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-MARÍA FERNANDA D OCÓN EN EL GRAN ÉXITO DE La Msericordia de GaWós, que actualmente se representa, con éxito realmente extraordinario, en el madrileño teatro María Guerrero es, en primer lugar, una gran obra de teatro, y, en segundo lugar, la ocasión para contemplar a una actriz que es un auténtico prodigio: María Fernanda d Ocón. Actriz joven que desempeña el papel de una vieja mendiga y que emociona a los espectadores de forma profunda. Ella es admirable en el gesto, en el matiz, en el ademán, en la sonrisa, en la queja. Habla con espontaneidad, escucha de forma admirable, se enternece, se encrespa, se empequeñece o se agiganta hasta poner un nudo en la garganta de los espectadores. Cuando al final de la obra cae el telón, se escucha en honor de María Fernanda d Ocón una de las mayores ovaciones que se han oído en la escena española. Nada más justo que el Premio Mayte que se le c o n c e d i ó por esta extraordinaria interpretación. Misericordia es, además, una obra actual e interesante, con un simbolismo profundo que interesa vivamente a los espectadores, y también- -no hay que tener pelos en la pluma- con una malintencionada y lamentable tendencia antirreligiosa. La burla sutil que se hace de la iglesia, la presentación de un canónigo cerril, intransigente, glotón y fumador de puros es caricaturesca e irrita a muchos espectadores. En cualquier caso, entre las obras que merecen la pena ser vistas en tos escenarios madrileños actualmente está, sin Migar a dudas, la Misericordia de María Fernanda d Ocón. A continuación publicamos una interesante entrevista con la gran actriz de la escena española. entonces, por primera vez a lo largo de la entrevista, María Fernanda Conejos se permitió una larga pausa que semejó un magistral concierto de silencios. Sería, más o menos, la hora en que en las cafeterías se comienza a mirar los bollitos con glotonería cuando María Fernanda advirtió que no todas las palabras del mundo las iba a utilizar en apenas dos horas de conversación. Aquel mínimo segundo de mudez permitió que el artilugio de grabar no saltara por los aires, como venía amenazando desde medio millón de palabras atrás. María Fernanda orb rtó varias veces los ojos, entrelazó los dedos por enésima vez, carraspeó un tanto para lograr la impostura adecuada y consiguió la voz más lenta, más timbrada y más suave que le naya sido dado conocer a oído humano. -No, ahora no le tengo miedo a nada. No sé si me he acostumbrado o me he resignado. Si me hubiera hecho esta pregunta hace seis o siete años, entonces le habría contestado que le tenía miedo a la soledad, a la simple idea de estar sola algún día, en algún momento. Ahora ya no es miedo, sino tristeza lo que me produce la soledad, porque han pasado por mi vida algunas cosas y me he habituado a defenderme sola en algunas otras. -Pero usted parece muy vital, María Fernanda. ¡Claro que lo soy! Lo que pasa es que también tengo esos estados de ánimo melancólicos y tristoncetes que yo pienso que son pejigueras de mujer. Había entrado puntual en el salón, pisando fuerte sobre la tabla del parqué rechinante. Menuda y viva, los ojos comenzaron a charlar antes de que 1 a boca emitiera sonido alguno. Nada de maquillaje en el rostro y un absoluto acorde entre 4 a palabra y el gesto: rápida, la primera; vibrante, expresivo, subrayador, el segundo. Mil personajes se han cocido en la mente de esta mujer, que se sabe parecía bien aquel personaje con una voz tan suave y tan pura. Esto, después de unos años haciendo to mismo en distintas obras, impostando la voz, falseando siempre un poco mi propia tesitura, termina creando una deformación. El otro día intenté cantar en el cuarto de baño; hacía mucho que no lo hacía y me llevé un disgusto tremendo, porque no me salían bien tos graves ni los agudos. Y en Así es, si así os parece María Fernanda tuvo que seguir forzando la voz y enfrentarse con un papel de vieja que en principio la aterró. -El éxito de El círculo de tiza caucasiano vino después de dos años de inactividad por culpa de una afección vertebral. Misericordia solamente hizo revalidar ese éxito, y ha sido para mí un tanto fenomenal por la gran dificultad que encierra el personaje: una mujer vieja al tiempo que vital y joven. Eso es to que me asustaba al principio, porque la vieja de Pirandelto era una señora que se moría a chorros en el escentario y resultaba más fácil de hacer. Pero Benina, no, porque es una mujer que tiene setenta años- -pero setenta años de principio de siglo, no de los de ahora- -que de repente se le vienen encima cuando se encuentra triste, y de golpe se los quita y se convierte en una especie de moza de pueblo. Es una mezcla de juventud espiritual y de vejez física que resudaba un poco dificultoso. Pero parece que salió, porque las criticas eran favorables, también. Sí, también, porque- resulta que el lector no avisado en estas lides debería saber que María Fernanda d Ocón no ha tenido en su vida una crítica adversa. Nunca. Habrá habido sus más y sus menos, pero discrepancias de fondo respecto a su personaje, jamás. Y ocurre entonces que uno tiene la impresión de que se las va a ver con una especie de monstruo sagrado de la escena, y se sorprende algo de que ese monstruo vfva con sus padres. Y puestos a jugar a la oca, mayor sorpresa se lleva cuando oye la risa levemente desgarrada de María Fernanda, contenta, sí, muy contenta, por ese apelativo tan poco dulce: monstruo sagrado. -Siempre me ha gustado imaginarme que produzco respeto. Nunca me he considerado- -ni creo que sea- -una estrella del escenario. Creo que mi carrera es más o menos lenta, pero seria. Yo quiero morirme en esto, y para morirse en el teatro hay que mantenerse al margen de hacer Misericordia o interpretar una comedia de éxito. Todo eso puede resultar fácil, pero ya no to es tanto llevar una trayectoria profesional con los altibajos lógicos, pero nunca bajando demasiado. Y a la sombra de La Frola pirandeliana y de la Benina galdosiana. Creaciones, como la que hizo en ella Carmen Seco al cambiarle el Conejos paterno por el d Ocón teatral. -En aquella época estudiaba yo canto, y mi maestro me mandó a las clases de declamación de Carmen Seco para que tomara tablas y aprendiera a declamar. El primer día recité la Sonatina de Rubén Darío, qué era lo único que había aprendido en el Liceo francés. Carmen Seco me preguntó: ¿Cómo te llamas? María Fernanda Conejos le dije. Me insistió en que con ese nombre no podía figurar en el teatro y me preguntó los otros apellidos: Gómez, Fernández, Tortajada. A tos quince años tenia yo la cara redondita, como una tortita, y Carmen Seco dijo que nó, que si tenía éxito después me llamarían La Torta No to olvidaré nunca. Y le dije: d Ocón el apellido de una bisabuela mía Ese está bien. Aquí figurarás así. Yo estaba segura de que no iban a saber escribirlo nunca; dirían Docón, de Ocón, Ocón. Y la pobre Carmen me contestó, todavía la veo diciendo: Si llegas a ser una gran actriz, to aprenderán. ACTRIZ A PESAR SUYO Y pasó el tiempo. El 19 de enero se cumplieron sus trece años como profesional, cuando, superada la etapa de aquel T. E. U. de Mario Antolín, director, novio y luego marido de la actriz, se enfrascó en el personaje de Maribel y la extraña familia un personaje que le costó la voz, como ella misma cuenta: -Tenía yo entonces veintiún años, y como me salía demasiado joven la voz para a p i caria a Maribel, que era una especie de- -cómo diría yo... -gohüla, pues yo misma me encargué de desgarrarla, porque no me AHORA, MARTA LA PIADOSA- ¿Esos altibajos se refieren a los autores? ¿Se siente igualmente actriz interpretando a Pirandello, a Brecht o a Amiches? -Nunca le pierdo el respeto al teatro, y eso no solamente en Madrid y en Barcelona, sino en el pueblecHo más pequeño que haya. Digamos que me ubico en la obra que tengo que representar, sea de quien sea. Interpreté a la damita joven de Los caciques sacándole el mayor jugo posible al papel. La diferencia queda en el trabajo: mientras que en una tengo que trabajar de verdad, to de Arniches- -que son tres escenas en tres actos- -es coser y cantar. Pero no paramos. Ya estamos ensayando Marta I piadosa una obra