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CUÁNDO SE NACE DOS VECES C UANDO se nace dos veces es cuando le hacen a uno hijo adoptivo de otra ciudad que la suya. Así ahora a mí, de Cabra la cordobesa. Y, justamente, el mismo día- -19 de abril- -qtie en Madrid muriera (1905) su auténtico hijo: don Juan Valera. Pero trasladado este otro abril- -19- -a su tierra natalicia. Por lo que si yo he tenido dos nacimientos, Vafera dos entierros. Y en las mismas vHIas, intercambiadas. Raro honor el mío. Coincidir con Valera en estas peregrinas trashumaciones. Valera yacía en la Sacramental madrileña de San Justo, entre su esposa y su suegra. Pero hasta en la sepultura, Genio y figura (nombre de una de sus novelas) resultaría un Don Juan, arreglándoselas para escapar de suegra y esposa e irse al mismo sarcófago, en Cabra, de aquella Viaña que le inspirara, por lo Hnda y desenvuelta, su Pepita Jiménez De los restos de Valera parece que sólo se reconocieron- -a! exhumarlos- -por un botón de su uniforme diplomático. Pero para muestra, en este caso donjuanesco, un botón bastaba. Y en cuanto de mí- -madrileño -sólo sé deciros que el sentirme, de repente, cordobés no me hubiera Sido muy fácil si el genio de Madrid no consistiera- -o debiera consistir- -en identificarse con todas las tierras españolas y aun americanas, como ya pretendiera Calderón Madrid, patria de todos o Gracián Madre de tantas naciones Pues para eso fue Madrid fundado tras nuestra unificación imperial, a la que traicionarla, liquidándola, al fin, en 1931. (Y como ya ha empezado a hacerlo con la lograda otro 19 de abril precisamente: el de 1937. Yo había recibido la adopción filial de varias ciudades paraguayas y, a través de una medalla de oro, la del mismísimo Buenos Aires. Así, como por medio de mis Amores y Exaltaciones -con libros y filmes consagrados a las tierras de España, América y Filipinas- de hecho me sentía un madrileño hispanída y universo. Casi augusteo. Pues no se puede olvidar que Augusto fue un hijo adoptivo de César, llevando imperialidad romana a su cénit. Pero de todas las adopciones posibles para un hijo de Madrid, ésta cordobesa quizá sea la más atrayente. Ya que, en su fondo mistérico, toda adopción es una metempsicosis, una transmigración de almas. Y el alma egabrense, ¡tan fascinante! Yo no es que crea mucho en lo metapsíquico y que, de pronto, me sienta un macho cabrío en la serranía, como cuenta Baroja, que tras morir el teósofo y espiritista Roso de Luna se convirtió- -según su familia- -en un gallo de Madagascar. Pero Platón tuvo, como algo posible, el trasplante de almas. Y lo defendió Empecles. Pitágoras pensaba que el espíritu humano se depositaba en plantas, piedras y animales. Pero, más que griega, fue una creencia oriental, indiánica y egipciana, esa de la adopción psíquica. Por eso, al hacerme cordobés y algo gitano (Cabra y no Echalar fue la tierra de Carmen mi obligación sería la de sentirme zahori y adivinar, en mis nuevas entrañas, prestigios fabulosos. Y el primero ese divino de emparejarme a Zeus, dios supremo, adoptado por la Cabra Amaltea, con su Cuerno de la Abundancia o Cornucopia y cuyo pezón constelaría la Vía Láctea del cielo. De Cabra fue la égida o piel protectora adoptada por Atenea. Pero sobre todo su Macho, el Cabrío, resultó el animal sacro de la Virilidad, el de Dyonísos, quien al beber la cáprida sangre sacrificada crearía el Tragos la Tragedla Baco y su Chivo: imagen alucinógena de Don Juan. Ese Chivo: los ojos lascivos y de fuego, perilla infernal y cuernos demoníacos. Y sus pezuñas transmitidas a los Centauros y Sátiros. Por lo que el Medievo cristiano lo hizo símbolo del Diablo y el amante de la Bruja. Y en el Renacimiento, un Manara. Ya antes lo habían adorado los egipcios, a cuyos dioses incrustaban sus cuernos. Y los hebreos lo utilizaban en sus sacrificios religiosos. Y hasta los bosquimanos no dejan mirar a los ojos de los chivos porque se enloquece de orgasmo. ¡Poesía de Don Juan! Piénsese que un macho cabrío en celo necesita el centenar de hembras. Y que para gozarlas muchas veces debe Juchar a muerte, como Don Juan con Mejía. Bestia de bacanal, de cabriolas (Baco, recién excavado en Cabra, está hoy en el despacho del alcalde. Animal el cabrío de altura y riesgo, de riscos, arriscado, encabritado Por lo que su emblema honra escudos nobles de Escocia, de Gemianía, de ItaMa, de toda la alpinidad. ¿No fue una variante el legendario unicornio? Su piel se agamuza. Y de Angora y Cachemira vienen lanas de tal valor (uxuario que, al trabajarse en Flandes antaño, produjeron el famosa terciopelo de Utrecht para coronaciones. Y el mejor guante, de cabritilla, y el cordobán o tafilete para el calzado. Y hecho pellejos, odres o botas para la embriaguez báquica originaria. ¿Y no fue una cabra ramoneando en Etiopía la que descubriera otra alucinogenia, la del café? Hijo adoptivo de Cabra, me identifica con Hijo adoptivo de Cabra, me identifica con otra ilustre adopción, la de Cervantes, que allí viviera dos años con su tío Andrés... otra ilustre adopción, la de Cervantes, que allí viviera dos años con su tío Andrés y escudriñara la célebre sima que le valdría para imaginar la de Montesinos en el Quijote. Y le acompañó a Valera cuando, huyendo de Madrid, se refugiaban en Cabra para saborear cerezas garrafales, peras de Priego, melones de Montalbán, naranjas de Palma del Río y aquellas ciruelas que sólo se daten en las laderas del castillo y oliendo mejor que rosas. Y dulcerías de tortas y hojaldres y aquel piñonate y pestiños amasados con moscatel y empanadas con quid divinum Cascando aquel vino de oro, el mejor del mundo y que regalaba a sus amigos de Lhardy. Pero lo que más me alucina es poder esperar, con tal adopción, una muerte sin olvido, piadosa. Ya en Asunción, allá en América, estoy preparando una tumba cordial en la tierra que la ciudad- -grata a mis servicios- -me ofrendara para vivir. Mas si el vivir o morir allá no fuera posible, me ilusionaría el sentirme abrazado (y siempre unido a la mujer de mi vida) a estas otras entrañas, las egabrenses, quiza en un día como el de Valera, bajo una lluvia abrileña tibia, entre olivares, al pie de la Virgen de la Sierra, frente a callecitas en silencio, palacios con balcones monumentales de piedra, casas encaladas y de cenefas verdes, azules, ocres, floridas y patios como regazos. Es cierto que en mi Madrid isidrense tengo el panteón que mi nombre lleva y fuera el iniciador- -por imaginación mía- -de la neoarquitectura madrileña, tras la guerra, al repristinar la piedra o fundamento romano, el ladrillo morisco y la pizarra imperial austríaca. Pero Madrid es el olvido, la ingrattiud y la aniquilación. Desde niño comprendí que el secreto demoníaco madrileño era el desgarro los madriles con castas y zonas desgarradas, el Madrid que me buscara ayer para asesinarme y hoy de otro modo, tras haberle exaltado, defendido y rescatado. Te quiero demasiado, Madrid, para entregarte mis pobres huesos. Como el clásico combatiente, yo también te diría ingrata patria ne ossa quídam mea habebis (patria versátil, ni mi esqueleto tendrás) Porque para protegerlo y rezarlo están las otras tierras, las adoptivas, las electas. Las que nos perdonan, así, el delito, el mayor delito, ¡oh Segismundo! del haber nacido. Y dos veces, como yo. Ernesto GIMÉNEZ CABALLERO