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CINCUENTA AÑOS NO BASTAN ARA vez en España, en contadas ocasiones se dieron a conocer esas cartas de personas célebres que en otros países, en Francia especialmente, hallaron sutiles comentaristas y conmovidos lectores. ¿Se escribieron en nuestra patria escasas misivas amorosas? ¿Fueron celosamente guardadas, cautamente destruidas? Sería interminable la lista de aquellos que allende las fronteras, al correr de la pluma, expresaron todos los matices, todos los extremos de su pasión. La condese de Lieven a Matternich, Chateaubriand a la Recamier, Julia de Lespinasse al marqués de Mora, George Sand a Musset y luego a Chopin, la duquesa de Abrantes a Mauricio de Balincourt, madama Hanska a Bal ac, Catalina á Potemkine. Y tantos, tantos otros... Claro que no hay regla sin excepción y nuestra Tula Avellanada, que no hacía nada a medias, abrumó con sus epístolas a Ignacio Cepeda y, más tarde, a Gabriel Tassara. Es Gertrudis, sin embargo, la que expresa exactamente el vivo recelo de la mirada indiscreta, el infinito pudor, la alarma que experimenta una mujer bien nacida ante el peligro de una posible interferencia entre ella y aquel a quien se dirigió con un sentido tan ¡profundamente exclusivo. Queme el escrito después de leerlo y que nadie más que usted en e! mundo tenga noticia de que ha existido. Toda carta de amor es fácilmente peligrosa. Hace sonreír si cae en manos extrañas. Hace sonreír incluso a quien la escribió, una vez extinguida la pasión que la dictara. Algunas de estas cartas aparecen tan bien redactadas que dijéranse escritas pensando en la posteridad. Y eso es lo que convendría h a c e r siempre en ese trance. Por si acaso. Se muestra la Avellaneda apasionadísima, elegiaca, doliente. Su exaltado lirismo, su tono algo pedante la salvan. Alberto Guiraldo, prologuista y ordenador del Diario de Amor dice: La pasión de Ios- grandes espíritus tiene forzosamente que exteriorizarse en formas únicas y perdurables. He aquí cómo estas cartas conservan por virtualidad propia y a través de los años el interés enorme y la fragancia exquisita que sólo podía darles la mujer superior y atormentada que fue su autora. Desgraciadamente, no podríamos decir lo mismo- ¡qué más quisiéramos! -de otras cartas, las dirigidas por Emilia Pardo Bazán a Benito Pérez Galdós, cuya reciente publicación nos ha causado vivo asombro y hondo pesar. N Es curioso. Cuando se trata de expresar sus pfopios sentimientos, la eximia como la llamaba su gran amiga la marquesa de la Laguna, no acierta. Ella, que pintó de mano maestra las pasiones de sus personajes, no se expresa erv forma afortunada. Esos textos la empequeñecen, atentan a su prestigio, mueven- -con tristeza lo hemos comprobado- -al chiste de mal gusto, al comentario burlón. Esto lo saben perfectamente las personas que facilitaron esas cartas. Lo sabe la distinguida escritora a cuya pluma autorizada se debe una excelente biografía de Emilia Pardo Bazán. La ocasión de dar a conocer documentos inéditos, de primera mano, refer rentes a dos figuras célebres, constituye, bien lo comprendemos, una gran tentación. Era preciso vencerla. Consideramos la publicación de este epistolario cuando menos prematura. Cincuenta años- -nos referimos a los transcurridos desde la muerte de la escritora- -no bastan. No; no bastan para evitar que se sientan mortificadas, heridas aquellas personas- -y aún quedan muchas- -que tuvieron la suerte de conocer y tratar a la condesa. Qué diremos de quienes sentían hacia ella verdadera devoción? R La personalidad destacada, la genialidad de un escritor o de cualquier gran hombre, ¿justifican todo allanamiento de su intimidad? Sería pagar muy cara la gloria. ¿A quién psrtenece una carta? ¿A quien la recibe? ¿A quien la escribe? Por algo se dio tanta importancia a esa mutua devolución de misivas que suele ser la inmediata consecuencia de una ruptura entre enamorados. No sabemos hasta qué punto sea lícita la publicación de ciertas cartas de carácter muy íntimo. No existe al parecer regulación expresa. Pero los autores más significados en materia de propiedad intelectual- -Jiménez Bayo y Rodríguez Arias- -sostienen que por analogía debe aplicarse a las cartas los mismos preceptos que hacen referencia a toda clase de obras o producciones intelectuales. En cuanto al tiempo, la propiedad dura toda la vida del autor y ochenta años más a favor de la vida privada y presentar, aunque sólo sea aislada y fragmentariamente, a los individuos, de tal modo que los reconozca! a malicia y pueda señalárseles con el dedo? ¿Tiene este privilegio el novelista hasta cierto punto y no más? Ese límite ¿a dónde llega y en qué ha de diferenciarse de la novela, del libro, papel o escrito satírico, denigrativo de la honra y fama de alguna persona? Con muchos años de anticipación, la condesa parece defender su causa como si presintiera los abusos de que iba a ser víctima. Y prosigue: De mí sé decir que en mis pobres ensayos me ha cohibido a veces el excesivo escrúpulo que me inspira el sagrado de la vida privada. Si así opinaba la novelista de la indiscreción que puede encerrar una novela de clave, qué no pensaría del escritor comprometedor, de la prueba fehaciente, del dato brutalmente concreto? La tierna relación entre ambos escritores se suponía, se sospechaba, y en nada menoscaba la aureola de la condesa. No encontró ésta en su vida sentimental el obstáculo con que suele tropezar 1- -especialmente en España- -la hembra excepcionalmente dotada. Pudiera afirmarse- -dice Mercedes Ballesteros- -que toda admiración de hombre a mujer pone una distancia entre uno y otro. Entiéndase por admiración el obligado reconocimiento de una inteligencia más clara, de un talento superior. No fue el caso de aquellos dos seres que pudieron tratarse y amarse de igual a igual, y cuyo diálogo debía de ser excepcionalmente fluido, sabroso y elocuente. Monta tanto... Don Benito bien pudo mostrarse más precavido y no dejar rodar Sobre estas líneas, la condesa de Pardo Bazán. Abajó, una carta de la eximia escritora al autor de este artículo, en diciembre de 1920. de herederos y adquirentes. Cualquier norma en este terreno sería de difícil aplicación. Todo depende de las cartas en sí, de su contenido, de su índole, de sus conceptos y también de la persona que las escribiera, de su mentalidad, de su conducta. George Sand, por ejemplo, fue una mujer libre, emancipada, que- desafió a la opinión, que viajó descaradamente con sus amantes sucesivos. Emilia Pardo Bazán se condujo en todo momento con suma corrección, vivió como una gran señora, sujeta a todos los miramientos y los respetos humanos. Ella nos habla reiteradamente de la importancia que atribuye al decoro externo Los inconvenientes de la novela de clave a los cuales se refiere con motivo de los comentarios suscitados por Pequeneces la preocuparon vivamente. ¿Es lícito- -pregunta- -aprovechar datos esas epístolas que los admiradores de doña Emilia hubieran preferido ignorar. Hay un hecho indiscutible. Si quedara un solo descendiente de aquella mujer insigne estas cartas hubieran permanecido en el cajón de donde jamás debieron salir. ¿Por qué no queda nadie de esa estirpe preclara? Es bien sencillo. Jaime Quiroga y Pardo Bazán, conde de la Torre de Cela, Jaime Quiroga y Esteban Collant. es, hijo y nieto de la escritora, murieron a la vez, juntos, asesinados, el 11 de agosto de 1936. Emilia Pardo Bazán, condesa de Pardo Bazán, por el dolor de su raza extinguida, por su talento, su señorío, su cultura sin par, merecía más respeto. Merecía que nadie se hubiera referido a ella- -y me limito a repetir sus conceptos- -sin el escrúpulo que debe inspirar el sagrado de la vida privada Agustín de FIGUEROA