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¿PARTICIPACIÓN O RESTITUCIÓN? L OS pueblos, se sienten naturalmente ajenos a las empresas en las que no participan y de las que son simples destinatarios. Despertar en ellos ¡a conciencia de su protagonista ha sido el secreto de su incorporación á las tareas históricas. Por no acordarse de ellos, más que al pedirles el voto, las democracias cambian de rumbo en cada elección, engendrando él desaliento y haciendo posibles los totalitarismos qu 9 han venido a ser la última forma defensiva de los partidos y sus Estados. Las mejoras y beneficios que éstos les han proporcionado, rara vez, sin embargó, les ihan sido reconocidos, porqué como dijo Aldous Hiixley, de nada sirve un mundo feliz dado porque la felicidad es incompatible, como I agua y el aceite, con la gratuidád Los planteamientos políticos, que se ofrecen a los pueblos desde hace tiempo, sé reducen a empresas que han de llevarse a cabo desde el Estado, que se trata de conquistar con- revoluciones, promesas o elecciones, que pretenden hacer creerse o los electores dueños de un destino en el que realmente después de emitir su voto, en medio de las mas contradictorias solicitudes y promesas, quedarán pocas parcelas para sus posteriores reclamaciones. Hay en el sistema, una confusión de soberanías en la que. radican los muchos males de nuestro tiempo. La participación en el Poder único que viene a ser el del Estado, o la hacen imposible los vencedores en la hiena por conquistarlo o se reduce a esterilizar sus empresas y proyectos, para sobre el fracaso de sus titulares y usufructuarias acceder a él, poniéndolo al servicio de una nueva parcialidad. La libertad política necesita de una posición independiente de los partidos, que le permita pronunciarse sobre las cuestiones e intereses de la comunidad y aportar a las decisiones del Estado, las voces y ias fuerzas de un realismo social, a cuyo servicio se debe. Cuando se invierten los términos y los Estados se nutren de las ideas más contradice torias, caen en la esterilidad, se convierten en instrumentos de 1 as fuerzas más opuestas y terminan enfrentándose con los pueblos, para cuyo servicio se concibieron, Vienen a ser, en fin, el peligro mayor que hoy amenaza a la civilización europea, a pesar de constituir una de sus glorias, corno dijo Ortega en la Rebelión de ías masas Algo semejante había dicho Mella, al advertir qué cuando la soberanía social se niega al pueblo, porque 1 a soberanía política lo invade, nacen los grandes socialismos políticos precursores de los económicos Para salir al paso de este gran peligro, se hizo contra el Estado de la República, la guerra de 1936, sobre- cuyas ideas vividas es necesario volver, sin engañarse con paralelismos políticos, con. los que estamos arriesgando una de ¡las más claras ocasiones de nuestra Historia. El pensamiento político, cuya legitima libertad no puede pretender ensayar sus ideas sobre lá carne viva de los pueblos, considerados como sujetos pasivos, debe tener sus límites en una soberanía social, efectiva y libre, a la que corresponde la representación dialogante frente al Estado, que ha de reconocer sus fueros y respetarla, sin invadir sus zonas específicas, en las que se conservan los valores esenciales que a él lo justifican. Nuestra guerra de! 36 no se proponía sólo el que hubiera sido corto objetivo de la conquista del Estado, que otras dcctrinas necesitan para imponerse; de un Estado, totalitario o heguelsano, que pretendiese, como observa George Viancé, absorber la sociedad, la vida entera, en él, error opuesto a! que disuelve al Estado en la Sociedad, desconociendo! a importancia primordial dé la política El pensamiento político, cuya legítima libertad no p u e d e pretender ensayar sus ideáis sobre la carne viva de los pueblos, considerados c o m o sujetos pasivos, d e b e tener sus límites en una soberanía social, efectiva y libre... Las fuerzas sociales que en julio de 1936 se unieron desde el primer momento al Ejército, salieron de las regiones más descentralizadas, que habían conservado sus peculiaridades y pensamiento político y social autóctonos que rechazaba cualquier calificación partidista e interpretaba sin pretenderlo, sentimientos y aspiraciones generales, que la política, de partidos había igno- fado, pero seguían latentes en el pueblo. La sola conquista del Estado, rio podría explicar un Alzamiento, que en cualquier momento fue calificado como Guerra de Liberación, porque efectivamente aspiraba a liberar a nuestro pueblo, dé tas Situaciones y poderes que se le habían impuesto, bajo las banderas de siempre. B ¡historiador francés Jean Descola, en su Historia de España señala el contraste, entre el pesimismo de la generación del 98 y el optimismo del 18 de Julio. España- -dice- nuevamente centro de la atención universal. ¿Pero qué iba a conquistar? el régimen político. Quedaba comprometida a que este régimen- que tanto costó hacer posible, tuviese valor general. No podía ser una imitación más. Pero mucho menos, después de la guerra general que siguió a la nuestra y en la que se ¡hundieron tantos, sistemas e ideas. Quedaban en pie después de la catástrofe sociedades a las que la reintegración de su soberanía específica podía hacer libres y sentirse soHdarias. La democracia de los partidos conduce a la pérdida de la libertad política, porque la masa, sin otra protección que la del Estado, acaba entronizando en éste, el despotismo irreversible de os archipiélagos rusos. José María ARAUZ DE ROBLES