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...y poesía, cada día No podíamos olvidar en esta serie sobre Cristo un poema tan conocido y significativo como el que Pemán dedica al Cristo de la Buena Muerte. Poema donde forma y ternura se unen para construir ese soberano clima de paz desmayada, de suprema serenidad que todos sus versos respiran. Cristo ANTE EL CRISTO DE LA BUENA MUERTE ¡Cristo de la Buena Muerte el de la faz amorosa, tronchada, como una rosa, sobre el blanco cuerpo inerte que en el madero reposa! ¿Q pudo de esa manera darte esta noble y severa majestad, llena de calma? ¡No fue una mano, fue un alma la que talló tu madera! Fue, Señor, que el que tallaba tu figura, con tal celo y con tal ansia te amaba, que, a fuerza de amor, llevaba dentro del alma el modelo. Fue que ese rostro. Señor, y esa ternura al tallarte, y esa expresión de dolof, más que milagros del arte, fueron milagros de amor. Fue, en fin, que ya no pudieron sus manos llegar a tanto, y desmayadas cayeron... jY los ángeles te hicieron con sus manos mientras tanto! Por eso a tus pies postradlo; por tus dolores herido de un dolor desconsolado; ante tu imagen vencido y ante tu Cruz humillado, siento unas ansias fogosas de abrazarte y bendecirte: y ante tus plantas piadosas quiero decirte mil cosas que no sé como decirte... I Cuerpo llagado de amores, yo te adoro y yo te sigo! Yo, Señor de los señores, quiero partir tus dolores subiendo a la Cruz contigo. Quiero, en santo desvarío, besando tu rostro frío, besando tu cuerpo inerte, llamarte mil veces mío... ¡Cristo de la Buena Muerte! Y tú, Rey de las Bondades, que mueres por fu bondad, muéstrame con claridad la Verdad de las verdades, que es sobre toda verdad. Que mi alma, en Ti prisionera, vaya fuera de su centro por la vida bullanguera: que no le lleguen adentro las algazaras de fuera; que no ame la poquedad de cosas que van y vienen; que aciore la austeridad de estos sentires que tienen sabores de eternidad: que no turbe mi conciencia la opinión del mundo necio; que aprenda. Señor, la ciencia de ver con indiferencia la adulación y el desprecio; que sienta una dulce herida de ansia de amor desmedida; que ame tu Ciencia y tu Luz; que vaya, en fin, por la vida como Tú estás en la Cruz: de sangre los pies cubiertos, llagadas de amor las manos, los ojos al mundo muertos y los dos brazos abiertos para todos mis hermanos. Señor, aunque no merezco que tú escuches mi quejido, por la muerte que has sufrido, escucha lo que te ofrezco y escucha lo que te pido. A ofrecerte, Señor, vengo mi ser, mi vida, mi amor, mi alegría, mi dolor; cuanto puedo y cuanto tengo; cuanto me has dado, Señor. Y a cambio de este alma llena de amor que vengo a ofrecerte, dame una vida serena y una muerte santa y buena... ¡Cristo de la Buena Muerte! José María PEMAN