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ABC. SÁBADO 30 DE SEPTIEMBRE BüS 1972. PAG 83. INFORMACIONES TEATRALES PiAY PATRICIO DEEMILIO ROMERO, Y ABELARDO Y ELOÍSA DE ROttALD M I L L A R PRESENTADAS Dos estrenos teatrales en Madrid. A las ocho y media, en el Benavente, fue presentada iPlay Patricio de Emilio Romero, comedia celebrada a lo largo de la. representación con risas y aplaudida al final. Apenas concluida la representación de Play Patricio dio comienzo en el Bellas Artes la de Abelardo y Eloisa escenificación del célebre drama amoroso que la realidad histórica del mundo medieval legó a los siglos venideros. Ronald Millar es el autor de este drama teatral que anoche logró un triunfo clamoroso y justificado y que supuso para Conchita Velasco su consagración en género teatral muy superior al que hasta ahora había venido cultivando Mañana publicaremos las correspondientes críticas de ambos estrenos. supuesta Resistencia, y desde los guerrilleros a la Pasión y Muerte, sin que el espectador advierta la brusquedad de los desniveles, mérito éste del autor, pero también, y en grado singularmente acusado, del director Loperena, que logra empastar la acción dramática dentro de una rigurosa línea estilística, en la que prevalece el tono pasional, de fuerza contenida pero siempre a punto de explosión, en que los actores se producen. Fuerza contenida que pasa al publico y hace de éste un oarticipante activo. Se puede, pues, afirmar que es un drama ambicioso, de gran dignidad conceptual, el más importante de cuantos Salom lleva escritos: espléndidamente realizado, y que crece en vigor persuasivo desde las primeras escaramuzas verbales entre ¡os patriotas más o menos combativos (hay de todo entre ellos) hasta el pánico final, que les deja desamparados al morir el jefe, al que no comprendían, pero al (rué. sin embargo, seguían. La cuestión magna de Tiempo de espadas radica en un problema muy simple: los hombres de pelo en pecho quélg ponen bombas y se juegan la piel, a veces con la colaboración de algunos sacerdotes que se echan al monte, no lo hacen por motivaciones religiosas, sino sociales o patrióticas; mientras que el apostolado religioso tiene otro objetivo: convencer a las gentes de que no morimos para siempre- -como se dice en la liturgia de difuntos- -y de que más allá de la muerte aquí, está la inmortalidad del alma. Salom ha fundido Ia acción guerrillera y la ejemplaridad cristiana, para decir que Cristo está siendo traicionado continuamente. Los largos e intensos aplausos que premiaron la primera parte, y se reprodujeron ¡siego pon- mayor fuerza y gran duración, con gritos de ibravo! obligaron al autor a Jar las gracias. Ya quedan citados, por s- u labor sobresaliente, el director, Loperena, y Sancho Gracia, que tuvo a su disposición un personaje tallado en roca. Rafael Arcos y Manuel Torremocha, con José María Guillen, encarnaron otros tantos personajes de re %i eve. Jadas fue encarnado por el primero ¡Je esos tres actores, que lo explicó muy bien. El espacio escénico acondicionado por Rafael Arcos, Amparo Soto, Sancho Gracia, Silvia Tortosa y Manuel Torremocha Reparto: Juan Polo, Sancho Gracia José Manuel Cervino, Silvia Tortosa Rafael Arcos, José María Guillen, Manuel Torremocha, Adria Gual, Juan Pedro, Alvaro de Luna, Juan Antonio Galves, Vicente Haro, Enrique Paredes Vicente Gil, Amparo Soto. Espacio escénico y supervisión de vestuario: Manuel Mampaso. Música: Gustav Mahler. Dirección y puesta en escena: José Mana Loperena. No son apóstoles, no son revolucionarnos. Estos doce hombres que discuten con ardor entre sí. jiie están a punto de llegar a las manos en distintos momentos, pertenecen a una especie más indefinible: son patriotas. Su país está ocupado. Los patriotas quieren expulsar al invasor. El primer término lo ocupa, pues, una noción patriótica, o sea, política; no social, no revolucionaria. Pero Salom los empareja con los Apóstoles, los miembros cíe la Resistencia son e! eco teatral de los Doce de Galilea. El Maestro los conduce y los mantiene unidos, oero RO aparece en ei escenario. La idea de que Jesucristo fue ei mayor revolucionario que ¡a Historia conoce, tuvo sus momentos de triunfo. Una época tan agitada como la nuestra, con sus heroísmos y convulsiones, se presta a la comparación. Pero Jesús de Galilea vino a redimir al hombre, no a luchar contra Roma. Aquí, en Tiempo de espadas se habla casi exclusivamente de acción política, no de salvación eterna, no de inmortalidad, no de Paraíso. El paralelo se quiebra, salvo en un punto: la muerte del jefe, csne se eníregj para dar ejemíslp. Inevitablemente nos viene a la memoria el recuerdo de Gandhi héroe de la no violencia... El autor, con pulso firmísimo, no stermite ue nos des viernes hacia Calcuta o Nueva Delhi y no lleva con textos del Nuevo Testamenta hacia Jesús de Galilea, hacia sus Doc Apostóles, insistiendo una y otra vez coi alusiones d i r e c t a s en la resurrección muerte de Jesucristo dentro de cada un de nosotros. Viene a decirnos que Crist resucita todos los días y todos los días c cruciUcado de nuevo. ¡Aquí, de Teühard ñ Chai- din; aguí, de la eristogénesis aaui ae! os peligros de meterse en uti terreno tree no es el mío! E mió está acotado por estas dos palabras: Arte dramático Como arte dramático, Tiempo de espadas suporte que Jaime Salom ha subido otro peldaño en esa carrera naciente y regular ue lo ha traído hasta la vecindad de Diego Fabbri, desde los jardines sentimentales y fáciles ae E ¡baúl de ios disfraces Es un drama consistente por sus recursos, por su dialéctica. Llega Salom a la denuncia de un cristianismo ficticio, no profundo, no sentido, y se lanza, a través de un personaje, a casi insultar a los espectadores como responsables efectivos e inmediatos de esa liipocressa que respeta sólo la fachada. Pero ese personaje quería empuñar la metralleta y lanzarse a la acción directa y heroica unos minutos antes, porque su verdadera condición teatral no era apostólica. Su autenticidad de guerrillero se viene abajo de pronto, cuando la muerte libremente aceptada por el jefe le revela la grandeza, del ejemplo. El derrumbamiento es teatralmente eficaz, y- Sancho Gracia, con sa vibración, arrancó a la sala una ovación de las grandes. Las exigencias del paralelismo fuerzan una y otra vez a Salom a soldar dos planos que tienen naturaleza diferente, dos materiales de distinta composición, dos mandos, el del César y el de Dios, que eran entonces, y siguen siendo hoy, independientes entre sí y difícilmente reducibles a unidad sustancial. El arte literario con He lo hace le permite saltar desde Jesús a los guerrilleros de una