellos el que vuelve a mi anzuelo. Porque yo maté a su madre, pero soy de alguna forma también su padrino de bautizo. Y hay algo que no puedo arrancarme del alma. El olor de aquel momento del parto, de la vida. Aquella sangre salada y viscosa. Un sabor excitante y denso. Un sabor familiar. Porque ¿no es el hombre un tiburón en tierra? Fotos de Ángel Carchenilla Tico MEDINA 13