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JüU E SCRIBO pensando, de un modo especia! en ti, mi joven amigo... Estás terminando t u s estudios universitarios. Te sientes un poco aturdido y contuso. Buscas sinceramente la verdad, pero ¿cómo encontrarla entre tantas voces contradictorias? La historia de tu patria, sobre todo la contemporánea, te cautiva. Quieres conocer los logros y los errores de tus padres y de tus abuelos. No reniegas de ellos porque tu buen sentido te dice que el progreso no se puede alcanzar dando saltos en el vacio, destruyendo, indiscriminadamente, c u a n t o fue edificado por las generaciones que nos precedieron. Tú sabes muy bien que entre otros ilustres españoles que alzaron bandera contra la revolución marxista, que las instituciones republicanas no supieron contener, destacaron cuatro mártires insignes: Calvo Sotelo (13 de julio) Ramiro de Maeztu ¿29 de oc- Lr la sinceridad y escribía con la precisión que da el profundo conocimiento de los temas que se tratan. PUDO ESCONDERSE PERO NO QUISO HACERLO Y con la misma gallardía conque vivió, murió. El 17 de julio, cuando empezaron a llegar noticias de los sucesos de Melilla, San Sebastián gustaba ya de las delicias veraniegas que en aquellos tiempos, menos masificados, la convirtieron en a ciudad de San- se- está- bien Más de un p r e c a v i d o pasó Ja frontera o se deslizó hacia Navarra. Pradera no quiso moverse de San Sebastián. Desde su casa de la calle Reina Regente contempló las primeras escenas de la pugna entre las fuerzas que secundaron e ¡Alzamiento y las que trataban de aplastarlo. Más tarde decidió trasladarse con su familia ai Don Víctor Pradera, al final de una Conferencia que pronunció en 1928 sobre la protección al trabajo de la mujer, en ia Unión de Damas Españolas. tubre? Víctor Pradera (6 de septiembre) y José Antonio Primo de Rivera (20 de noviembre) abatidos en 1936. Elijo a uno de ellos, Víctor Pradera, no sólo porque este año se cumple el centenario de su nacimiento, sino porque, además, tuve muchas ocasiones de tratarte cuando vivía y, sobre todo, de sentir, no lejos de él, en San Sebastián, las palpitaciones de su agonía en la prisión y de presentir su muerte en el cementerio de Polloe, el monte Calvario donostiarra. RETRATO HUMANO No voy a extenderme mucho para hablarte de su vida política. En su obra completa y en las páginas de Acción Española el faío que, en unión, de la Prensa de derechas de ía época- -no te burles del calificativo porque ya habrás observado que en cuanto se reúnen media docena de correligionarios unos resbalan hacia la derecha, otros a la izquierda y pocos permanecen en e! centro- y en estas mismas páginas del A B C encontrarás exactas referencias sobre ia personalidad y la doctrina de don Víctor. Sólo quiero decirte que era un hombre- con gran claridad de ideas, fruto de sus estudios humanístico y jurídicos. Fue un íervoroso to- adicionalista, de los que s a b í a n ponderar muy bien la jerarquía de los escalones de su lema: Dios, Patria y Rey. Peiro don Víctor no era un troglodita que soñase con una tradición fosilizada Sabia que sus principios podían servir perfectamente para poner en marcha la maquinaria de un Estado Nuevo que se adaptase a las necesidades y circunstancias de los nuevos tiempos. Hablaba con elocuencia ungida por hotel Úrsula. La casa de la calle Reina Regente estaba situada en un lugar peligroso y había sido tiroteada, y aunque los hoteles tampoco podían garantizar ía seguridad personal de sus clientes, no tenían los inconvenientes de las viviendas privadas en una ciudad desorganizada. Pero en el hotel no se atrevían a alojares. Por fin, el hostelero consultó con uno de los comités políticos, el de la C. N. T. que autorizó su admisión. Quien esto escribe optó por esconderse en unas oficinas desalquiladas, en las que era más difícil librarse de las pulgas que de los milicianos. Don Victor pudo esconderse pero no quiso hacerlo. Sólo tomó una precaución, la de- llamar al párroco del Buen Pastor para que le confesara. Eía el Salvoconducto que más le interesaba poseer. Pocos días después, el 2 de agosto, un grupo de milicianos, mandados por un barrendero del Municipio, entraba en el hote! Tenían orden de detenerle. Don Víctor se indignó. Los que había ordenado su detención no respetaban ni sus propias leyes. -No pueden ustedes detenerme, les dijo. Soy vocal del Tribunal de Garantías Constitucionales y no p u e d o ser detenido sin autorización expresa de ese organismo. Naturalmente no le hicieron caso y le llevaron a! Gobierno Civil. Sus protestas allí tampoco le sirvieron para nada y poco después ingresaba en la cárcel de Ondarreta, donde ya habían sido asesinados más de medio centenar de detenidos. Todavía no se sabe por qué fueron martirizados muchos de ellos que carecían de relieves políticos. ¡Qué error el de quienes aseguraban que el alto nivel de vida, en Guipúzcoa, iba a ser un escudo contra las salvajadas! Quisieron fusilarle aquella misma noche, pero alguien pensó que era mejor tener calma y conservado como un rehén que podía dar mucho juego. En el Gobierno Civil se encontraba un cionalista vasco que había llegado de Bilbao, condiscípulo de Javier, hijo de don Víctor. Carmen Gortázar, la esposa de Javier, se presentó en e ¡Gobierno Civil preguntando por el paradero de su suegro. Está en Ondarreta contestó el personaje nacionalista. Indignada, le recordó los recientes fusilamientos habidos en dicha prisión. Para eso estoy aquí, para evitarlos respondió enfáticamente aquel iluso. Don Víctor se encontró en Cndarreta con su hijo Javier. ¡Terrible encuentro! De cuando en cuando le llegaba una voz amiga, la del doctor Lizá raga, su odontólogo. Los milicianos que detuvieron a Pradera en al hotel Ursuia se llevaron todo lo que pudieron, incluso un aparato dental. Y este hurto, casi providencial, le sirvió al facultativo de pasaporte. Le susurraba al oído, a su pac ea ¡e las buenas nuevas de los avances que conseguían las tropas de Mola. El 23 de agosto, los barcos piratas bombardearon San Sebastián. Todos los detenidos fueron inmediatamente condenados a pan y agua, y al día siguiente, 13 presos, entre ellos don Víctor y su hijo, concentrados en una dependencia de la cáfóel, oyeron su sentencia de muerte. Iban a ser fusilados en el Paseo Nuevo. Pidió don Víctor que le ataran con su hijo. En seguida empezó a confortar a todos con sus palabras. Les invitó a rezar. De pronto, ocurrió un milagro. Se abrieron las puertas de ¡la cárcel y entró en ella un comisario de guerra con la Guardia Civil. Habían decidido suspender aquellas ejecuciones. ¿Por qué? Quizá porque se daban cuenta de que no les convenía proceder con tanto escándalo y precipitación cuando tenían asegurada la victoria Aunque no faltaban quiénes no veían tan claras las cosas y empezaban a cubrirse como en frontones. El Frente Popular del 24 de agosto, el Diario de la República de San Sebastián, informaba que en todos los frentes de Guipúzcoa los facciosos habían salido mal parados; pero no podían ocultar que se combatía en Irún, en Oyarzun, en Rentería, en Urnieta, en Andoain... a las puertas de San Sebastián. ¡Tremenda tortura ía de aquellos cautivos que veían tan cerca su muerte y tari próxima la liberación de San Sebastián! EL 6 DE SEPTIEMBRE Hasta que llegó el 6 de septiembre. Aquella mañana, a eso de las doce, un familiar mío que conocía muy bien las técnicas de los despistes policiacos, entró en mi secreto r e f u g i o No podía contener las lágrimas. ¿Luis? le pregunté. Sí... Tu hermano Luis. Esta madrugada... En el cemeniaiÉ de Pólloe... También clon Víctor, SatrúsleguiS Urquijo, dos Balmasedas... y otros más qu no sé aún quienes son. Cuando el 13 de septiembre entraban en San Sebastián ios requetés -entre ellos venía Juan José, el otro hijo de don Víctor- y los demás soldados de Mola, supe que el convoy de ia muerte había pasado muy cerca de mi escondite. Por las calles, ias avenidas y. el puente que tantas veces cruzaron aquellos desventurados en las horas felices. Pradera murió como siempre había Vivido: valerosamente. Cuando le enfilaban los cañones de los fusiles de sus verdugos, clamó: Padre, perdónalos porque no saben 4o que hacen. Al día siguiente, fresca aún su sangre, caía allí mismo, frente a las tapias del cementerio, su hijo Javier. ¿Sangre estéril? Quizá lo hayas oído decir, mi joven añíigo... No; nunca es estéril la sangre de los mártires. Y si lo fuera sería por nuestra. Ramón SIERRA