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COLABORACIONES DESAPARICIONES I A desaparición semanas atrás de la niña Carmen Romero Escalante en el pueblecito malagueño da Teba encontró amplio eco en todos los periódicos españoles. Las versiones de lo sucedido son, si aproximadas, distintas. Al parecer, Carmen, de trece años, vio en ei cielo una luz potente, brillante, que descendía; se acercó, la tomó en sus manos y advirtió que ni ¡a quemaba ni dañaba sus ojos. Regresó a su casa, pero a ías 12,30- de ia noche volvió al encuentro de la enigmática luz. A partir de ese momento Carmen desapareció durante veintidós horas. La Guardia Civil, familiares y vecinos la buscaron infructuosamente. Transcurrido ese tiempo, es devuelta al pueblo por una pareja que ella describe como una mujer rubia, alta, vestida con pantalones y jersey, que hablaba españoii, y un hombre silencioso, rubio también, barbado, de largas melenas, con jersey oscuro de mangas cortas. La mujer le dijo: Ahora te vas a tu casa y pronto volveremos a vernos. La niña no recuerda lo sucedido en ese intervalo. Pero llegó con hambre y en perfecto estado- ¡lo que ratificaron diversos reconocimientos médicos. Aislado, el caso acaba por olvidarse, pequeño eslabón de una larga y singular cadena. Mas su importancia cambia cuando, tirando de él, esa cadena se hace visible. Es lo que intenta Patríce Gastón en su libro Desapariciones misteriosas que acaba de ser vertido a nuestra lengua por Patrio Fernánd ez- Plórez para la serie Otros mundos de Plaza Janes. Esas formas extrañas y no necesariamente agresivas en las que, con dimensión netamente planetaria, se expresa un universo que todavía nos es desconocido, tienen su fuerza en su acumulación. Los hechos que Gastón aporta y describe, y sus distintos escenarios- -mar, tierra, aire- -son tales y tantos que bastarían para conmover y preocupar no ya al simple ¡ector, sino incluso a ciertos científicos cascarrabias y celosos de sus prerrogativas (A ellos parece especialmente dirigido otro nuevo libro de esta serie: La ciencia ante lo extraño de Pienre Duva l, cuya lectura re co mend amos. En el diario de Donald Crowrjurst, navegante solitario desaparecido de su trimaran en julio de 1969, se habla de los seres cósmicos y de los sufrimientos que el hombre ha tenido que soportar como consecuencia de sus divertidos juegos Crowhurst escribe como un iluminado, contra reloj, sabedor de que su tiempo se termina. ¿Qué revelación, en mitad de ia soledad marina, le indujo a comportarse así? Su frase nos recuerda aquella de Charles Fort: Creo que se nos pesca. El conocido caso de Olivar Lerch (24- 12- 1890) en South Bend (Indiana) ¿no es en verdad una pesca estremecedora? Pero Oliver, como tantos otros, nunca retornó. Sí, en carrvbio, y por citar otro ejemplo característico, tomó tierra en Méjico el matrimonio Vidal, pescado cuarenta y echo horas antes (3- 5- 1968) en una carretera bonaerense. Y el matrimonio Hills, protagonista de una inaudita aventura, más parecida, por cierto, a la de Carmen, la españolita de Teba. Tengo registradas, dentro y fuera de España, numerosas desapariciones de niños, encontrados luego milagrosamente ilesos. ¿Dónde estuvieron, quién los protegió? Así, el argentino de cuatro años Ceferino Contreras, perdido en Pie de Palo y hallado cuatro días después, sonriente, pese al medio montañoso hostil, e l frío y las alimañas. O los dos hermanos palentinos de Villalobón, María del Pilar y Osear Fernández, de cinco y tres años, recuperados tras veintisiete horas de búsqueda. O la ing lesita de tres años Susan Jones, hallada veintidós horas después de advertirse su falta, vistiendo sólo biusilla y pantalones y habiendo soportado temperaturas bajísimas fantástico dijo la Policía de Glamorgan comentando su caso) O el tiner- narra su insólita experiencia, siiteneiándole. Nada nos sorprende. Nos paseamos por el espacio, pisamos suelos inéditos, fotografiamos lejanos planetas y apenas leemos, a saltos, la noticia, contemplamos fugaces ia fotografía. Duval habla del miedo cerval de los hombres de ciencia ante lo que ignoran. Más que miedo es soberbia. Pero tampoco e ciudadano medio se preocupa ü demasiado. ¿A qué complicarse la vida? La noticia inusitada se va, se borra. Lo rutinario teño José Antonio Montequí, de siete años, cuatro días perdido en las cumbres de Vi ¡laflor, cercano a ¡as cañadas del Teide... Todos suelen volver sanos y salvos, hambrientos, con un gran vacío en sus mentes. ¿De dónde? Estamos ante un fenómeno invisible y omnipresente y hasta ahora impenetrable. Ya l? n tiempos de Agobardo (779- 840) el buen arzobispo de Lyon, se hacía lapidar a quienes, desembarcados de una extraña nave raptara, decían haber visitado Magonia. Ahora nos (imitamos a encogernos de hombros, escépticos. Cuando más se ridiculiza al que la recubre piadosamente. Pero otra similar, muy pronto, campanillea, reclama atención. Por un instante. Fue Jean Cocteau quien escribió: Sólo ios imbéciles oreen en globos- sonda, en fantasmas, en alucinaciones- colectivas, cada vez que el universo se expresa al margen de sus programas de vida. Pero no es imbecilidad, sino comodidad. Dan la espalda a lo desconocido y creen haber resuelto el problema. Mas ¡o desconocido sigue allí, desafiando su ceguera, gritándoles su terquedad. ¿Hasta cuándo? Carios MURCIANO DESNUDO A GOGO N UESTRA producción cinematográfica ha emprendido una carrera nudista que, vaya usted con Dios, y ya no se rueda un filme español en ei que no hayan sus correspondientes escenas encueradas. lino, a estas alturas, ya está curado de espanto y no va a ruborizarse ante ¡a imagen de una señorita por dentro, pero, vamos, es que parece que los productores cinematográficos españoles se han propuesto que se nos constipe todo nuestro casi femenino. En un reciente estreno, al sonar el- timbre después del descanso, le decía yo a mi amigo Arturo Rigel: Vamos de prisa, que ya deben estar desnudándose. Y, efectivamente, al fondo de los primeros títulos de crédito ya se veían ¡as primeras pechugas femeninas en danza. ¿A dónde vamos a llegar por este camino? Porque, una vez visto todo lo que se puede ver, ¿con qué van a sorprendernos? El cuerpo humano es, corno si dijéramos, habas contadas y como no nos enseñen los cartílagos costales, la trompa de Falopio o el pedúnculo de la hipófisis, nuestra producción cinematográfica puede irse al garete. Y es que, indudablemente, nosotros, ios españoles, no tenemos término medio y saltamos del rosa al escarlata sin detenernos en tonalidades. Que a una mayoría de ía masa le gusta este despliegue de la porreta, es indudable, pero nó es una razón para fomentar sus instintos. El cine, como el teatro, debe contener un porcentaje educativo y hay que tenerlo en cuenta. Si no, es como si, para conseguir que los estudiantes se interesaran más por las clases, se sustituyeran los libros de matemáticas y de Derecho administrativo por ejemplares de! Play Boy o de la revista LUÍ ¿Que estas escenas que nos sirven en las películas son reflejo de la vida misma? No digo que no, ipero también es cierto que estas escenas de la vida misma no se producen a ¡a vista del público, porque en algo tenemos que diferenciarnos de los cantones y de los suecos. Y no es que yo pretenda que demos marcha atrás y volvamos a Curríto de ia Cruz o a La hermana San Sulpicio pero creo que ese in puribus debe de producirse cuando lo precise la acción. ¿Que la protagonista necesita en un momento dado de ia historia darse una ducha? Pues adelante con ios faroles. No sería lógico que se pusiera debajo del agua con un impermeable, pero tampoco creo que sea necesario que nuestras protagonistas necesiten ducharse en todas las (películas como si llegaran al estudio hechas unas guarras. En fin... Esperemos hasta ver a dónde pretenden llegar nuestros ¡productores. Y ya sabsn mi ¡dea: cuando ya no sea suficiente con quitarse! a ropa, pueden empezar a quitarse el peitejo, cosa a la que las mujeres ya están acostumbradas siempre, y cuando se trate de quitárselo las unas a las otras y las otras a las unas. TONO